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Publicado el 14 Marzo, 2016 por Marieta Cabrera en Nacionales
 
 

AMADO MOREIRA URRA: “No he cambiado ni voy a cambiar nunca”

Un hombre de la Ciénaga de Zapata que cultiva el amor al trabajo, y el placer de ayudar a los demás. Atiende la finca forestal integral La Piojota, ubicada en Pálpite, poblado de ese municipio
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Por MARIETA CABRERA

(Foto: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA).

La rudeza de las manos curtidas por el trabajo duro contrasta con la suavidad de su mirada, que deja entrever a un hombre de alma noble. Afincado en la tierra, como los árboles del monte que conoce desde niño, Amado Moreira Urra atiende la finca forestal integral La Piojota, ubicada en Pálpite, poblado de la Ciénaga de Zapata.

En el portal de un ranchito que hizo en la finca –donde, incluso, tiene un televisor alimentado por paneles solares–, el cenaguero conversa con el equipo de reporteros de BOHEMIA. Recuerda que en tiempos remotos por esa zona pasaba el ferrocarril que tiraba la caña cultivada en la zona, una variedad llamada POJ, de donde proviene el nombre de la finca.

Cuenta que él sabía de ese sitio y un día de principios de los años noventa caminando por allí lo vio abandonado. “Pedí permiso a la empresa forestal para empezar a hacer carbón y me lo dieron. Llegué aquí el 28 de octubre de 1992. Yo cortaba la leña a hacha, y Pepe Quintela, un hombre robusto que vive en Pálpite, venía por las tardes y la cargaba al hombro.

“Hice un horno para 70 sacos. Cuando la gente de la empresa vio que la producción iba subiendo, me dieron una motosierra que estaba fundida y la arreglé. Después, me asignaron la máquina de estera para sacar los palos de los jucarales. Es un trabajo duro. En la época de seca aprovechamos todo el tiempo: vamos cortando, haciendo carbón y acopiando”, explica el campesino, y agrega que para hacer el carbón de exportación, además del júcaro, utiliza otras maderas duras como el hicaco y la yana.

La tala de árboles se hace de manera organizada y requiere del permiso emitido por la empresa, pues la conservación del patrimonio forestal de la ciénaga, el uso racional y sostenible de sus recursos, es un principio inviolable, precisa Moreira.

“Por eso, en la finca nos dedicamos también al mantenimiento de los bosques y la siembra de árboles. Un ejemplo es lo que hacemos para la protección e incremento del búfano, una especie maderable que está en peligro de extinción en algunos lugares.

“Cuando baja el agua de la ciénaga y está blandito el fango, uno saca la plantica de raíz y la trasplanta para otro lugar donde tenga más espacio. Así hemos repoblado unas cuantas hectáreas, y ya tenemos plantas grandes”.

Junto a Amado, en La Piojota laboran María de los Ángeles Molina Pérez, su esposa, y Luis Manuel Bouza Rivero, nieto de ambos. “Ella es la jefa de finca; es buena en ese cargo, pero pelea mucho”, comenta el hombre en tono jocoso.

Mientras dialogamos, nos muestra la gran cantidad de guanajos, guineos, gallinas, carneros y chivos, entre otros animales que tiene en la finca. Empezó con unos pocos, pero la cría ha comenzado a crecer. El objetivo es abastecer a la familia, aunque en ocasiones ofrece leche de chiva de forma gratuita para personas cuyo estado de salud requiere de ese alimento. También vende carne, leche y queso a la Empresa de Ganado Menor del municipio, la cual a su vez le entrega pienso a un precio asequible.

“Ahora, estoy acopiando queso para la cooperativa de Soplillar, pues creo que hay que estar afiliado”, considera.

A pura hacha

“Yo digo que soy hijo del fango y del mosquito porque nací aquí en la ciénaga, en Jobalito, a la orilla de la Zanja de Gutiérrez. Me recibió Matea, una mujer que fue insurrecta y murió a los 112 años. Mi padre era leñador y carbonero; crió a 14 hijos y un nieto a pura hacha, haciendo carbón”, relata Amado.

Parte del carbón que elaboran en La Piojota se destina a la exportación (Foto: CALIXTO N. LLANES).

“Vivíamos en un rancho de guano y piso de tierra. Me acuerdo que pasé hambre. Algunos días no teníamos nada que comer y mi abuelo castraba una colmena de la tierra para darnos esa miel con agua caliente y tomar algo por la mañana.

“Con unos siete años me iba con papá para el monte. Él cortaba los palos finitos que servían de postes para hacer cercas y yo los sacaba hasta el camino para que un carro tirado por un mulo o un camioncito se los llevara al dueño del corte.

“En aquel entonces, los gallegos que vivían en la ciénaga se pasaban la noche entera cargando leña en la cabeza. Por la mañana, se ponían a parar los troncos y, en la tarde, iban para el corte. Todo eso para ganarse tres pesos. Así era la vida en estos pantanos”.

El triunfo de enero de 1959 quedó en la memoria del niño Amado Moreira con especial nitidez. “La noticia la trajo un hermano mío. Ese día lo vimos venir corriendo por la sabana sin camisa, con el sombrero en la mano, y gritando: ‘se fue el hombre, se fue el hombre’. Ahí mismo empezó la fiesta. Precisamente, ese hermano se quedó sordo de una metía de golpe que le dieron los casquitos en el tiempo de la dictadura”, evoca.

Entre sus remembranzas están igualmente los días de la invasión mercenaria por Playa Girón. “En ese momento mi familia vivía en La Criolla, cerca de Buenaventura. A las mujeres y los muchachos de la zona nos llevaron para El maíz, un batey metido en el monte. Allí vi que los milicianos y los guajiros del lugar cogieron a cuatro mercenarios y los amarraron a una mata de mamoncillos.

“Uno de ellos tenía puesta una blusa de mujer porque entraban a las casas abandonadas y se cambiaban de ropa para que no los reconocieran. Otros se vestían de carboneros. También vi a uno que apresaron en la costa y los milicianos le dieron carne rusa, refresco y un par de alpargatas porque estaba descalzo”.

Con lujo de detalles el sexagenario repasa sus años en el servicio militar, en la zafra del 70 y en la pesca. Cuenta que antes de tomar la decisión de irse a pescar con un hermano, trabajaba en la zona turística de Guamá. “Dejé el turismo por un barquito que había que arrancarlo con cranque, y en el cual nos alumbrábamos con un mechón”, dice riendo, como quien cambia la vaca por la chiva. “Pero me fue muy bien”, aclara.

Después laboró como patrón de barco en la Empresa Pesquera René Ramos Latour, del territorio, hasta que a mediados de los años ochenta cogió de nuevo el hacha, aunque sería por poco tiempo. “Un día estaba picando leña y fueron a verme compañeros del Partido y el Gobierno para ver si estaba dispuesto a ingresar en las microbrigadas con el fin de hacer las viviendas que tenemos. Dije que sí. En 1988 dirigí la de obras sociales, y construimos las escuelas de Soplillar y de Santo Tomás; la farmacia y el círculo infantil de Cayo Ramona, entre otras obras.

“A cada rato, cuando paso por alguna, pienso: yo participé en su creación. Es lindo, porque ¡cuántos hijos y nietos de los campesinos que nacimos en estos lugares han estudiado en esas escuelas!”, comenta orgulloso.

Amor con amor se paga

En Pálpite, en una casa de mampostería y techo de placa, reside Amado con su familia. Luego de invitarnos a saborear un delicioso café, retomamos el diálogo empezado en la finca. “¿Quién iba a decir que un guajiro como yo iba a tener todo esto?, expresa, y nos enseña el televisor de pantalla plana que tiene en la sala, donde los domingos se sienta a ver el programa Palmas y Cañas.

“No soy de mucho rebullicio, prefiero la tranquilidad”, confiesa, y añade que le gusta acostarse temprano para poder levantarse al amanecer, pues labora todos los días, incluyendo el domingo. A veces, refiere, se despierta a las 12 de la noche o las tres de la madrugada y no duerme más. Se va caminando para la finca o ensilla a su caballo Moato y sale en el carretón.

“En cuanto llego me pongo a atender a los animales. Me gusta trabajar. Si hay algo que no me agrada es mirar para atrás y ver que alguien, con un fay debajo del brazo y un lapicero en el bolsillo, me esté mirando para ver si estoy trabajando. Yo nunca lo hice y fui dirigente”, asevera.

Amado, junto a su esposa María de los Ángeles; Naybis, una de las hijas, y los nietos Samai y Luis Manuel. Al fondo, la casita construida en la finca (Foto: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA).

Amado Moreira es un hombre respetado y querido por esos lares. Lo conocen no solo sus vecinos, sino algunas personas que viven en caseríos distantes como Guasasa, según pudo constatar esta reportera.

“En 2007 tuve un accidente. Iba en la carreta de bueyes cargada de madera, me caí y las ruedas me pasaron por encima. No sé cuánta gente había aquel día en el policlínico de Playa Larga en espera de que llegara el carro que me llevó para allá. Por suerte, lo único que me provocó fue una fisura en la cadera. ¡Fíjate si aquí hay un viejo duro de verdad!”.

Aunque declara amar la naturaleza de esos parajes, la familiaridad que siempre identificó a los habitantes de la ciénaga es lo que él más aprecia. “Los cenagueros nos ayudábamos unos a otros, y nunca nos cobrábamos nada. Eso se ha perdido un poco. Ahora te venden un aguacate en cinco pesos, y hasta en 10.

“Imagine que alguien venga a verme, conocido mío o no, porque necesita un carnero para alimentar a un familiar que tiene cáncer, digamos, y yo le cobre 500, 400 o 200 pesos por el animal. Hay que hacer las cosas como son: tienes un problema, vamos a resolverlo, y no me hables de dinero. Se salvó la persona, mejoró su salud. Ese es el valor del carnero”, concluye.

No pocos por allí dan fe de esa ayuda que, sin vacilar ni pedir nada a cambio, suele ofrecer este campesino. Para él más que un gesto es una actitud ante la vida. “Yo no he cambiado ni voy a cambiar nunca porque siempre tengo presente a mi padre y a mi madre que eran personas muy sanas. Y recuerdo también mucho a Fidel, porque lo quiero”, afirma rotundo.

En una ocasión –refiere– visitaron La Piojota varios estudiantes de periodismo de Matanzas, y él les habló sobre su vida y el trabajo que hace en la finca. Al rato, preguntó a los muchachos quiénes se graduaban ese año y les hizo una promesa: “si cogen buenas notas, vienen y nos comemos aquí un chivo o un carnero”.

Así fue. “Estuvieron un día completo conmigo y con mi familia”, recuerda Amado. “Esos son los momentos más felices que tiene un ser humano: las cosas bonitas que hace por los demás”.

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Marieta Cabrera

 
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