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Publicado el 22 Diciembre, 2015 por Bárbara Avendaño en Nacionales
 
 

Memorias del mejor maestro

Convertirse en uno de esos inolvidables debiera ser siempre el propósito del educador
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La mano amorosa de la maestra conduce la del alumno que aprende a escribir

Aspirar a que aun cuando pasen los años y la distancia se imponga, su nombre se escape de los labios de alguien que evoque a su mejor maestro. (Foto: elcolimador.cubava.cu)

Por BÁRBARA AVENDAÑO

Aún percibo su taconeo entre acompasado y dinámico mientras dictaba oraciones o se dirigía de la pizarra a un pupitre. Hasta recuerdo la vestimenta que la distinguía: falda estrecha oscura y blusas de colores pasteles; así como el peinado elegante y los lentes de la época.

 

Era Ramona mi maestra de segundo y tercer grados. La única que podía salir del aula por un momento y a su regreso encontrarla en silencio. Aquella que conocía las características de cada uno de sus alumnos y lograba sacar lo mejor de ellos. Fue conjunción de sapiencia, rectitud, dulzura, ética e ideales. El ícono con el que identifiqué en lo adelante a las personas que impartían enseñanzas.

Durante mi primera etapa de estudios otros educadores como ella guiaron mis pasos y previeron hasta la profesión que ejercería en la vida. Teresita, Lidia, Dioba, Olga, Ángela, Segunda… fueron ejemplo.

En lo sucesivo también tuve suerte, incluso, con la profesora de quien recibí clases de danza en los camilitos de Pinar del Río durante seis años: Irene, cariñosa, pero exigente. En los ensayos reclamaba de los alumnos el máximo de entrega, como si bailaran en plena función: “levanta el mentón, sonríe, haz el movimiento bien pronunciado…” repetía, en tanto mostraba pasos de la coreografía. Era incansable.

Por eso, cuando en los festivales de aficionados nuestro grupo se alzaba con un premio, comprendía lo importante de cada sacrificio, de aquel puntilloso y maldito mandato de la profe: “¡de nuevo!”.

En el toma y daca del aprendizaje, la familia debe ser la más fiel colaboradora de la escuela. Ponderar las enseñanzas que allí se transmiten y afianzar esos conocimientos. Por fortuna, la tranquilidad prima en nuestras escuelas. La principal preocupación en los hogares es que la –o el– estudiante de casa tenga un educador para cada materia y demuestre calificación, garantía de una buena base futura.

En sus manos está impartir las asignaturas con calidad, enseñar a estudiar por los libros y no a copiar mecánicamente, o a imprimir un texto de Internet, práctica que, se conoce, la mayoría de las veces es realizada por los padres. También el maestro debe demostrar y exigir buena ortografía de sus educandos, así como fomentar su cultura, entre otras responsabilidades.

Ese ente vital en la sociedad parecía extinguirse hace unos años, sobre todo en La Habana. Algunos periodistas, aunados en el contingente Elio Constantín, un grande del gremio, fueron a impartir clases de manera voluntaria. Aunque sin la menor vocación por el magisterio, decidí sumarme, por simple solidaridad.

Fue una experiencia que me ubicó de frente a la muchachada del séptimo grado de una secundaria básica. Pero más que sentirme en la piel de una profesora, me situé en la de las madres y padres que la dejaban bajo mi amparo un rato cada lunes.

Desde una disciplina llamada Reflexión y debate y, sin salirme del programa, ideaba cómo acaparar la atención de mis alumnos en cada frecuencia. La preparación ocupaba parte de mis domingos y lo hacía con gusto.

De aquellas jornadas prolongadas por un año, la más provechosa para todos fue la dedicada a la Constitución de la República, desconocida por todos los alumnos. Del documento, reconozco que la parte más discutida fue la dedicada a los hijos, cuyos artículos dejan explícito que ellos tienen iguales derechos, lo mismo nacidos dentro como fuera del matrimonio.

Todos llevamos en la memoria el nombre de quienes influyeron en nuestra formación, pero en un lugar privilegiado perviven solo los especiales. Entre estos héroes del magisterio me sería imperdonable dejar de mencionar a los santiagueros Eloína Miyares Bermúdez, quien, a pesar de irse recién, se quedó para siempre; y su compañero en la vida y faena, Vitelio Ruiz Hernández; educadores ambos reconocidos con el Premio Nacional de Pedagogía en 1998.

Convertirse en uno de esos inolvidables debiera ser siempre el propósito del educador. Aspirar a que aun cuando pasen los años y la distancia se imponga, su nombre se escape de los labios de alguien que evoque a su mejor maestro.

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