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Publicado el 9 Marzo, 2016 por Tania Chappi en Nacionales
 
 

Cementerio de Cienfuegos: Jardín peculiar

Una necrópolis cuyos valores arquitectónicos, artísticos, históricos y ambientales invitan a conocerla

Por TANIA CHAPPI y RAÚL MEDINA ORAMA

De no haber traído los ojos bien abiertos durante el trayecto por la amplia Avenida 5 de Septiembre –que luego busca la playa de Rancho Luna, distante unos 15 kilómetros– podríamos creer que durante el sueño hemos viajado en el tiempo y el espacio para despertar en la Grecia del siglo V, antes de nuestra era. En realidad estamos frente al Cementerio Tomás Acea, de Cienfuegos, declarado Monumento Nacional el 10 de octubre de 1978.

Apenas franqueamos la verja de hierro fundido unida al muro perimetral, admiramos el edificio administrativo, su enormidad neoclásica. Mientras señala la estructura soportada por 64 columnas dóricas, Hilda María Mola Trujillo, especialista principal y jefa del Grupo Cementerios de la Oficina del Conservador de la Ciudad, comenta: “No es una copia del Partenón de Atenas, como refieren algunas guías turísticas, aunque se utilizó el mismo estilo”.

Ella lidera un equipo encargado de preservar y difundir las riquezas patrimoniales de lo que llaman “una ciudad dentro de la ciudad”, a contrapelo de la aprensión de la mayoría de las personas hacia estos lugares.

Como pocas urbes cubanas, la capital de la central provincia es rigurosamente moderna, y hasta la despedida de los fallecidos sucede en un escenario de ejemplar planificación urbanística. Al mismo tiempo se afirma que esta es la única necrópolis-jardín del país.

Noventa años de historia

Hasta 1926, la “última morada” de los habitantes de la Perla del Sur era el Cementerio de Reina, construido al fondo de una iglesia, en el corazón de la villa decimonónica. El 21 de noviembre de ese año inauguraron el nuevo, entre los kilómetros tres y cuatro de la antigua carretera del Junco. El 15 de diciembre al cuerpo del español Luis Díaz Pis correspondió el nada envidiable honor de ser el primer enterrado.

Según la experta entrevistada, el sitio tiene una amplitud de poco más de 17 hectáreas y se construyó gracias a una parte del capital que dejó al morir Francisca Tostes, viuda del acaudalado hombre de negocios Nicolás Acea y de los Ríos. Los albaceas de la dama, Felipe Silva y Cipriano Arenas, promovieron la obra y su nombramiento en memoria del vástago del benefactor cienfueguero.

Panorámica del camposanto

Quienes concibieron el cementerio-jardín respetaron la topografía ondulada de la zona, y añadieron amplias avenidas sombreadas por frutales y otros árboles. (Foto: GILBERTO RABASSA).

En el recorrido enumera los usos que han mantenido desde hace nueve décadas –que se traduce en sello de calidad– los seis salones concebidos por Pablo Donato Carbonell para la edificación principal: un archivo donde se recoge minuciosamente todo lo ocurrido allí a partir de la apertura, las oficinas de la administración, los baños, una capilla mortuoria y una sala de necrología, si bien ahora las autopsias casi siempre ocurren en el hospital. Hace pocos años crearon una Sala Museo, donde se ofrecen exposiciones para evocar fechas históricas y sucesos culturales de la ciudad.

El encargo de levantar dicho inmueble y los primeros túmulos lo cumplieron artesanos provenientes de las marmolerías que existían en Cienfuegos, y de gremios de albañiles y carpinteros. “Hay una diferencia visible entre la parte de los entonces pudientes y la de los pobres. En la primera abundan el mármol y las esculturas, en la otra predomina la inhumación en tierra”, aclara Hilda María Mola.

Cuenta, asimismo, sobre una vana rivalidad. Los Silva, Castaño Montalbán, Méndez-Campillo, entre otras familias de abolengo, competían entre sí por erigir los panteones más lujosos. Así fue llenándose el terreno, parcelado en secciones identificadas con letras, desde la A hasta la X. “A su vez, estas se dividieron en hileras y lotes. Cada calle lleva el nombre de un árbol, generalmente el que está sembrado a su derredor”, escuchamos ya acercándonos a la Avenida de los Pinos (aunque en realidad son casuarinas), para luego continuar por la de los Tamarindos, la de los Mangos, la de los Cipreses…

Carbonell y el agrimensor Luis Felipe Ros, quienes se encargaron de la proyección y ejecución de la obra, concibieron el recinto ateniéndose a las ideas más modernas de la época sobre construcciones funerarias, particularmente –señala en reciente artículo Adrián Millán, especialista del Departamento de Historia de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Cienfuegos– al estilo del camposanto Green-Wood, en Brooklyn, el más importante de Nueva York.

Homenaje a los mártires de los sucesos del 5 de septiembre.

Cada año, hasta el obelisco dedicado a los caídos durante el alzamiento cívico-militar del 5 de septiembre de 1957 peregrinan los cienfuegueros. (Foto Cedeño/Periódico Cinco de Septiembre)

Precisamente, el diseño original quiso recrear un jardín, concepto que integra al paisaje los lechos definitivos. Además de los árboles hay flores, y también un cuidado césped. Carbonell y Ros parecieran enemigos del umbroso escritor estadounidense H. P. Lovecraft –aquel del horror cósmico–, pues pretendieron hacer del Tomás Acea un espacio luminoso y de paseo agradable, que infundiera sosiego a los familiares de los fallecidos. Al menos de día, el entorno tranquiliza tanto como para saludar con simpatía a un ánima sola, si la viéramos.

Las sepulturas debían depositarse directamente en la tierra, a la usanza estadounidense; sin embargo, no se ha cumplido en buena parte de los casos, pues “existe cierto tabú, al cubano por lo general no les gusta”. En consecuencia la práctica más habitual ha sido erigir bóvedas. Pese a ello, varias parcelas son mantenidas en su estado natural, para que permanezca la concepción urbanística primigenia.

No es tarea fácil salvaguardar el esplendor de la necrópolis. Aun cuando su administración vela por el cumplimiento de las regulaciones constructivas de la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos, ahora los sepulcros se visten de granito, o se hacen de cemento pulido, no de mármol como antaño. Casi desaparecieron los alarifes que labraron los delicados perfiles de este camposanto.

En la Escuela de Oficios de la Perla del Sur, la Oficina del Conservador prepara el relevo. Allí intentan rescatar el buen hacer en la orfebrería, carpintería, albañilería, yesería, herrería, trabajos con bronce, cristalería. Todas son ocupaciones importantes para el lustre de lo que consideran “un museo funerario”.

Sin prejuicios

“Busca un resguardo para entrar a ese lugar, échate unos dientecitos de ajo en el bolsillo y persígnate…”, solían aconsejar amigos y simples conocidos a Ena Vera Salas porque permanecía en la necrópolis más tiempo del que la mayor parte de las personas estaría dispuesta a dedicarle.

Ella y Victoria Escoto Núñez estuvieron entre los fundadores del Grupo Cementerios y trabajaban como restauradoras en el camposanto (ahora laboran en el Centro Provincial de Patrimonio). Ambas inventariaron bóvedas, panteones, tarjas –estatales y particulares– con valor patrimonial. Su recorrido habitual incluía revisar las sepulturas y panteones, buscando alguna rajadura o mancha en los mármoles, en las losas de granito, en las cruces y letras de metal.

“Varias tumbas necesitan un trabajo profundo de rehabilitación, otras solo pasarle la mano. Era duro, porque teníamos que hacerlo bajo el sol”, recuerda Escoto. Ena lo reafirma: aunque en el mantenimiento ayudan los obreros que pertenecen a Comunales –por ejemplo, chapean las áreas verdes–, “restaurar demanda esfuerzo físico, en las esculturas altas necesitábamos subir escaleras y nosotras ya tenemos algunos años”.

Junto a la museóloga Odalys Maceiras Díaz investigaron sobre los numerosos monumentos, las personalidades enterradas allí, la significación de las cruces, símbolos y figuras sembradas en la hierba o que rigen las tumbas. Manifiestan no ser creyentes, pero les gustaba recorrer la sección D porque allí se alza una hermosa estatua de la Virgen Milagrosa, y llegarse hasta la C donde vemos una Virgen de la Caridad esculpida en piedra.

Otro motivo de agrado es contemplar la imagen de Santa Teresa hecha de mármol de Carrara, bien limpia siempre porque las personas devotas –en especial mujeres que no pueden tener hijos– la cuidan, le hacen promesas y colocan flores.

Luces del patrimonio

Recorriendo el Cementerio Tomás Acea se puede trazar el arco de la memoria cienfueguera, conocer sobre la urbe desde su génesis hasta acontecimientos recientes. La lista de ilustres sepultados en el curioso vergel, u homenajeados con monumentos, sorprende. En la avenida principal, apenas se deja atrás el frontón, topamos con el mausoleo del fundador de la villa, Luis De Clouet. Al lado, los dedicados a Osvaldo Dorticós Torrado, quien fuera presidente de Cuba, y al destacado militante comunista y relevante intelectual Carlos Rafael Rodríguez.

Un poco más allá la calle principal se bifurca cerca del obelisco erigido a los mártires del levantamiento popular contra la tiranía de Batista (5 de septiembre de 1957), concebido por los arquitectos Daniel Taboada y Enrique Capablanca, junto con el escultor Evelio Lecour.

Encontramos el cenotafio –construcción funeraria conmemorativa, sin restos– de la actriz cienfueguera Luisa Martínez Casado, enterrada en el Cementerio de Reina; y el memorial a los combatientes de Playa Girón, realizado por arquitectos de la Oficina del Conservador e inaugurado el 19 de abril de 2011, por el aniversario 50 de la batalla.

Todos los gremios y sindicatos de la ciudad conservan y cuidan sus panteones: los hay consagrados a los trabajadores eléctricos, al Colegio Médico, a los educadores, a logias masónicas y a músicos.

Promoviendo el cuidado del patrimonio.

Mediante círculos de interés, especialistas de la Oficina del Conservador promueven el cuidado del patrimonio. (Foto: Cortesía del Grupo Cementerios).

Otra museóloga, Carmen Rosa Pérez Ortiz, nos habla acerca de los círculos de interés organizados por la Oficina del Conservador en las escuelas primarias, para cambiar la visión de los infantes sobre lo que es un cementerio, y enseñarlos a valorar su historia. “Cuando los he traído aquí, o llevado al de Reina, ningún padre lo ha prohibido. Los niños me preguntan, por ejemplo, si los fantasmas existen”. Antes de llevarlos les explica cuáles son los camposantos más importantes de la Isla, y la simbología asociada a ellos, por eso luego no se sienten tan cohibidos.

De regreso a la verja de entrada, interviene nuevamente Hilda María Mola Trujillo: “Ofrecemos visitas dirigidas y ya requieren ese servicio grupos de trabajadores y algunas agencias de viaje. Desde 2015 las dos necrópolis de la ciudad forman parte de la Red Iberoamericana de Cementerios Patrimoniales. En Cuba la integran, además, el Cristóbal Colón, en La Habana, y el Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba.

“Esa inclusión es muy beneficiosa; ha permitido ampliar investigaciones en torno a personalidades y familias que forman parte del núcleo fundacional de la entonces Colonia Fernandina. También establecer vínculos con cementerios de otros países”.

Aunque no nos animamos a probar la veracidad de afirmaciones como “los tamarindos más dulces de la zona crecen aquí, y los mangos y aguacates son deliciosos”, nos convencimos de que entrar al Cementerio Tomás Acea no siempre es un viaje hacia la noche, sino un encuentro con otras facetas del pasado y de la creatividad humana.

 

 


Tania Chappi

 
Tania Chappi