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Publicado el 17 Diciembre, 2015 por Caridad Carro Bello en Nacionales
 
 

FRUTALES

Saborear nísperos y guanábanas

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Por CARIDAD CARROBELLO

Matas de mango de pequeño porte, anticipan el tiempo de cosechas. (foto CLAUDIA RODRÍGUEZ)

La noticia resulta sorprendente: “Este año el país logrará, por primera vez, más de medio millón de toneladas de frutas producidas, en medio de una sequía enorme y con cultivos afectados por la falta de riego, como la guayaba y la papaya”.

Lo afirmaba en los días finales del año el máster en Ciencias Emilio Farrés Armenteros, de la División Tecnológica de Frutales, perteneciente al Grupo Empresarial Agrícola del Ministerio de la Agricultura, y antes director técnico del Instituto de Investigaciones Frutícolas.

¿Dónde radica la magia del dato aportado? Emilio responde que “van creciendo los rendimientos por área, pues se produce más en menos espacio y hay mejor aprovechamiento del riego; a ello se suman los programas exitosos de variedades como la piña MD2; a la vez, hay fruticultores con una alta preparación y un dominio excelente de los cultivos, los cuales han capacitado a otros interesados.

“Ya este cultivo deja a un lado el empirismo. Están los ejemplos del ingeniero agrónomo Lázaro Hernández, presidente de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Antonio Maceo, de Bejucal, en Mayabeque; del profesor universitario y máster en Ciencias Agrónomas Wilfredo Padrón, en la finca El Pedregal, Cienfuegos; de los ingenieros agrónomos Ricardo Serrano, en la CCS José Martí, y de Jorge Luis Granado, en la CCS Clemente Ramos, ambos de Granma, y muchos más”.

Por su parte Javier Ventura Cárdenas, funcionario del Comité Nacional de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (Anap), añade un elemento organizativo: en el ahora denominado Movimiento de la vanguardia político-productiva de las cooperativas de frutales, se incluyen los productores pertenecientes a la agricultura urbana y suburbana. De este modo siguen los mismos pasos las 200 entidades dedicadas a la actividad.

Argumentos a favor

Entre los logros visibles de la fruticultura cubana se destacan: el rescate de especies que décadas atrás estuvieron olvidadas, como níspero, anón, chirimoya, guanábana, canistel, entre otras; haber incentivado el consumo de frutas, sobre todo entre las generaciones más jóvenes; y el suministro progresivo al Turismo, como modo de ir sustituyendo importaciones.

“No puede quedar sin mencionar que las cooperativas de frutas abastecen a 214 jugueras, muchas cercanas a hospitales y otras instituciones de salud. En ellas el vaso de jugo se vende a un peso, excepto en La Habana, que es a dos. Además están algunas ofertas de concentrados, pulpas y mermeladas”, puntualiza el representante de la Anap.

Los municipios de Madruga, Santa Cruz del Norte y Bejucal, en la provincia de Mayabeque, sobresalen por los cultivos de piña, guayaba, aguacate; las mismas variedades son potenciadas en Villa Clara, Ciego de Ávila, y en Matanzas, sobre todo por agricultores de Jagüey Grande.

Como política, Cuba recupera el cítrico de forma estatal, con el fin de garantizar el abastecimiento al consumo turístico y la exportación. En lugares como Jagüey Grande, Cienfuegos y Ciego de Ávila, se producen posturas con patrones fuertes, las mismas mantienen un aislamiento durante dos años en naves bajo techo, y luego son sembradas bajo estricta vigilancia fitosanitaria.

Para la obtención de nuevas plantas de otros frutales, en casi todas las provincias de la Isla existen viveros atendidos por buenos productores de posturas.

De zapotes y mangos

– En la CCS Antonio Maceo, de Bejucal, Mayabeque, no hay que esperar largos años para comer mameyes. (foto ANARAY LORENZO)

La aplicación de los avances de la ciencia y la tecnología ha permitido echar por tierra antiguas creencias. Por ejemplo, quien ahora plante un mamey no tendrá que esperar a la vejez para consumir sus frutos, pues hay plantaciones de cinco años en plena cosecha. Y si alguien duda que una joven mata de mango, de pequeño porte, pueda ser campeona en pariciones, pues que se llegue a la empresa Victoria de Girón, en Jagüey Grande.

Emilio asegura con pleno optimismo: “El país posee potencial para sobrepasar las 700 mil toneladas de frutas anuales. Hoy las aéreas sembradas pudieran dar eso, y más, si se atienden las plantaciones como es debido, si incrementamos las áreas bajo riego y todos los fruticultores aplican bien los biofertilizantes y biopesticidas; y sobre todo, si se logra un sistema de comercialización eficaz”.

A juicio del mismo experto, es necesario alcanzar el aprovechamiento máximo de los picos de cosechas. Con este fin, crece el montaje y puesta en funcionamiento de las minindustrias.

Ciego de Ávila es la provincia que más ha avanzado en tal propósito, a partir de la experiencia de la empresa agroindustrial Ceballos, la cual vende a los pequeños productores los insumos, les ayuda con los mantenimientos, las reparaciones, las normas de consumo de la materia prima, el control de la calidad de los productos, los envases, las etiquetas.

“Allí existe una singular sinergia porque cuando no resulta económico arrancar la gran industria, por la pequeña cantidad de materia prima disponible, entonces las minindustrias lo asumen. Por otra parte, cuando las últimas no tienen abastecimiento suficiente, entonces la gran industria les vende la pulpa para que elaboren determinados renglones.

“Y algo muy importante: la comercialización es realizada por la empresa agrícola, con los parámetros de calidad y la distinción de los distintos renglones que ya tienen un mercado seguro bajo la marca Ceballos.

“Eso queremos extenderlo por el resto del país, pues las minindustrias aisladas es muy difícil que puedan prosperar, por las exigencias sanitarias y de calidad requeridas, así como por el difícil acceso a los insumos, los mantenimientos y la colocación en el mercado”, resume Emilio.

Cuenta pendiente

Un amplio reportaje de investigación de la revista BOHEMIA, con el título “Controversias en almíbar”, destacaba el 18 de junio de 2010 el rescate de espacios y variedades de la producción frutícola en Cuba. Pero no todos los territorios tenían bien organizada la ruta del campo al consumidor, pues faltaban recursos, envases, y los contratos de acopio desaprovechaban un buen número de cosechas.

Piñas, mangos, cocos, frutabombas, guayabas, se perdían por entonces en los campos de Fomento, Ceballos, Madruga, en las provincias de Villa Clara, Ciego de Ávila y Mayabeque, respectivamente.

Algunos cambios han paliado de cierto modo el problema, pues ahora los productores, luego de cubrir los contratos con la Agricultura o con las fábricas de conservas, pueden vender libremente las cosechas extras, ofertar sus frutas al Turismo, y hasta poner en práctica iniciativas de minindustrias.

Combinar el cultivo de varias especies, además de dar más producción, contribuye al control biológico de plagas. (foto ANARAY LORENZO)

Sin embargo, no todo anda a pedir de boca en cuanto al abasto de frutas frescas a la población mediante los mercados agropecuarios y los puntos de venta de la agricultura urbana y suburbana.

“Hay mayor producción, pero los precios no bajan. He tenido que pagar aguacates a 10 pesos y mangos a cinco, y más”, se queja la maestra Kenia Muñoz, del municipio de Guanabacoa.

El mismo dilema lo reconoce Emilio cuando afirma: “Hay cosas que no puedo explicar, por ejemplo, el precio de venta de los aguacates está a 10, 12 pesos, cuando al productor se les pagó a dos o tres pesos. ¿Por qué es eso? Pues porque existen intermediarios a quienes –a propósito– no les conviene un aumento de la producción para así poder especular con los altos precios.

“No se puede poner la solución en manos de los carretilleros y de los tarimeros en los mercados que ahora son cooperativas no agropecuarias, o de otros puntos de venta. La única solución es topar el margen de ganancia del comercializador, como se hace en muchos lugares del mundo”.

Walter Hernández Delgado, vicepresidente de la CCS mayabequense Antonio Maceo, la primera cooperativa de frutales de Cuba, que en 1997 empezó con el desarrollo de un vivero de 0.8 hectáreas y hoy cuenta con 40 caballerías de tierra y 40 productores, apunta hacia la misma diana.

Añade que en contra de la producción de frutas pueden actuar “las políticas macroeconómicas, sin estimar el criterio del campesino”. Pone de ejemplo la venta de insumos a precios no subsidiados, pues todos los casos no son iguales, ni en cualquier lugar se produce en similares condiciones”.

Las experiencias de la CCS Antonio Maceo son dignas de respetar. Esta cooperativa desarrolló por primera vez la técnica del policultivo, lo cual propició la recuperación de la inversión inicial en los primeros 17 meses (con siembras de papaya, frijoles, tomates, de ciclo corto). Aquí se demostró que una hectárea de tierra podía rendir por cuatro, con los cultivos asociados, y que así se aprovechaban mejor los fertilizantes orgánicos. A ello se añadió un uso más racional del agua y otros recursos.

“Nosotros, además, abastecemos de posturas a otras cooperativas del país; y en cuanto a la capacitación, la ANAP reconoce nuestros aportes dentro de la experiencia de campesino a campesino, e incluso por el adiestramiento a productores de otros países.

“Siempre nuestras fincas tienen algo que cosechar, ya sea aguacate, mango, limón, fruta bomba, guayaba, acerola, coco, tamarindo, piña, o frutas de poca presencia como el marañón, mamey, guanábana y la rolínea”.

Y concluye: “Hoy el gran reto es resolver el gran entuerto creado en el sistema de comercialización, con tantos intermediarios, incluido el mercado no agropecuario El Trigal. Así que lo más difícil está en vender, no en producir”.

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