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Publicado el 19 Septiembre, 2016 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

Editorial: Repensando el barrio

La capacidad de los Comités de aunar voluntades, en el barrio y desde el barrio, posibilitó hasta hoy la epopeya de todo un pueblo –este, el nuestro– para proteger el ideal y la obra revolucionaria ante muchos peligros potenciales y reales
(guayacandecuba.blogspot.com)

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La comunidad, como la familia y la escuela, es donde primero se aprende a convivir y donde se echan, comúnmente, las primeras y más hondas raíces; donde cada uno comienza a adquirir sus valores esenciales y a formar su particular visión de la realidad.

También es, como regla, el primer lugar respecto al cual se experimenta sentido de pertenencia, y donde el individuo, la persona, puede reconocerse parte de una colectividad capaz de trabajar por objetivos comunes, en beneficio de todos, siempre que existan las condiciones y vínculos para ello.

La comunidad, por tanto, es espejo de aspiraciones y vacíos de la sociedad en su conjunto; escenario en que se hacen más visibles y palpables sus problemas, tanto como sus aciertos. Una sociedad como la nuestra, que aspira a ser próspera más allá de lo material, debe prestar especial atención a la comunidad, al barrio; a su crecimiento físico, tanto como espiritual y humano.

En Cuba –geográfica y culturalmente hablando–, donde la familia tiene una posición preponderante, la comunidad es como una extensión del hogar en la que no siempre las normas de convivencia armónica –indispensable en la prosperidad y el desarrollo humano– son atendidas y respetadas.

Ese vivir hacia afuera, transgrediendo límites hasta desembocar con frecuencia en la indisciplina social, no puede mutilar definitivamente la atención al civismo que desde edades tempranas debemos cultivar, no solo en la escuela, sino también en la casa, la familia; la cuadra, el barrio, la comunidad.

El respeto al espacio y al derecho ajenos, de todos y cada uno, por ejemplo, son parte necesaria de esa convivencia, de ese devenir armonioso de la vida en sociedad que deseamos y merecemos, e implican el ejercicio constante del diálogo, y de la comprensión, por los cuales se transita hacia un valor fundamental como la solidaridad.

En tales bases –además de la inicial de defender la Revolución, plenamente vigente– se fundan los CDR, nuestra organización de masa más numerosa e incluyente, surgida hace ahora 56 años.

La capacidad de los Comités de aunar voluntades, en el barrio y desde el barrio, posibilitó hasta hoy la epopeya de todo un pueblo –este, el nuestro– para proteger el ideal y la obra revolucionaria ante muchos peligros potenciales y reales; ante enemigos internos y externos; agresiones directas, tangibles, y en el plano simbólico, y resultó decisiva para conectar a ese mismo pueblo con el proceso de cambios trascendentales iniciados en 1959.

Hoy son varios los retos que afronta la organización vecinal, en un panorama interno y externo sustancialmente distinto, que requiere, como dijera Fidel, “cambiar todo lo que debe ser cambiado”, lo que en el caso de los CDR significa fortalecer en sus integrantes el sentido de comunidad y contribuir a una integración más funcional de las capacidades de los distintos actores que en aquella conviven.

Problemas como pérdida de valores –civismo incluido–; resistencia al reconocimiento de diferencias propias en una heterogeneidad o diversidad creciente; individualismos, apatías y mercantilización de relaciones sociales, presentes hoy entre nosotros, son consecuencia en parte del debilitamiento de ese tejido, de esos ejes propulsores de la vida en comunidad, que precisan ser rectificados.

La comunidad no es solo el hábitat común de recuerdos y nostalgias. También puede, debe ser –siempre que nos decidamos a conseguir que lo sea–, el primer escenario desde donde impulsar ese desarrollo humano, la prosperidad individual y colectiva, sin materialismos vulgares, ni egoísmos: desde la solidaridad.

La gestión de proyectos para mejorar condiciones de vida; el fortalecimiento de redes asistenciales para atender desafíos como el envejecimiento poblacional, la búsqueda de autosustentabilidad económica a escala local, son demandas y potencialidades que no siempre son vistas, o consideradas, desde la perspectiva de la comunidad, cuando se proyecta el desarrollo.

Cuba actualiza su modelo económico y social, lo cual implica resolver problemas viejos y nuevos, en condiciones muy complejas y sin renunciar, al mismo tiempo, a los principios del socialismo, el ideario martiano y la doctrina marxista leninista, que cimentan la Revolución.

Esa actualización también demanda repensar la comunidad donde vivimos –y nuestro lugar y papel en esta–; hacer, cada uno, su ápice para convertirla en exponente fiel de todo lo bueno, valedero, que a nivel individual y social hemos logrado. Como dice el canto que por estas fechas siempre se escucha: “En cada barrio Revolución”.


Redacción Digital

 
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