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Publicado el 2 Abril, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Mundo
 
 

COVID-19

Oriente Medio, donde se ensaña la catástrofe

El nuevo coronavirus es un asesino en serie que pude ser mucho más letal en aquellos pueblos asediados y bloqueados por el terrorismo de Estado; la solidaridad, por tanto, se vuelve más urgente.
PHOTO/Mohammad Mohsenzadeh/Mizan News Agency via AP - Un enfermero atiende a los pacientes en una sala dedicada a las personas infectadas con el coronavirus, en el Hospital Forqani de Qom, a 125 kilómetros al sur de Teherán

Un enfermero atiende a los pacientes en una sala dedicada a las personas infectadas con el coronavirus, en el Hospital Forqani de Qom, a 125 kilómetros al sur de Teherán /Foto: Atalayar

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

La COVID-19 sorprendió. Nadie se prepara nunca para la muerte y menos si esta llega sin previo aviso y arrasa con poblaciones a un tajo de contagio por un estornudo. El nuevo coronavirus ha puesto patas arriba al mundo y ha vulnerado el rutinario curso de los países. A unos, sumergidos en sus crisis sociales internas, sus pugnas políticas y también en sus exhibiciones culturales y tecnológicas. A otros los pilló en medio de estampas dantescas de muerte por hambre, enfrentamientos y padecimientos curables.

Una radicalidad casi total de nuestros comportamientos urge para poder vencerla, pero aun así hay cosas que no cambian, por suerte para la humanidad. Tenemos virtudes enaltecedoras y que apagan al egoísmo. Algunos por instintos y muchos de nosotros por actitud de vida, sabemos que la solidaridad, el apoyo militante, la sensibilidad y la empatía son ingredientes esenciales de la apremiante medicina contra la pandemia.

Pero junto con esos valores casi intrínsecos del homo sapiens también hay cualidades negativas viscerales y ponzoñosas que definen a unos cuantos sistemas. Y si todos la estamos pasando literalmente fatal, hay pueblos que empatan un día con otro en un martirio al parecer perpetuo.

Hay tres casos paradigmáticos en el Oriente Medio que en la actual etapa de la propagación de la COVID-19 deben además seguir en pie de lucha contra un adversario despiadado que lleva por santo y seña el de terrorismo de Estado. ¿Y quiénes lo siguen practicando en medio de una situación excepcional? Los de siempre, los recalcitrantes racistas, los cerrados a todo entendimiento cordial y de espaldas al genuino humanismo: Israel y los Estados Unidos.

Decir hoy por hoy Palestina, Irán y Siria es colocar en su justa dimensión la resistencia popular y los empeños incansables por salir adelante. Se trata, sin dudas, de experiencias diferentes, aun cuando el denominador común es la agresión extranjera. Cada uno de ellos es un expediente por separado, aunque al mismo tiempo se pueden adjuntar –sin contradicción alguna– en un único file para que las Naciones Unidas – extendida en sus diferentes organismos– sigan hablando alto y claro en contra del genocidio palestino, del bloqueo contra los persas, y en contra de las trabas e injerencias que se les ponen a los sirios en sus últimas batallas antiterroristas. Como dijera Fidel en su momento, “¡Basta ya de palabras, hacen falta hechos!”

Palestina

Lo que se vive en la franja de Gaza es apenas descriptible con palabras, si bien hay que acudir a ellas para desperezar voluntades a favor de uno de los pueblos más íntegros y heroicos del mundo. A propósito de este texto, busqué en mis archivos aquellos documentos relativos al Derecho Internacional Humanitario, para comprobar que Israel, reconocido en 1949 por la Convención de Ginebra, es signatario únicamente de 5 de los 25 tratados aprobados por la comunidad mundial. A esa ridícula cifra se le añade el hecho de que el Estado sionista no ha suscrito ninguno cuyas secciones se refieran a los territorios ocupados.

Y si bien las tierras de Cisjordania y una parte de Jerusalén están férreamente ahogadas por el Ejército israelí, el sionismo no se asimila a sí mismo como invasor porque esgrime que Palestina debe ser suya para configurar el sueño del Gran Israel, práctica que inició en 1967. Si se asumiera como ocupante sabría que la sistematización de su crimen tipifica como guerra, y que incluso esta, a tenor del Tratado IV del Convenio de Ginebra (del 12 de agosto de 1949) establece reglas “relativas a la protección debida a las personas civiles”.

En el artículo 56 sobre Higiene y Sanidad Pública se estipula que “en toda la medida de sus medios, la potencia ocupante tiene el deber de asegurar y mantener, con la colaboración de las autoridades nacionales y locales, los establecimientos y los servicios médicos y hospitalarios, así como la sanidad y la higiene públicas en el territorio ocupado, en particular tomando y aplicando las medidas profilácticas y preventivas necesarias para combatir la propagación de enfermedades contagiosas y de epidemias. Se autorizará que el personal médico de toda índole cumpla su misión”.

¡Cuán triste es el panorama palestino ante la COVID-19!: La web palestinalibre.org, tomando como referencia las informaciones de Tamara Nassar para The Electronic Intifada, reporta que hasta el 1 de abril la nueva enfermedad respiratoria “ha aumentado los contagios a casi dos mil 700 personas en Israel, aproximadamente 80 en la Cisjordania ocupada y nueve en la asediada Franja de Gaza”.

Voces sensibles israelíes, como el grupo de derechos humanos B´Tselem, advierten de que “Israel no podrá desviar la culpa si este escenario de pesadilla se convierte en una realidad que creó y no hizo ningún esfuerzo por evitar”, y con ello se refiere al contexto general de ocupación, que impide el acceso a medicinas y a un adecuado plan de enfrentamiento. Tel Aviv prosigue “realizando incursiones nocturnas, arrestando arbitrariamente a niños y hostigando rutinariamente a civiles. La crueldad no tiene límites, de modo que las fuerzas israelíes demolieron y se incautaron de estructuras destinadas a una clínica de campo y viviendas de emergencia en Ibziq, una aldea en el norte del Valle del Jordán en la Cisjordania ocupada, lo cual se hizo bajo la supervisión de la administración Civil, el brazo burocrático de la ocupación militar de Israel”, denuncia la organización solidaria.

Por su parte, el grupo palestino de derechos humanos Al-Haq ha lanzado a la comunidad internacional un llamamiento de alerta y de demanda de protección para quienes califica como “las personas más vulnerables del mundo”. La alarma la encienden frente a lo que vaticinan como “un desastre masivo inminente en caso de un brote generalizado de COVID-19 en Gaza”. Los activistas recuerdan que esta zona es “conocida como la prisión al aire libre más grande del mundo”, porque dicho territorio es apenas de 365 kilómetros cuadrados, con una de las densidades de población más altas, léase 2 millones de habitantes, de los cuales 1,4 millones viven en precarias condiciones y dependientes de la ayuda humanitaria internacional en ocho campamentos de refugiados.

Entonces, en esas condiciones deben sortear y vivir bajo “estricto asedio israelí desde el año 2007, donde Israel controla el espacio aéreo y el mar de Gaza, además de vigilar (junto con Egipto) sus límites terrestres, insiste Al-Haq”. Agrega palestinalibre.org que “la crisis de agua (menos del cuatro por ciento es apta para el consumo humano) y saneamiento causada por el bloqueo prolongado de Gaza socava la capacidad de los palestinos para prevenir y mitigar adecuadamente los impactos del brote de COVID-19”. Además, la Doctora Mona el-Farra, presidenta de salud de la Sociedad de la Media Luna Roja Palestina en Gaza, avisó a The Electronic Intifada que hay escasez de camas, equipos de protección y kits de prueba para detectar al nuevo coronavirus.

Irán y Siria

Las dos naciones del Oriente han tenido que redoblar sus capacidades gubernamentales y populares, esas que han demostrado su eficiencia frente a los bloqueos. En el primer caso, la República Islámica de Irán se ha visto golpeada (hasta el 29 de marzo) con 38 mil contagios por la COVID-19, con la muerte de dos mil 640 personas. A pesar del costo humano de esa tragedia, el sistema de salud pública iraní ha logrado recuperar de la enfermedad respiratoria a 12 mil 400 de sus hijas e hijos, y lo ha hecho en medio del asedio yanqui, que no ha parado en su agresividad casi demencial.

En ese sentido, el presidente de Irán, Hasan Rohani, tal como lo divulgó HispanTV, destacó que los Estados Unidos han “perdido la oportunidad histórica del coronavirus para levantar las criminales sanciones antiiraníes, de que se retracte de su camino equivocado y, por solo una vez, le diga a su nación que no está en contra del pueblo iraní”. A pesar del recrudecimiento de la hostilidad, que impide el acceso a los medicamentos y los equipos médicos necesarios, Teherán ha logrado ir revirtiendo la cuesta negativa de la pandemia.

Animados “por un elemental sentido de justicia ante la propagación del coronavirus, varios países (las misiones diplomáticas de Rusia, China, Irán, Siria, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua y Venezuela) y organismos internacionales, empezando por la ONU, han lanzado un clamor contra el terrorismo económico de los EE.UU”, informó la agencia noticiosa persa.

Mientras que la relatora especial de las Naciones Unidas sobre el Derecho a la Alimentación, Hilal Elver, emitió, el martes 24, un comunicado donde hace énfasis en la necesidad del levantamiento inmediato de todas las sanciones internacionales contra países como Irán, Siria, Venezuela y Cuba, que “luchan contra el coronavirus y, además, se enfrentan a los obstáculos creados por los EE.UU. debido a su campaña de sanciones”. Hizo hincapié en que, en las circunstancias actuales, es una cuestión de “urgencia humanitaria y práctica levantar inmediatamente las sanciones económicas unilaterales”.

En lo que atañe a Siria, esta no descansa en sus disimiles iniciativas por la vida, amenazada ahora no solo por el terrorismo o las injerencias foráneas. La nación levantina es un paradigma de cómo el ingenio colectivo demuele las maldiciones. Así, en la nororiental provincia de Hasakeh, alrededor de 40 médicos inauguraron una clínica virtual integral que ofrece, según un despacho de SANA, “consultas de forma gratuita a los ciudadanos a través de las redes sociales, además de responder por teléfono a sus preguntas”, relacionadas con la COVID-19.

O sea, Siria combina sus combates en varios terrenos sin rendirse. Lo corrobora con éxito en lo militar, en la salud, también en el plano diplomático. En ese sentido, el delegado permanente sirio ante la ONU, Bashar Jaafari, en una teleconferencia del Consejo de Seguridad dedicad a examinar la situación de su país, recalcó la obligación de levantar las ilegales medidas económicas coercitivas occidentales, especialmente después de la propagación de la pandemia del coronavirus.

SANA informó que el representante árabe considera que las sanciones unilaterales son utilizadas “como armas de guerra”, las cuales impiden que los pueblos y las autoridades médicas y de salud cubran sus necesidades básicas para enfrentar la pandemia del coronavirus. De igual modo dijo que frenan la provisión de alimentos y servicios básicos. Declaró que “la persistencia en imponer esas medidas coercitivas injustas viola el Derecho Internacional, la Carta de la ONU y los Derechos Humanos. Y fue tajante al afirmar que se “demuestra una vez más la hipocresía de algunos al tratar la situación humanitaria tanto en mi país como en otros”.

La COVID-19 sorprendió. No asombra, sin embargo, la perversidad de poderes como los de Washington o Tel Aviv, aunque cabía suponer posturas más amigables ante circunstancias anómalas para el mundo.

Es de común entendimiento que en las crisis afloran las esencias de cada cual, ya sea ser individual o cuerpo social. Basta por tanto de dobles raseros y de querer utilizar oportunistamente la pandemia mundial para alcanzar propósitos políticos, ideológicos y geoestratégicos. Allí donde la nueva situación epidemiológica hace más intransitable la vida la solidaridad se vuelve más urgente.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda