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Publicado el 28 Noviembre, 2016 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

Cuando se muere en brazos de la patria agradecida

Ya no sé si por el sueño, el cansancio o la noticia, lo cierto es que la sensación de confusión, de estar aún en aquel pestañazo, de melancolía, de cosas tan raras que resultan difíciles de describir, parece que durarán más que una noche, un fin de semana, nueve días, o tal vez, toda una vida y más
Fidel con niños y jóvenes.

Fidel siempre experimentó un amor infinito por los niños y los jóvenes.

Por CLAUDIA MARTÍNEZ CAMARERO

 Un fin de semana de abrumadora calma amenazaba con llegar. Era viernes-25 de noviembre- y la carga de toda una semana de trabajo parecía caerme encima, sentada en un sillón, intentando mantener los ojos abiertos para terminar de ver la película que la televisión cubana proponía.

Un pestañazo, evidentemente más largo de lo que me parecía fue interrumpido por mi madre quien decía ¡Claudia despierta, se murió Fidel!, ¿Qué Fidel?, pregunté atontada, ¡Fidel Castro!

Ya no sé si por el sueño, el cansancio o la noticia, lo cierto es que la sensación de confusión, de estar aún en aquel pestañazo, de melancolía, de cosas tan raras que resultan difíciles de describir, parece que durarán más que una noche, un fin de semana, nueve días, o tal vez, toda una vida y más.

Y es que no se trata de un hombre cualquiera, incluso, no creo que la palabra muerte sea adecuada en este caso. Fidel fue más, fue un pueblo, una nación, un continente, una ideología, algo imperecedero. Fue cambio, justicia, libertad, unión y esperanza.

Cada rincón de este pequeño país, que él hizo grande, lo estará recordando siempre. Y es que no faltó un cachito de Isla en el que no se hicieran presentes las grandes botas y el uniforme verde olivo.

Su carisma, capacidad de liderazgo, y deseos de cambiar todo lo que tuviese que ser cambiado, lo hicieron trascender las fronteras del tiempo y el espacio y convertirse en referente mundial, en ícono de la lucha por la igualdad, la soberanía de los pueblos y la solidaridad.

Hablar de los logros de nuestro país gracias a su infatigable labor sería imposible. Los cubanos sabemos nuestra historia. Conocemos perfectamente lo que fuimos antes de 1959 y lo que somos hoy, en 2016. Imposible resultaría para muchos pensar que esta pequeña tierra sea pionera en pilares de salud, educación, desarrollo científico, artístico; los cubanos sabemos a quién agradecer.

Por supuesto que habrá quienes solo vean las manchas, pero otro grande de nuestra historia ya nos enseñó quienes son. Nosotros, los cubanos, orgullosos de nuestra historia, de nuestros líderes, de haber vivido en esta época de transformaciones y de lucha por un futuro mejor estamos y estaremos eternamente agradecidos.

Ya la historia hace mucho tiempo lo absolvió. Él, su ejemplo y su obra perdurarán por siempre. Ahora solo nos resta a los demás habitantes de este país, sobre todo a las jóvenes generaciones, continuar su legado y ser dignos herederos de ese grande que fue, es y será el eterno Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz.


Redacción Digital

 
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