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Publicado el 13 Marzo, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Mundo
 
 

Afganistán-EE.UU.: ¿Se cumplirá el acuerdo?

Trump plantea retirar este año más de la mitad de sus ocho mil hombres en el país asiático. ¿Y la OTAN qué hará? Desde 2001 esta guerra es de todos

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Zalmay Khalilzad y Abdul Ghani Baradar, tras firmar el acuerdo de paz para Afganistán, en Doha, Catar, el 29 de febrero de 2020. (cdni.rt.com)

Zalmay Khalilzad y Abdul Ghani Baradar, tras firmar el acuerdo de paz para Afganistán, en Doha, Catar, el 29 de febrero de 2020. (cdni.rt.com)

Pocos días después de que la Casa Blanca anunciara, a bombo y platillo, el acuerdo de paz alcanzado entre los Estados Unidos y los talibanes, el Ejército yanqui lanzaba un ataque aéreo contra esa formación en Afganistán. Y como es ya habitual en la política mediática norteamericana, la operación resultó difundida en Twitter, por el coronel Sonny Leggett, portavoz militar de Washington en el país centroasiático.

¿Todavía existen incautos que confían en la supuesta buena voluntad de los EE. UU.? Estas dos acciones hay que verlas también a la luz de las presidenciales, donde Donald Trump necesita llenar las expectativas de su electorado desde dos vertientes: la del hombre que cumple sus promesas de campaña (la guerra allí cuesta al año unos 45 000 millones de dólares) sin dejar de presentarse como un tipo duro. Tal como estima el analista internacional Rolando Dromundo, Trump cerró dicho acuerdo “porque no tenía otra opción, después de 18 años de fracaso de su política en Afganistán de querer imponer un Estado títere que fuera manejable en los términos que Washington pretendiera”.

Según el Twitter de Leggett, “los combatientes talibanes estaban atacando activamente un puesto de control de las Fuerzas de Seguridad Nacional afganas por lo que hubo que responder con un ‘ataque defensivo’”. Y ni corto ni perezoso le achacó la responsabilidad al enemigo, ya que, en su percepción, “ellos son quienes incumplen con sus compromisos, y los EE. UU. defenderán a nuestros socios sobre el terreno siempre que sea necesario, porque sí estamos comprometidos con la paz”.

Trump, también vía Twitter, aseguró haber mantenido una “muy buena conversación” con el líder talibán, mulá Abdul Ghani Baradar, quien poco antes firmara el pacto, junto con el representante especial de los Estados Unidos para la paz, Zalmay Khalilzad. A la ceremonia, en Qatar, con representantes de alto nivel de los talibanes, asistieron diplomáticos de Afganistán, los Estados Unidos, la India, Pakistán así como de otros Estados miembros de la ONU.

La relevancia del acontecimiento lo ameritaba, porque se trata de un proceso que prevé la reducción por parte de Washington de sus tropas hasta 8 600 efectivos en un período de 135 días, mientras que la salida completa de todas las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) debe concluirse en 14 meses. También se contempla el cese de las hostilidades del Talibán, que, dicho sea de paso, no es el único grupo insurgente opuesto a la ocupación extranjera. Así que a tenor con este dato “menor” es de suponer que, con ese hecho, los soldados estadounidenses y sus altos mandos tengan un pretexto sólido para quedarse un “tiempito más”, como hizo durante su mandato Barack Obama.

Promesas incumplidas

Obama prometió reiteradamente la reducción de tropas en 2011 y lo recalcó en 2013: sacar primero a 400 hombres para completar el retorno a casa de todas las fuerzas al siguiente año. Sin embargo, todas las promesas cayeron en saco roto, ya que no se trata de un asunto de partidos, sino de sistema político. Algunos militares yanquis se alarmaron, pero paradójicamente no siempre a favor de la reducción. La crítica más “sonada” corrió a cargo del alto comandante estadounidense de la OTAN en Afganistán, Stanley McChrystal, quien vertió su ácido en la revista Rolling Stone. En la publicación tampoco salió ileso el exvice presidente Joe Biden (ahora fuerte contendiente a las presidenciales de 2020), quien mostró una firme postura en contra de la propuesta de McChrystal para enviar más tropas, ya que él promovía una estrategia contraterrorista más estrecha. Pero, como pasa por aquellos lares del Norte, luego hubo arreglos tras bambalinas: Obama declaró que McChrystal “se equivocó en una entrevista concedida a la prestigiosa publicación a la hora de expresar una opinión imparcial sobre unos representantes de la administración actual”.

La canciller Angela Merkel, en un viaje sorpresa a Afganistán en 2013, puso en duda que la retirada de las tropas de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), de la que Alemania era parte, se iba a producir en 2014. En esa oportunidad los medios occidentales alababan “los progresos alcanzados en el proceso de reconciliación con los rebeldes, entre ellos los talibanes”, aunque sin desconocer las declaraciones de la Merkel: “Todavía no se ha llegado al punto en que se pueda afirmar con certeza que la retirada de las tropas de la OTAN se lleve a cabo en los plazos previstos”, dijo según fuentes de la Cancillería Federal. Desde la fecha acá ha llovido mucho, como se dice popularmente, y de nuevo la Casa Blanca, ahora bajo el mando republicano, pretende adjudicarse un triunfo por la paz.

A la altura de 2020

De acuerdo con cifras del Pentágono, actualmente hay en suelo afgano 16 000 militares, de los cuales ocho mil son norteamericanos, y el resto de otros países miembros de la OTAN. (HispanTV)

De acuerdo con cifras del Pentágono, actualmente hay en suelo afgano 16 000 militares, de los cuales ocho mil son norteamericanos, y el resto de otros países miembros de la OTAN. (HispanTV)

Pero volvamos al meollo de este comentario. Una aproximación a lo pactado nos coloca en la perspectiva para, según el acuerdo, alcanzar un entendimiento “político y lograr un alto al fuego permanente y sostenible entre el Gobierno de Afganistán y los representantes talibanes. Además de fomentar la confianza entre las partes y liberar mutuamente un número significativo de prisioneros”. Y es aquí donde puede “trabarse el paraguas”, porque Kabul no piensa liberar a los más de cinco mil talibanes que bien podrían incorporarse luego a otras filiaciones rebeldes, ya que, en esencia, muchos afganos consideran traidor al Gobierno actual –y también a los precedentes–, por plegarse a los designios del invasor.

A lo que sí está comprometida la oficialidad de la República Islámica de Afganistán es a, tal como propone el texto conciliado “iniciar un proceso diplomático con los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU para eliminar a los miembros del movimiento Talibán de la lista de sanciones antes del 29 de mayo de 2020.

Para esta observadora, al margen de lo acertado de los análisis con respecto a que los Estados Unidos han salido derrotados de Afganistán, y de los muchos comentarios que insisten en valorar esta postura de Trump como electorera (a lo cual nos sumamos),  a la larga, el proceso no será satisfactorio para el pueblo afgano, por mero ángulo geoestratégico, pues la nación asiática comparte fronteras con Irán y China, dos adversarios de cuidado tanto de Washington como de la OTAN. Y en ese sentido el secretario general de esa entidad, Jons Stoltenberg, ha dejado una puerta abierta: “en caso de que las condiciones en el terreno se deterioren y los talibanes no cumplan con el acuerdo, los EE.UU. pueden aumentar otra vez su presencia militar en el país”.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda