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Publicado el 6 Octubre, 2019 por María Victoria Valdés Rodda en Mundo
 
 

EEUU-Oriente Medio: máxima presión

El Imperio “hace la vista gorda” frente a la violencia de sus aliados en el Oriente Medio, mientras arremete contra Irán

Restos drones ataque Arabia Saudi

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

A raíz de los ataques con drones, reivindicados por el grupo yemení hutíe, contra dos grandes refinerías en Arabia Saudita, pertenecientes a la petrolera más grande del mundo, la local Aramco, mucho se ha especulado sobre una eventual guerra, que desatarían los Estados Unidos para eliminar el supuesto peligro iraní en el Oriente Medio. Sin presentar prueba alguna, la Casa Blanca asegura que la acción militar tuvo su punto de partida desde suelo persa, desconociendo así dos hechos: la sangrienta intervención militar saudita en Yemen, que ha provocado una crisis humana de alarmantes dimensiones y por consiguiente una cada vez más creciente resistencia; y, por otro lado, la firme postura de Teherán, que rechaza tal acusación.

Con su oportunismo histórico habitual, el Imperio aplicó entonces nuevas medidas coercitivas contra la República Islámica de Irán y ya comenzó el despliegue en la región levantina de más soldados, al tiempo que acelera el proceso de entrega de armamento a Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, a pesar de que el Capitolio había rechazado esas ventas. Intención vista por la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, como un intento escandaloso de Donald Trump por eludir la voluntad bipartidista y bicameral del sistema.

Si retomamos las ideas del sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein de que “la última potencia hegemónica, Estados Unidos, ya lleva tiempo actuando como un gigante incapaz. Tiene poder para destruir, pero no para controlar la situación”, esta nueva jugada de Trump no pasará de ahí, porque anda en cuenta electoral regresiva y sobre él pesa ahora mismo un proceso investigativo por la llamada trama ucraniana.

Es cierto que Irán permanece bajo amenaza permanente, aunque conserva su independencia fuera de la órbita yanqui, de los sauditas y de Israel. Es cierto que Trump sigue con su estrategia de presión máxima; no obstante, pudiera frenar la guerra, porque de enfrentarse con Irán las consecuencias serían drásticas, no solo por la movilización de fuerzas en la región; también, por la firmeza (incluso en el terreno) que se avizora de Rusia y China, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.

Aun con todo, estos elementos palidecen frente a los intereses individuales de Trump, quien sueña con reelegirse, y es muy probable que sus bravuconadas sean de esos exabruptos habituales suyos. En el fondo sabe que pisar en falso le puede costar la presidencia, como le sucedió a Jimmy Carter en 1979. Y si bien se guía por su Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, donde se acusa a Irán, a China y a Rusia de ser potencias “revisionistas” del liderazgo norteamericano, mucho se cuidaría, en este caso, de entrar en contradicción consigo mismo y con sus anteriores promesas de campaña, que lo llevaron a la Casa Blanca precisamente por denostar las intervenciones de Barack Obama.

La importancia geopolítica de los países petrolíferos y gasísticos del Levante es incuestionable, y los Estados Unidos no quieren ceder espacios, pero ya vienen de regreso de fracasos como los de Irak y Siria. Damasco constituye punto de inflexión en los giros geoestratégicos porque Moscú y Teherán le cerraron el paso al gigante de las siete leguas. Una cruzada contra Irán le depararía igual destino. El magnate presidente ladra, pero al final posiblemente no morderá.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda