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Publicado el 3 Agosto, 2016 por Caridad Carro Bello en Nacionales
 
 

El hombre que ama al marabú

Wilfredo Cardoso sueña con que los muebles de lujo fabricados en su taller despierten el interés de las empresas cubanas
Habrá muebles de marabú, para rato, asegura Wilfredo.

Habrá muebles de marabú, para rato, asegura Wilfredo.

Por CARIDAD CARROBELLO

Fotos: MARTHA VECINO

En el patio de la casa de Wilfredo Cardoso, un bellísimo pavo real soltero abre su cola y bate con energía las plumas, en espera de que una hembra le responda. El dueño dice que tuvo muchos otros, pero les dio diferentes destinos pues levantaban vuelo hasta la mismísima universidad.

La cría de pavos reales ha sido tan solo uno de los raros proyectos de este licenciado en Deporte, y especialista en Medicina Deportiva. Hoy tiene otra idea fija entre ceja y ceja: fabricar muebles de lujo, nada menos que con la Dychrostachys cinerea, o marabú.

El entrevistado expresa que casi la mitad de su vida la ha dedicado a la carpintería; trabajó mobiliarios para hoteles y laboró siete años en la Empresa Forestal camagüeyana.

“El jefe de la Empresa Forestal me dijo un día que ya no podían darme materia prima de ningún tipo, pues estaba penalizado utilizar maderas preciosas. ‘Si quieres, usa el marabú’, respondió, y por un tiempo me sentí ofendido con aquella sugerencia.

“Pero luego me puse a pensar que no era un disparate probar. En Cuba el área afectada con la presencia de esta planta leñosa ronda la cifra de 1.5 millones de hectáreas (ha); la provincia de Camagüey es la más perjudicada, con 0.5 millones de ha, las cuales se distribuyen entre los distintos tenedores de tierra (estatales, cooperativistas y pequeños agricultores)”, calculó el empecinado hombre de 46 años de edad.

Wlfredo Cardoso, un carpintero atípico.

Al pie de una montaña de troncos de marabú, Wilfredo Cardoso muestra las bellezas que nacen de la indeseada planta.

“Hice una prueba y vi que era difícil de trabajar; tuve que emplear dos hojas calzadas para aserrar, con dientes de tungsteno. Solo así fue cediendo la madera hasta convertir aquellos bolos redondos de 40 centímetros de diámetro y 1.10 metros de alto, en fuertes listones

cuadrados.

“Entonces me dije: desde hoy soy el mejor amigo que ha tenido esta planta. Y empecé a elaborar mesas, sillas, juegos de sala, sillones, banquetas de bar, entre otros muebles que expuse en ocasión del quinto centenario de la ciudad de Camagüey.

“Tanto les gustó mi iniciativa a las máximas autoridades del gobierno y del Partido en la provincia, que un buen día me anunciaron una visita especial: Esteban Lazo Hernández, en persona, elogió mis muebles y sugirió ir bajándoles los precios para llegar más a la población. Antes de irse, recomendó ‘apoyen a este muchacho’”.

Mala y buena famas

Cuentan que la señora Monserrat Canalejo de Betancourt, viuda de Gaspar Betancourt Cisneros, el Lugareño, era amante de las plantas exóticas. Sembró el marabú en su finca La Borla, ubicada en las afueras de la ciudad. Un hacendado del municipio de Sibanicú logró tener la semilla pero en menos de tres años su hacienda junto a las vecinas, quebraron por la expansión de la invasora vegetal.

Escritos de la época también registran como responsable de esta infestación al decano de los botánicos, el doctor José Blaín, pues al plantar a la espinosa en su jardín herbario, en la zona de Taco Taco, en Pinar del Río, se propagó con rapidez. Los tratados botánicos señalan que emprendió su dispersión a partir de 1868.

Una tercera hipótesis, destacada por el eminente Juan Tomás Roig, posee mayor credibilidad: el máximo introductor fue el ganado importado después de la Guerra de los Diez Años. Desde el sur de América, donde ya existía la plaga del arbusto, se trajeron a Cuba lotes de vacunos con semillas en su sistema digestivo y, al parecer, no fueron sometidos a cuarentena.

Estas odiadas matas germinaron en 1915 cerca de los puertos donde desembarcaban los animales y en los caminos por donde transitaron. Para finales del siglo XIX y principios del XX ya se hablaba de pérdidas económicas debido a la elevada proliferación.

El torneado, lijado, barnizado, y la armazón de sillas y butacas, se hacen difíciles con este tipo de madera tan dura.

El torneado, lijado, barnizado, y la armazón de sillas y butacas, se hacen difíciles con este tipo de madera tan dura.

La leñosa puede formar bosques densos, impenetrables, en los potreros y terrenos de cultivo sin utilización, de ahí su mala fama. Pero también tiene bondades: la conservación de los suelos en aquellos lugares donde permanece durante largo tiempo; se ha empleado como fuente de energía renovable y el carbón elaborado con ella se exporta hacia Europa, con gran aceptación.

Durante muchos años contra el marabú se han empleado desde el corte manual, máquinas o implementos que producen diversas afectaciones al suelo, hasta la aplicación de sustancias químicas como el Potrerón.

Rafael Leyva y Enrique Calzadilla, ambos profesores de la Universidad de Camagüey, han conseguido crear una máquina cosechadora que corta los tallos de hasta 90 milímetros de diámetro y los convierte en astillas depositadas en contenedores para su aprovechamiento energético.

Pero pocos cubanos se han atrevido a darle un destino tan inusual como el de fabricar muebles. Sin dudas es una madera dura, resistente a las plagas y al paso del tiempo.

No le entra el comején

“Este mueble es eterno”, asegura Wilfredo y añade que entre las materias primas forestales empleadas a lo largo de su vida, el marabú ha sido la más noble, pues no requiere permiso para talarlo.

Sin embargo no todo va sobre ruedas. A pesar de la valiosa oferta que desde hace tres años realiza este atípico carpintero, ha tropezado con que las empresas cubanas aún no se deciden a contratar compras a los cuentapropistas como él, a pesar de que el nuevo modelo socioeconómico admite las relaciones entre las diferentes formas de gestión.

“No tenemos aparato jurídico ni económico que nos represente en los trámites contractuales, por ejemplo con el turismo. Y pienso en lo mucho que estas instituciones gastan para adquirir mobiliario por otras vías, cuando el que yo fabrico tiene calidad y es sustentable a lo largo de mucho tiempo, pues marabú hay de sobra en el país”.

“Deben acabar de dar el paso”, opina. También sugiere establecer el deseado mercado mayorista, que por ejemplo le permita adquirir la esponja, telas de tapicería, puntillas y barnices más baratos. “Solo así podré seguir bajando los precios”, afirma.

A pesar de los inconvenientes, este camagüeyano no ceja en sus empeños. “El cubano es la persona más tenaz del mundo”, asegura, y para demostrarlo junto a uno de los trabajadores contratados, comienza a aserrar la resistente madera que nunca antes había sido soñada como un bello mueble.


Caridad Carro Bello

 
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