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Publicado el 31 Mayo, 2016 por Jose Dos Santos en Nacionales
 
 

Alfabetización: Comienza la batalla

Brigadas Conrado Benítez.

Brigadistas prestos a protagonizar la hazaña (Foto: archivo de Bohemia).

Texto y fotos JOSÉ DOS SANTOS

Abril, de hace 55 años, nos encontró a los Jóvenes Rebeldes del Instituto Edison, en el barrio habanero de la Víbora, haciendo guardias nocturnas porque se sentía que estaba al llegar una agresión, y nos movilizamos para resguardar nuestros centros, nuestra Revolución. El curso escolar terminaba temprano, para ajustarse a la convocatoria de ir a alfabetizar, y de las noches de vigilia los varones pasamos al Campamento Granma, en Varadero –las niñas fueron a Kawama–, donde conoceríamos el uso de la Cartilla y el Manual, nos adiestraríamos en el encendido del farol chino y comenzaríamos a percatarnos de a qué nos enfrentaríamos después, en mi caso, las montañas del Escambray.

Acababa de lograrse la victoria sobre la agresión mercenaria orquestada por Estados Unidos, y la avanzada de la Brigada Piloto Conrado Benítez había vencido una prueba de fuego real en Playa Girón. Lejos de desánimo por el peligro, el episodio nos ratificó la voluntad de servir.

Con el orgullo de pertenecer a ese grupo en formación, fui de los que aquel 5 de mayo pasamos de las aulas al esfuerzo por la educación masiva de nuestro pueblo, con mucho más entusiasmo y fervor revolucionario que conciencia en la trascendencia del hecho.

Enfrentábamos un desafío inédito “de creación, de educación y de paz”, como lo calificara Fidel en su discurso a las madres de las jóvenes campesinas que se encontraban estudiando en La Habana, el 14 de mayo de ese año.

Cuánta razón tendría el Comandante en Jefe cuando ese mismo día, pero más temprano, nos decía en Varadero: “van a aprender mucho más de lo que van a enseñar”.

En la virtual despedida hacia nuestra inédita misión, Fidel nos dijo aquel Día de las Madres en el anfiteatro de Varadero que, a diferencia de los milicianos que derrotaron la invasión en menos de 72 horas, formábamos parte de otro ejército que “tiene que librar una batalla más larga… y más difícil”. Combatir el analfabetismo, aseguraba, “requiere más constancia y esfuerzo” y advertía que “una batalla como ésta… no se ha librado nunca en ninguna parte del mundo”.

Parte del grupo de Dos Santos, en Varadero.

Mi grupo de la brigada Conrado Benítez.

El orgullo por ser parte del proceso alfabetizador, que recién comenzaba a generalizarse, se reforzaba con la valoración de que pocas veces “ningún pueblo ha puesto en su juventud la confianza y esperanza que nuestro pueblo ha puesto en la suya”. Fidel nos aseguraba –y una vez más tendría razón- que los campesinos nos enseñarían, porque la gran mayoría éramos citadinos, lo que ellos “aprendieron en la vida dura que han llevado hasta hoy”.

Muchos años después, en mi libro Episodios para el relevo (Editorial Pueblo y Educación), le daba la razón cuando escribí: “Por cada letra enseñada, cada diptongo o conjugación, en los meses que nos esperaban hubo siempre más de un aprendizaje, a veces doloroso, pero siempre gratificante, que nos convertía en revolucionarios más conscientes de lo que hacíamos”.

Las experiencias de los trabajos voluntarios agrícolas semanales solo habían sido una especie de aperitivo del plato fuerte que sería vivir, enseñar y trabajar en los campos. Las anticipaciones del líder de la Revolución sobrepasaban lo conocido por su auditorio. Más tarde, le recordaríamos en los amaneceres fríos y oscuros de las lomas, en mi caso inicialmente en las márgenes de río Negro, que más tarde daría paso al lago Hanabanilla. Cuando me “tiraba” de la hamaca con más autodisciplina que deseo y me empinaba el jarro de aluminio con café claro para calentar las tripas, repicaba en mis oídos su orientación: “los que estén en las montañas, cuando llegue la hora de la cosecha, ayuden a los campesinos a recoger café… (ya que) sobre todo tienen que enseñar… con su ejemplo… tienen que sudar la camisa … y ayudarles”.

Sus consejos, con la vista puesta en las transformaciones socio-culturales que nacerían de aquel empeño masivo, y su confianza en las nuevas generaciones, fueron elementos decisivos para que de aquel anfiteatro del balneario más famoso de Cuba saliera una ola entusiasta de brigadistas. Con la llovizna confundiéndose con las lágrimas maternas de despedida –porque muchas de nuestras madres pasaban el día allí con nosotros- regresamos a los lugares donde nos albergábamos. Al día siguiente, luego del “de pie” habitual a las seis de la mañana, limpiamos el apartamento que nos acogía, recibimos uniforme y mochila y en la tarde salimos –en nuestro caso- hacia Santa Clara, la siguiente etapa de la aventura.

Nos sumábamos al torrente que seguiría creciendo más allá de los Conrado Benítez –que incluyó en fase posterior a trabajadores de una denominada Brigada Patria o Muerte- convencidos de que nuestro empeño tenía una única alternativa: la victoria.

Primeros tiempos

Muchas singularidades podrían hablarse de esa gran aventura educativa, dependiendo de las experiencias dispares. Yo traté de recoger la mía apoyándome en el único diario que he hecho en mi vida, una recomendación que nos dieron desde un inicio y en la que el profesor Deulofeu –aun hoy le recuerdo- insistió porque permitiría a cada uno reconstruir un pasaje crucial de nuestras vidas. A mí me sirvió como virtual guion del ya mencionado libro testimonial, una especie de esqueleto al que le añadí músculos, sangre y piel y del cual ahora extraigo un segmento para rememorar aquellos primeros tiempos, de los que han transcurrido 55 años.

La familia de Dos Santos, con él en el campamento Granma, Varadero.

Visita de la familia en el Campamento Granma, Varadero.

Algo común para la abrumadora mayoría de mis compañeros –qué decir de las muchachitas- fue que por primera vez estábamos libres de la tutela familiar; empezábamos a hacer sin necesidad de mantener informados a los padres, pero también sin la posibilidad de consultarles. Comenzábamos a madurar sin darnos cuenta.

Cada cual seguro tuvo un estreno diferente. En mi caso lo constituyó la iniciativa que asumí, junto a otros tres amigos con los que compartía habitación, de estrenar las pulcras hamacas de lona en la arboleda que rodeaba el lugar donde esperábamos la ubicación final en las montañas. Queríamos empezar a adaptarnos a nuestra inminente vida campesina pero no contábamos con el torrencial aguacero que, pasada la medianoche, hizo parecer papel de periódico el nailon con que nos cubríamos y que nos caló de forma tal que, ya acatarrados e insomnes, decidimos suspender nuestro adiestramiento.

De aquellos días fueron también el primer cigarrillo, conocer lo que entonces eran poblados como Cumanayagua, y enfrentar el subir y bajar lomas, las ampollas en los pies por las botas nuevas, la poca o ninguna comida y, de vez en vez, sentir los disparos que resonaban en la noche, porque aquella era una zona en la que había “bandas de alzados”… Pero eso amerita otro relato…


Jose Dos Santos

 
Jose Dos Santos