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Publicado el 21 Diciembre, 2016 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

EDUCACIÓN

Vivir para enseñar o enseñar para vivir

Sumario: Este 22 de diciembre se celebra el aniversario 55 de la Campaña de Alfabetización y el día del educador en toda Cuba

Por CLAUDIA MARTÍNEZ CAMARERO

Seguramente todos tenemos, más cercano o lejano en el subconsciente, memorias del primer día que llegamos a la escuela. Yo aún recuerdo el llanto de mis amiguitos. Probablemente estuviera muy asustada, pero ya el círculo infantil había agotado mis lágrimas y cumplido su función de adaptarme a la nueva enseñanza.

Las maestras nos dieron los libros que llenaríamos de trazos y garabatos, pero que en aquel momento eran nuestro Don Quijote de la Mancha, o algo así.

Cada uno de mis maestros, desde aquel entonces, ha dejado en mí una huella importante. Puedo recordar sus nombres y hasta sus apellidos, sin temor a olvidar alguno.

El magisterio ha sido una de las profesiones que más he respetado y admirado siempre. Es una labor que sin dudas requiere de mucho amor, pero a la vez de consagración, sacrificio, desvelo, estudio y paciencia.

Mis maestros nunca fueron aquellos que constantemente decían que su grupo era el peor de todos, ellos hacían un guiño y aseguraban ¡Ustedes no son fáciles!, pero seguían adelante esforzándose porque fuéramos los mejores.

Nunca utilizaron como castigo dar más clases o copiar páginas enteras de libros, eran de los que hacían de cada clase un ejercicio constante de interés y motivación. Hablaban, hacían reír y contaban anécdotas.

Recuerdo con cierta nostalgia cómo aquellos profesores de mi preuniversitario, que ni siquiera cantaban bien, hacían en los matutinos dúos con canciones de Silvio, Buena Fe, Ricardo Arjona, cómo nos hacían cantar, reír y olvidar por instantes, los exámenes, la lejanía y hasta las picaduras de mosquitos que eran insoportables a esas horas de la mañana.

Algunos de ellos se quedaban en la escuela los días antes de su prueba para darnos ejercitaciones. Inventaban preguntas opcionales para poder coger cinco puntos más, pues sabían la complejidad de aquellos exámenes e incluso se decía que algunos tenían claves mágicas.

Mis maestros tienen seguramente un poco de todos los maestros cubanos. Han sido personas que aman la profesión de servir, de enseñar, de educar. Frente a situaciones complejas y adversas dieron el paso al frente para brindar sus conocimientos en ciudades, campos, en Cuba, fuera de ella, siendo muy jóvenes o ya adultos y hasta ancianos. Son discípulos de Félix Varela, de José Martí, de Fidel Castro, aman su obra y han sido sus dignos seguidores.

Mis educadores, como tantos otros educadores cubanos aseguran con orgullo que eligieron la mejor profesión que existe, y son de los que afirman sin dudar que no solo viven para enseñar, sino que enseñar es lo que los mantiene vivos de corazón y de espíritu.

Que esta crónica sirva para homenajear a mis profesores y a todos los maestros y maestras de Cuba, quienes a pesar de los contratiempos guardan siempre la pizca necesaria de amor y dulzura para llevar conocimiento a todos los rincones de este país y del mundo entero.


Redacción Digital

 
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