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Publicado el 9 Agosto, 2016 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

Vocación unitaria

vocacion-unitariaSe cuenta que en una reunión relajada entre amigos y sazonada de buen humor se intercambiaba acerca de cómo cada quien desearía que se le recordase. Intentaban dibujar una suerte de autorretrato, enmarcado en alguna frase lapidaria. Cuando ya solo faltaba uno, que se había dedicado a escuchar atentamente a los demás, alguien lo invitó en tono afectuoso: Y tú, Fidel, ¿cómo desearías ser recordado? La respuesta –dicen- vino rápida y categórica: un revolucionario consagrado a unir a los revolucionarios.

Esta puede ser solo una más entre las anécdotas que el imaginario popular recrea en torno a los personajes extraordinarios. Lo cierto es que la trayectoria del líder de la Revolución Cubana evidencia una profunda y sostenida vocación unitaria. Quizá, a partir de que, desde la formación de su ideario, logró penetrar en las esencias del pensamiento martiano. Fue a Martí, y vino desde él, y con él, hasta ahora.

Nada de retórica hubo en su alegato, ante el juicio que devino parteaguas en nuestra breve historia republicana. Allí, el joven jefe rebelde le atribuyó al apóstol de la gesta inconclusa, la autoría intelectual del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, para poner en pie de lucha contra el despotismo cuartelario al pueblo heredero de las gloriosas tradiciones mambisas.

Sus dotes privilegiadas de inteligencia, intuición, capacidad de ver en profundidad, y más lejos, le permitieron advertir también en el legado de nuestros fundadores, que los mayores infortunios le dolieron a la Patria por divisiones entre grupos y hombres. De ahí que desde su quehacer político juvenil y hasta sus múltiples desempeños ya como líder de inmensa autoridad moral en esa gran Patria que es la Humanidad, se haya consagrado a forjar la unidad más amplia y posible.
Fue así que logró hacerse acompañar por combatientes de los más diversos orígenes sociales, ocupaciones, edades, colores de piel, credos y experiencias políticas, para fraguar ese arquetipo de vanguardia unitaria y heroica que fue la Generación del Centenario.

Antes, tras el golpe batistiano del 10 de marzo, quiso formar parte de cualquier intento serio de enfrentarlo; pero no hubo tales intenciones en personeros apegados a vicios de la politiquería. Después, durante la lucha ineludible –como la guerra necesaria de Martí–, abrió los brazos a cuanta fuerza sana estuviese dispuesta a incorporarse.

Como Comandante en Jefe del Ejército Rebelde y el Movimiento 26 de Julio, logró unir a veteranos y pinos nuevos de la Sierra y el Llano. Hizo causa común con la limpia beligerancia de la FEU y su Directorio Revolucionario, protagonista del 13 de Marzo. También fue solidario con otras fuerzas que aportaron mártires. Y dio el fraterno abrazo al clandestino y perseguido partido de los comunistas, cuando este se integró a la única alternativa viable de combatir con las armas.

Pero no fue menor su esfuerzo unitario después del triunfo. Pese al tesón de los gobiernos yanquis para movilizar el revanchismo de los derrotados y siquitrillados, e incluso articular divisiones y conspiraciones dentro de las propias fuerzas revolucionarias, se impuso el prestigio y capacidad aglutinadora de Fidel. Bajo su inspiración, se unieron las organizaciones revolucionarias insurreccionales en sucesivas estructuras hasta la creación de nuestro PCC. Procesos similares se alentaron en el movimiento obrero, juvenil, estudiantil, femenino, intelectuales y artistas, de los pequeños agricultores, y en la creación de los Comités de Defensa de la Revolución. Se desarrollaron nuestras poderosas FAR, bajo la dirección de Raúl, y los órganos de Seguridad del Estado.

Mucho tuvo que emplear su talento y ejemplar dedicación para superar aviesas zancadillas a la voluntad unitaria del pueblo, y ayudarlo a crecerse una y otra vez. Para derrotar traiciones, la invasión mercenaria, en la Crisis de Octubre, liquidar las bandas contrarrevolucionarias,  imponerse  a  las  adversidades, cumplir honrosas misiones internacionalistas, rectificar errores y tendencias negativas, sobreponerse al derrumbe del campo socialista, y salvar las conquistas irrenunciables de la Revolución en los más duros años del período especial.

Tampoco podría escribirse la historia de América Latina, el Caribe, África y Asia, en estas últimas ya casi seis décadas, sin registrar en innumerables hechos decisivos la impronta unitaria de Fidel. Desde la Tricontinental, la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad), el Movimiento de Países No Alineados, la independencia y liberación de pueblos hermanos y la derrota del oprobioso apartheid, hasta el apoyo incondicional a la revolución bolivariana, la creación del ALBA y las bases unitarias dentro de la diversidad que propiciaron concertar la Celac.

Unidad  fundamentada  siempre  en  principios y objetivos alumbrados por su definitorio concepto  de  Revolución.  Tal  vez  nada resumiría mejor a  actualidad de ese  legado  unitario, que la  formulación, de una primera idea y propósito plasmados en la Resolución del VII Congreso, que orienta  la  ulterior  labor  del  Partido a “potenciar las acciones que contribuyan al objetivo estratégico de preservar y fortalecer  la  unidad  patriótica  y  moral  del pueblo en torno a la Revolución y al Partido, profundizando en el legado martiano,  el  pensamiento  de  Fidel,  el  Marxismo  Leninismo, el perfeccionamiento de la enseñanza y divulgación de la historia, y la preservación  de  las  tradiciones  culturales e históricas, que nos definen como nación”.

 


Redacción Digital

 
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