2
Publicado el 27 Noviembre, 2016 por Marta Sojo en Nacionales
 
 

EL FIDEL QUE MIS OJOS VIERON

Un hombre de una talla incalculable

Nació para deslumbrar, para ser admirado y querido por su pueblo

 

fidel-upecPor MARTA G. SOJO

Recordar a Fidel no es difícil en la vida de personas de mi generación. Aquellos que en 1959 éramos infantes, mas empinados o en los preludios de la adolescencia. El nos marcó porque recibimos de sus discursos conocimientos vedados por las clases dominantes de entonces, porque favorecían a los menos protegidos. Nos permitió poder encontrarnos con un futuro más digno para el ser humano.Aprendimos que existían otras perspectivas más allá del cerrado mundo de ideas que nos habían estado transmitiendo hasta ese instante los gobiernos precedentes.

Nunca pensé que llegaría a subir la escalinata universitaria y mucho menos sentarme en sus aulas para hacerme de una carrera como la de periodista, los bolsillos de mis padres no estaban tan llenos como para permitirme ese lujo. Uno de los tantos agradecimientos que le debo a este líder de Cuba.

Precisamente, en mi etapa de universitaria, Fidel era un asiduo visitante de los predios de la Casa de altos estudios. Eran los años 67, en adelante. Sin aviso previo, entraban los tres jeeps verde olivo a la Plaza Cadenas, para aparcarse frente a la rectoría. La escuela de periodismo en ese entonces era un poco nómada, por no tener un local fijo. Eso en vez de restarnos nos favoreció, por estar las aulas en la escuela de Ciencias Políticas, muy cercana a las oficinas del rector.

En cuanto llegaba el Comandante, desde nuestras ventanas lo divisábamos y salíamos prontamente a saludarlo y se entablaba la conversación, casi siempre estábamos en primera línea.

Una vez una de nuestras compañeras, le empezó a preguntar sobre la prensa y sus complejidades y los límites del decir periodístico. El le dio una primera respuesta, pero a los pocos minutos, inconforme con su explicación, le dijo que se acercara, la invitó a sentarse en el capó de uno de los jeeps y ahí hilvanó una amplia explicación del tema.

Pero esta no fue la única ocasión que tuve esa oportunidad de hallarme en el momento y lugar exacto para poder apreciar su locuacidad y lo penetrante de su pensamiento, muy vasto y abarcador.

Fue en uno de los Congresos de la UPEC, en la década del 70. Terminadas las sesiones y clausurado el evento, donde Fidel participó, ya se iba y los participantes estábamos en el área donde se celebraría una cena, cuando un periodista le grita “Fidel, quiere tomar algo con nosotros”. De inmediato gira y se acerca al grupo, y quedé exactamente frente por frente. Allí se inició una amena charla que trató asuntos económicos nacionales, en lo fundamental y también del ámbito periodístico.

Esta manera de proyectarse de un dignatario, acercarse a los ciudadanos y entablar una diálogo sin importar rango ni escolaridad fue una de sus virtudes. Qué ciudadano común en cualquier lugar del mundo puede entablar una plática con un dirigente de esa talla en su nación?. Qué estudiante universitario puede intercambiar cara a cara criterios con el presidente de su país, como si este fuese uno más de los alumnos del plantel? Esa no es una práctica habitual en ninguna parte del planeta ni entonces, ni tampoco en el presente.

Rememorar aquellos momentos a esta altura y en instantes en que ya físicamente no nos acompañará, embarga la tristeza, pero al unísono, nos conforta lo aprendido de su persona y sus conocimientos. El abrirnos las puertas a que efectivamente existen pensamientos más altruistas.

Pero tal vez, esta última anécdota nos da la dimensión de la marca que dejó en este pueblo y que nos hace sentir orgullosos. Una vez en una recepción a la que asistí, me comentaba un embajador de un país caribeño de habla hispana, quien hizo la salvedad y recalcó puntillosamente que no coincidía con las ideas comunistas, pero reconocía que Fidel Castro había permitido con sus posiciones, darle a los pueblos de América Latina la dignidad, y la palabra en los foros a escala universal, que fuéramos escuchados, algo que hasta que él llegó a la presidencia cubana, no había sido posible, eran totalmente ignorados.

Uniendo historias podemos llegar a la conclusión de que esas enseñanzas que tantas generaciones hemos aprendido de nuestro Comandante en Jefe, de la valentía y principios que nos traspasó y de la dignidad que hoy nos preciamos de ostentar, merece que no se marchiten, que continuemos la lucha que la retransmitamos a las generaciones que nos van siguiendo y que nunca dejemos apagar la llama que encendió en la lucha revolucionaria.

En lo que a mi respecta, el Fidel que albergaré en mis recuerdos será el hombre sencillo que llegaba a todos los sectores de la sociedad, que nos dio los instrumentos de la ilustración sin costo adicional, el que nos hizo dignos ante el mundo y logró que se extendiera hasta nuestros hermanos latinoamericanos.

Hemos sido un pueblo afortunado, por tener a Fidel, por tener a Martí.


Marta Sojo

 
Marta Sojo