1
Publicado el 5 Diciembre, 2016 por Jose Dos Santos en Nacionales
 
 

CAMPAÑA DE ALFABETIZACIÓN

Una forja para siempre

Fidel advirtió, casi al inicio, que no solo se ayudaría a enseñar a leer y escribir a más de un millón de cubanos, sino que el empeño haría “más revolucionarios y mejores ciudadanos a cien mil jóvenes de las ciudades”
4.Junto a niños de la segunda casa, en Charco Azul, a quienes también di clases.

Junto a niños de la segunda casa, en Charco Azul, a quienes también di clases.

Por JOSÉ DOS SANTOS L.

Foto: Archivo del autor

El romanticismo de acometer una misión inédita correspondía a los momentos en que la rebelión triunfante pasaba a ser Revolución. Era la gran posibilidad de que los bisoños aprendices asumiéramos compromisos mayores, que viéramos la vida con la crudeza de los campos, sus trabajos, penurias e ignorancia y la falta de esperanzas en que vivió una gran mayoría de cubanos, pobres y analfabetos hasta el entonces cercano 1959.

Las movilizaciones estudiantiles –agrícolas, políticas y militares– solo eran una especie de preparación física e ideológica para aquella gran masa sumada a esa aventura mayor, fuera de nuestros hogares por un prolongado período. La Asociación de Jóvenes Rebeldes, a la que pertenecíamos muchos en la escuela, fue la que convocó, pero el empeño estaba organizado centralmente por una Comisión Nacional integrada por adultos, sobre todo profesores.

En aquellos momentos comencé a percibir la decantación que producían los nuevos tiempos porque, con mucho esfuerzo, mis padres habían sufragado mi educación en una escuela privada en la que primaban “hijos e hijas de papá”, ahora afectados por las decisiones de beneficio popular que les eran ajenas. Formé parte, entonces, de una minoría en mi entorno inmediato que se convertiría en arrolladora mayoría en la calle.

Entre ellos, no obstante, hubo quienes se sumaron, incluso desafiando lazos y entornos íntimos, y así permanecieron (y permanecen) junto al principal protagonista de esta y otras gestas patrióticas: el pueblo. Aunque la misión era dura, 20 de los 57 brigadistas que salimos juntos a alfabetizar regresamos sonrientes a La Habana a finales de aquel diciembre.

Lo singular, en el caso nuestro, muchachos y muchachas del Instituto Edison, de La Víbora, es que fuimos liderados por un subdirector y codueño del centro, Luciano Rodríguez, quien vivió la experiencia de sumarse a lo que socialmente nacía, junto con algunos de sus hermanos, mientras otros se marchaban, al ser nacionalizada la enseñanza, y fundaban una escuela con ese nombre, en Miami. En el ejemplo de ese maestro, de ese pedagogo –llegó a ser director de un politécnico en Centro Habana– se refleja el altruismo, la sensibilidad humana y el repudio a las desigualdades que hicieron, a otros como él, desprenderse de lazos de clase y abrazar la causa revolucionaria. Estas líneas son un homenaje a ellos y a otros profesionales que ayudaron a parir lo nuevo y se olvidaron de don dinero.

Piso de tierra y techo de yaguas

Sería exagerado afirmar que esa era la imagen absoluta de las casas de los campos a los que llegamos los alfabetizadores en aquel 1961. Pero abundaban más de lo que querían mostrar las postales costumbristas. La revista BOHEMIA de por entonces publicaba esa realidad.

Me ayuda a documentar esa visión un par de planillas-encuestas que conservo del Ministerio de Salud Pública, Dirección de Docencia y Divulgación Carlos J. Finlay, en las cuales reflejé las condiciones de las dos casas en las que viví durante mi estancia en El Escambray. Se notan diferencias entre ambas, pero la primera fue la que, por tres meses, acogió mi novata ansiedad por un entorno bien diferente al habitual.

Estaba ubicada en río Negro, barrio Guaniquical, municipio de Trinidad, en la provincia de Sancti Spíritus, en un rellano de una elevación desde la que se dominaba el valle. Entonces resumí que en un bohío de tres piezas vivían 15 personas, con solo una cama, el resto dormía en hamacas. Once de sus habitantes pernoctaban en un “dormitorio” (sala y cocina-comedor, completaban el espacio) con piso de tierra, paredes de tabla y techo de guano, sin pozo de agua y ni pensar en acueducto. Había que ir a un arroyito al fondo de una empinada cañada a cargar agua. Se cocinaba con leña (lo que ahumaba la magra dieta de boniato y arroz). Allí no existía ninguna variante de lo que se preguntaba en el acápite de la encuesta, Eliminación de Heces Fecales; y daba por resultado que las condiciones higiénico-sanitarias fueran pésimas.

En la otra, en la finca Las Vegas, barrio Aguacate, de la propia Trinidad, la casa principal contaba con una casita-dormitorio-almacén donde colgábamos las hamacas todas las noches tres jóvenes solteros de la familia y yo. Allí permanecí desde julio a diciembre. El resto de la vivienda, con 5 espacios, cobijaba también a numerosas personas. El piso de tierra y paredes de tabla era coronado con un techo de tejas, lo que reflejaba una mejor situación económica. También lo era el contar con letrina –aunque solo la utilizaban las mujeres y no siempre–, y que el dueño haya tenido un yipi, aunque le había sido decomisado antes de mi arribo, por su colaboración con los alzados de la región.

Este panorama ayuda a comprender –no solo en las agrestes condiciones de aquellas lomas– los desafíos a los que se enfrentaba el proceso revolucionario para mejorar las condiciones existenciales en aquellos parajes. Las encuestas permitían una mejor evaluación para el desarrollo de un trabajo comunitario ya de por si complejo por la atmósfera política negativa prevaleciente.

Recuerdos y compromiso

Las condiciones someramente descritas no me afectaron tanto como quizás pueda parecer al narrarlas. Sí se mantuvieron (y mantienen) en la memoria como realidad –ni exagerada ni edulcorada– que apreciamos los alfabetizadores. Parecidas o peores que estas, en otras geografías, explican y justifican la necesidad de transformaciones sociales radicales como las emprendidas entonces en Cuba.

En aquel intenso año en el que comenzamos a madurar como hombres y mujeres de la Revolución, aunque todavía fuéramos adolescentes y algunos casi niños, hay vivencias que aún perduran, sin que tengan trascendencias formativas esenciales. Pero siempre nuestras posaderas recordarán el dolor de montar por primera vez un caballo, yegua o mulo (este último fue mi caso), o en las manos se sentirán las ampollas de chapear y labrar campos –si inclinados como el de Las Vegas, peor. Fue el tiempo del primer cigarrillo (de papel de arroz, “rompe pecho”, como se le conocía); de extrañar a las muchachitas alfabetizadoras en la lejana Taguasco; de saborear la raspa de harina con azúcar prieta, los grandes plátanos “cuyás” y la carne de jutía cazada en el monte con ayuda de mi escopeta de pellets y los perros, oportunidad que tuve en la segunda casa.

De mayor connotación, lo que me impulsa a escribir en su aniversario 55, es lo que significó La Campaña para mi generación, más allá del valor de enseñar a los que no sabían leer y escribir. Fue la fragua primaria, fundamental para muchos, que nos colocó de forma más consciente y definitiva en el camino de aspirar siempre a ser útiles a los demás, esencia del socialismo por el que no dejarán de luchar todos los que hoy se emocionen al llamarse BRIGADISTAS.


Jose Dos Santos

 
Jose Dos Santos