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Publicado el 4 Octubre, 2021 por Nestor Nuñez en Mundo
 
 

Rusia

El voto de la confianza

Las autoridades en ejercicio reciben el mayoritario apoyo del electorado
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La nación rusa votó este septiembre por persistir en la existencia de un país fuerte, apegado a su historia y sus logros, y con un papel fundamental y creciente en la arena internacional. (Atalayar)

La nación rusa votó este septiembre por persistir en la existencia de un país fuerte, apegado a su historia y sus logros, y con un papel fundamental y creciente en la arena internacional. (Atalayar)

Por NÉSTOR NÚÑEZ DORTA

Desde que tuve uso de razón nunca escuché un halago para Rusia. Entonces, para millones de personas del “Occidente democrático,” con sus mentes aplastantemente modeladas por los sacrosantos y “objetivos” medios de información de la época, aquel gigante geográfico no era más que un congelado páramo de gente ruda y torpe, ajena a los esmeros y la alta cultura, dueña de costumbres rústicas y, luego del surgimiento de la Unión Soviética, un espacio de represión eterna y conspiraciones tremebundas contra todas las naciones “libres” del orbe.

Luego nos llegaría la verdad verdadera de mano de la solidaridad de Moscú y los estrechos contactos mutuos, y aprenderíamos a conocer el devenir nunca contado y valorar el grado de manipulación política al que estuvimos sometidos por largos decenios.

Pero, sin dudas, la distorsión en torno a la marcha del gigante euroasiático sigue siendo una pústula congénita en los sectores hegemonistas globales más allá de los cambios que ocurran en su fuero local.

De ahí que Occidente, en su persistente demonización del Kremlin, viva hoy horas de desasosiego ante los resultados de los comicios rusos de días atrás para la conformación de la Duma, en los cuales resultaron vencedores los candidatos del partido de gobierno, Rusia Unida, con casi la mitad de los sufragios emitidos, seguidos por el Partido Comunista, con alrededor de 20 por ciento.

Un cierre que inclina a pensar que el país ha dado una clara respuesta de sus aspiraciones a quienes no perdonan el giro que con su llegada al escenario político nacional imprimió Vladímir Putin a una potencia desvencijada por la división, el latrocinio, el entreguismo y la indecencia política de quienes tajaron a la Unión Soviética y pretendieron reducir sus despojos a satélite de tercera categoría de sus eternos detractores externos.

Lo explicaba el cineasta norteamericano Oliver Stone al juzgar el empeño de Putin, con quien grabó tiempo atrás una prolongada serie de trascendentes intercambios bilaterales, dignos de ser vistos y meditados por todo analista en materia internacional.

El presidente ruso, precisó Stone, evitó que “Rusia se convirtiera en un vasallo de los Estados Unidos”, una potencia que, añadió, pudo ser amiga del gigante euroasiático luego de la desaparición de la URSS, pero que prefirió conquistarlo y humillarlo.

De ahí que lo que en realidad la reacción internacional no le “excusa” al Kremlin es el reverdecimiento de un poder formidable y en pleno desarrollo, que desde una nueva perspectiva política ha retomado la defensa de los valores nacionales, la rica y larga historia de su pueblo, el ejemplo universal de los días de la Gran Guerra Patria contra el fascismo germano, las innegables conquistas culturales, científicas y sociales de decenios atrás, y un ejercicio global apegado al respeto a la autodeterminación, el multilateralismo, la cooperación y el derecho a una defensa sólida e inexpugnable de la integridad y la independencia de cada país.

 

 

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Nestor Nuñez

 
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