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Publicado el 25 Mayo, 2021 por Pastor Batista en Historia
 
 

OPERACIÓN CARLOTA

La epopeya del valor y los valores

Con el retorno del último grupo de internacionalistas cubanos procedentes de la República Popular de Angola, un día como hoy, concluyó una de las más incuestionables muestras de solidaridad entre pueblos hermanos que registra la historia 
Así despidió Luanda al primer grupo de internacionalistas cubanos.

Así despidió Luanda al primer grupo de internacionalistas cubanos. /PV

Texto y fotos: PASTOR BATISTA VALDÉS

Hace 30 años, a esta hora de aquel 25 de mayo (1991) el rostro del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz debe haber transpirado esa congénita calma que lo llevó a permanecer sereno hasta en momentos de elevada tensión. Por dentro, sin embargo, tal vez llevara un volcán a punto de erupción: después de 14 horas de vuelo, aterrizaría sobre la pista del aeropuerto la aeronave con el último grupo de internacionalistas cubanos procedentes de la República Popular de Angola.

Culminaba así, no solo el proceso de gradual, completo y victorioso retorno de nuestras tropas, en virtud de acuerdos suscritos el 22 de diciembre de 1988 en la ONU, entre Angola, Cuba y Sudáfrica, sino también la solidaria operación de ayuda iniciada en 1975, con el nombre de Carlota, en evocación a la esclava africana que en 1843 encabezó una revuelta contra la opresión española en el ingenio Triunvirato, de Matanzas.

La juventud cubana, protagonista indiscutible de la epopeya.

La juventud cubana, protagonista indiscutible de la epopeya.

No fue Cuba quien se brindó, “de la nada”, para enviar hombres y mujeres a la sufrida nación. En nombre de aquel pueblo, su presidente, el doctor Agosthino Neto, le había solicitado urgente ayuda al líder de la Revolución Cubana. La independencia de Angola, amparada por los acuerdos de Alvor (enero de 1975) corría grave peligro frente a la conjura entretejida por potencias extranjeras en contubernio con la contrarrevolución interna. Luanda estaba a punto de ser ocupada.

Mucho se ha escrito del altruismo con que cubanos y angolanos lograron rechazar la vil embestida y expulsar de territorio nacional a las fuerzas agresoras.

Quifangondo, Cabinda, Ebo, Sumbe, Cangamba, Cuito Cuanavale, Calueque… son hitos de una epopeya que se prolongó durante más de tres décadas, para culminar, otra vez, con la aplastante y definitiva derrota del ejército racista sudafricano y de sus aliados internos y externos en 1988.

Muchos angolanos no pueden ocultar su tristeza ante el regreso a Cuba de nuestras tropas.

Muchos angolanos no pueden ocultar su tristeza ante el regreso a Cuba de nuestras tropas.

Más de 370 000 cubanos ofrecieron solidaria ayuda militar allí y otros 50 000 lo hicieron en esferas de la colaboración civil. Ninguno fue obligado a ir. Ni uno solo de ellos, por demás, lo hizo en busca de glorias personales, dinero, fortuna, prebendas…

Desde fecha tan temprana como el  12 de diciembre de 1976, el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Ministro de las FAR, había afirmado con absoluta transparencia que de Angola solo nos llevaríamos “la entrañable amistad que nos une a esa heroica nación,  el agradecimiento de su pueblo y los restos mortales de nuestros queridos hermanos caídos en el cumplimiento del deber”.

Y aunque también se ha escrito acerca de la sensible huella humana dejada por nuestros combatientes allí, a medida que transcurre el tiempo siento que crece esa deuda con las actuales y futuras generaciones.

Carlota no solo fue caravanas, rechazo de emboscadas, defensa estoica de la soberanía angolana, combates, avance, golpes certeros y expulsión del enemigo. Fue, muy por encima de lo que sucede en toda guerra –y yo diría que a diferencia de lo que habitualmente ocurre en todo conflicto armado- permanente e incuestionable expresión del humanismo y de la vocación solidaria de nuestro país.

A quienes vivimos la experiencia, jamás se nos podrá borrar de la memoria la silueta del combatiente cubano compartiendo su ración de alimento con el niño que observa hambriento, con un vacío tan grande en los ojos como en el estómago, o la figura del médico internacionalista tratando de salvar al bebé que la nativa carga, desesperada, entre sollozos.

Carlota fue el soplo de vida y de esperanza en cada parque infantil que manos cubanas levantaron para niños de pies descalzos, fueron los juguetes rústicos que nuestros combatientes fabricaron en los refugios de Cuito Cuanavale, para regalárselos a niñas y niñas que jamás habían tenido un pequeño camión (ni siquiera de palo), una muñeca de trapo, una pelota de retazos de cuero… Por cierto, no recuerdo una sola réplica de pistola, de fusil o de granada para matar.

Estos niños aguardan por la comida que les dan los “primos” cubanos en el desierto de Namibe.

Estos niños aguardan por la comida que les dan los “primos” cubanos en el desierto de Namibe.

Búsquenme una guerra donde las tropas, supuestamente “de ocupación”, enseñan a leer y a escribir a la población autóctona, incluyendo soldados de allí mismo, que nunca habían tomado en sus manos un lápiz o una libreta. Ruacaná, en la frontera con Namibia, devino escenario y testigo de ese “divino milagro”.

Quiero saber en cuántos conflictos armados, el ejército “de fuera”, antes de partir victoriosamente, erige monumentos a la hermandad entre pueblos, a la paz y a la victoria, en los más recónditos parajes de la geografía defendida como al suelo propio.

Carlota fue el privilegio que tuvieron observadores de la ONU para constatar la exactitud de cifras en efectivos y medios, así como la más cristalina transparencia en cada momento y lugar, durante toda aquella gigantesca operación de retorno que Cuba inició tres meses antes de lo pactado y cuya conclusión anticipó también: cinco semanas.

Más de 370 000 cubanos ofrecieron solidaria ayuda militar en Angola.

Más de 370 000 cubanos ofrecieron solidaria ayuda militar en Angola.

Ejemplos –acaso inauditos para quienes imaginan que la guerra es solo destrucción y muerte- pudiera ofrecer por montones. Las pocas líneas que me restan por teclear, sin embargo, las dedicaré a un fenómeno que quizás Luanda nunca conoció, a lo largo de siglos, hasta aquel 10 de enero de 1989, cuando la población se volcó a calles, plazas, avenidas y la ciudad parecía que se iba a hundir de un momento a otro.

En gesto de buena voluntad, Cuba decide adelantar, como ya dijimos, el triunfante retorno, mediante un contingente inicial formado por 3 000 combatientes. La capital se convierte en un hormiguero humano. Personas de todas las edades agitan banderas, saludan con la mano, lanzan besos, expresan frases de cariño o corean consignas ante el paso de la caravana que conduce a nuestros combatientes hacia el aeropuerto.

¿Acaso alguien ha obligado a toda esa gente para que acudan a despedir a los internacionalistas cubanos? ¿Acaso alguien les ha puesto una pistola en la sien, a cada uno, para que todos saluden, canten o multipliquen el gesto de Joao Isidro Sesse?

Quizás él, Joao, no sepa que lo estoy mirando junto a  su esposa. En medio de la multitud ella solloza como una niña mientras él, en discreto movimiento, decide voltear la cabeza. Finge que lo hace para no ver las lágrimas de su amada. Yo sé que muy en el fondo pretende ocultar, además, las suyas.

Por eso vuelvo, ahora, 30 años después, a decir lo mismo de tantas veces: Búsquenme otra guerra donde haya ocurrido algo así.

No sé si la hubo. Tampoco lo creo. Permítanme, entre tanto, retornar sobre palabras expresadas por Raúl, concretamente cuando informó al Comandante en Jefe acerca del final de la Operación Carlota: “La gloria y el mérito supremo pertenecen al pueblo cubano, protagonista verdadero de esa epopeya que corresponderá a la historia aquilatar en su más profunda y perdurable trascendencia”.

Ver también del autor:

Operación Carlota

Angola, el otro rostro de la misma guerra

Lo que miles de niños jamás olvidarán. ¿Qué otro ejército extranjero cura a la población oriunda que el enemigo ataca? El rescate de una manito necrotizada ya. No regresaré a mi Cuba sin salvar tu pequeño pie. Para a desfrute da felicidade nas crianzas angolanas. Elpidio Valdés conquista a la muchachada de Petrangol y Natalia Herrera a Cuando Cubango. ¿Arte o brujería en Cabinda? El Sol… ni con un dedo.

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS


Pastor Batista

 
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