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Publicado el 14 Abril, 2020 por Maryam Camejo en Mundo
 
 

Brasil

Crónica enferma: el antipresidente y su desgobierno

La nación sudamericana vive en caos en medio de la pandemia y Jair Bolsonaro llama a salvar la economía

Por MARYAM CAMEJO

Médicos de la asociación de habitantes de Paraisópolis en Sao Paulo revisan a un paciente con síntomas de coronavirus

Médicos de la asociación de habitantes de Paraisópolis en Sao Paulo revisan a un paciente con síntomas de coronavirus

Entre cuarentenas y muertos vive el mundo. Con crisis de los sistemas sanitarios, una percepción de riesgo generalizada, instinto de protección y enfermos, miles y miles de enfermos. Los ciudadanos de varios países salen a los balcones a aplaudir a los médicos, que hoy son trending en redes sociales; cantos, agradecimientos, y protestas. Sí, no podían faltar. El continente americano las protagoniza desde Estados Unidos, donde Donald Trump ejecuta su errática respuesta ante la crisis del Covid-19, o Ecuador, en cuyas calles se apilan los cadáveres, o Brasil.

Jair Bolsonaro, el antipresidente –respetemos ese término sentencia de la periodista Eliane Brum-, se ha volcado sobre las cifras. No las de confirmados con el nuevo coronavirus, recuperados y fallecidos, sino las de economía. Es un verdadero desgobierno.

“Hace diez años Brasil fabricaba aviones, navíos y plataformas de petróleo. Ahora no es capaz de fabricar mascarillas cubrebocas”, escribió la expresidenta Dilma Rousseff en Twitter. Sin embargo, Bolsonaro le tiene la guerra jurada al ministro de Salud, que ha llamado a cumplir las recomendaciones de la OMS de lavarse las manos, no tocarse el rostro, y de aislamiento social. A punto estuvo de despedirlo, pero los militares detuvieron la maniobra, según  reportan medios locales.

La Cámara de Diputados acumula solicitudes de impeachment al mandatario; sus seguidores en el gabinete, como el conocido y fatídico ministro de Justicia, Sergio Moro, han quedado pasmados con las declaraciones de Bolsonaro, y la clase media que lo llevó al poder protagonizó varios días consecutivos de cacerolazos contra su gestión.

“Histeria”, “gripecita”, “no es un problema”, eso piensa Bolsonaro de la Covid-19. Sus índices de popularidad se desploman, junto con los desatinos de su hijo, el diputado Eduardo, que decidió lanzar tiros fallidos hacia China cuando acusó a “la dictadura” de Beijing de ser la responsable de la pandemia.

En un texto del blog Socialismo y Democracia, reproducido  en el portal web Rebelión, el doctor en Ciencias Sociales Fernando de la Cuadra resumía: “El capitán de reserva ha acometido la increíble hazaña de indisponerse con los otros dos poderes de la República, apoyando una manifestación contra el Congreso y contra el Supremo Tribunal Federal, en la cual los convocados exigían el cierre de ambas instituciones. En su delirio por pedir que las personas no se queden confinadas en sus residencias y salgan a la calle para llevar una vida ‘normal’ y no perjudicar a la economía, Bolsonaro también se ha indispuesto con casi la totalidad de los gobernadores y con muchísimos alcaldes por todo el país. A los primeros los atacó por querer realizar una política de ‘tierra arrasada’ y no preocuparse de las personas que deben salir a ganarse el pan diariamente. Por cierto, ningún gobernador está dispuesto a ver como se comienzan a apilar los muertos en sus respectivos Estados”.

De ricos y de pobres

Pese a todo lo antes dicho, Bolsonaro sigue teniendo coro para su orden de prioridades: economía antes que la vida misma. El dueño de la cadena de tiendas Havan, Luciano Hang, propuso recortar los salarios, suspender los seguros de desempleo y posponer las elecciones municipales de octubre. Por su parte, Junior Durski, dueño de la cadena de restaurantes Madero, dijo en las redes que el confinamiento tendrá consecuencias y serán mucho mayores que las personas que morirán por cuenta del coronavirus. Estos dos ejemplos, citados por Raúl Zibechi en Sputnik, demuestran que las locuras del “contraejemplo” todavía gozan de alguna simpatía.

Sepultureros con trajes protectores se reúnen en el cementerio de Vila Formosa, el más grande de Brasil, durante el brote de la enfermedad

Sepultureros con trajes protectores se reúnen en el cementerio de Vila Formosa, el más grande de Brasil, durante el brote de la enfermedad

Mientras, las favelas han comenzado a organizarse, por la falta de agua, atención médica; las demoras de los servicios de emergencias y las pocas condiciones de las casas para el necesario confinamiento: espacios muy pequeños, uno al lado y encima del otro, donde las familias viven hacinadas y en condiciones de pobreza.

En estos barrios que muchas veces las telenovelas brasileñas nos endulzan sobreviven 13 millones de personas, lo que constituye el seis por ciento de la población del país. Según testimonios en medios locales, en unas 360 favelas se creó la figura de “presidente de calle”: un vecino voluntario que se encarga de vigilar y dar apoyo a las 50 familias de su entorno más próximo, y de dar la voz de alarma si alguno de los vecinos de su zona presenta síntomas de la Covid-19.

Una de las dos favelas más grandes de Sao Paulo está en Paraisópolis, que fue noticia a finales del año pasado, cuando nueve jóvenes murieron alrededor de las cinco de la mañana en una fiesta de funk, porque la policía irrumpió con gas lacrimógeno y perdigones, provocando una avalancha humana en medio de los callejones sin salida.

Viven allí unas 45 mil personas por km², que están siendo monitoreados por los presidentes de calle, iniciativa de la Asociación de Residentes. Gracias a una campaña virtual para recaudar donaciones, alquilaron tres ambulancias, una de ellas de cuidados intensivos, y un equipo de siete profesionales. Sin embargo, los líderes de la comunidad no saben hasta cuándo podrán mantener esta estructura sanitaria, cuyo costo diario es de 5 000 reales (mil dólares). Asimismo, la Asociación de Mujeres de Paraisópolis se ha propuesto confeccionar 50 mil mascarillas, para distribuirlas entre los habitantes.

Sin ánimo de desconocer la legitimidad y valía de tamaña iniciativa, la imperiosidad de esta organización es la muestra concreta de cómo el Gobierno brasileño deja a su suerte a los más pobres y,  además, Bolsonaro les pide que salgan a trabajar por la buena salud de la economía.

Un poco así también están los vendedores ambulantes: “viven prácticamente al día: buena parte de lo que ganan lo invierten en reponer la mercancía y en pagar el alquiler de los carritos ambulantes; casi nadie tiene un colchón financiero para sobrevivir unos meses sin trabajar”, escribió Joan Royo Gual para Sputnik. “Según datos oficiales, en Brasil hay 38,6 millones de trabajadores informales (el 41 por ciento de la población con trabajo); gran parte de ellos son personas que no pueden hacer teletrabajo ni dedicar el tiempo que les sobra a hacer cursos de yoga online o cantar en los balcones: la desesperación predomina en miles de familias”.

Sobrevivir al coronavirus versus sobrevivir al confinamiento. De una o de otra los brasileños atraviesan una crisis que a Bolsonaro poco le importa. El estado actual de cosas, además de mostrar el desgobierno y la ineficiencia del “antipresidente”, también saca a relucir las fisuras sistémicas de un país donde el acceso al agua y a la salud constituye derecho de algunos, lujo de ricos.


Maryam Camejo

 
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