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Publicado el 1 Febrero, 2017 por Irene Izquierdo en Nacionales
 
 

Después del Moncada me volví “loco”

El hombre que compró una buena parte de los uniformes empleados por los asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en la región oriental de Cuba, rememora los preparativos y la odisea de su participación por haber sido miembro del Ejército Batistiano.
Florentino Fernández, moncadista.

Florentino tuvo la responsabilidad de adquirir uniformes, algunasarmas y municiones.

Por IRENE IZQUIERDO

Foto: ARCHIVO DE LA AUTORA

“¿Sabes por qué no me procesaron en la Causa 37?”. Me dijo. justo en el momento cuando llegaba a su casa. Fue una sorpresa, pues contrario a lo que siempre ocurre con los entrevistados, no se preocupó por las preguntas que le haría, sino salo por ese detalle.

Mientras me invitaba a entrar,  comentaba: “Es algo que nunca me preguntan, pero es muy fácil. El hecho de que un militar estuviera involucrado en la acción del Moncada constituía un descrédito para la tiranía, por lo cual prefirieron dejarme fuera. No obstante, me castigaron duro.

Florentino Fernández león fue un enigma para una parte de los asaltantes la noche de la acción, porque quienes lo conocían solo como soldados de las filas del gobierno de Fulgencio Batista no tenían idea de cuánto había hecho junto a los combatientes del Moncada.

-¿Cómo llegó hasta allí?

-Yo era enfermero del hospital militar de Columbia, la fortaleza militar más importante del país. Me vinculé a los asaltantes a través de Pedro Trigo, a quien me unía una relación familiar y una afinidad política muy grande. Cuando surgió la necesidad de adquirir los uniformes para la acción armada que, según decían, estaba organizando el Partido Ortodoxo, me planteó la necesidad y accedí.

-¿Tuvo contacto con Fidel Castro antes del asalto?

-Sí, conocí personalmente a Fidel y a Abel Santamaría, su segundo al mando, aunque siempre existió mucha discreción. Lo había visto con anterioridad, pero el primer contacto fue en mi casa, en la finca El Palmar, entre San Antonio y Alquízar, al sudoeste de la antigua provincia de La Habana.

¿En qué circunstancias se encontraron?

-Yo había comenzado a conseguir los uniformes que le entregaba a Pedro Trigo. Algún tiempo después Fidel mostró interés en conocerme. Fue con Pedro a mi casa,  donde se presentó como Alejandro. Le aclaré que sabía perfectamente que él era Fidel Castro, a lo cual respondió que era mejor mantener la discreción. Habló de planes, de acción futura.

-¿Cuántos uniformes consiguió?

-Nunca los conté, aunque Fidel decía que había conseguido tantos como para vestir a un batallón: no te puedo dar una cifra exacta.  Después el contacto directo era con Melba Hernández Rodríguez del Rey, una de las dos mujeres participantes en la acción, por ese llevaba los uniformes a su apartamento, situado en el tercer piso del edificio marcado con el número 107 de la calle Jovellar, en el centro de la capital.

-¿Cómo accedía a la compra?

-Muy fácil. Dentro del Ejército había elementos que se dedicaban a la compraventa de uniformes y a cualquier tipo de negocios. Era normal que los alistados, quienes recibían esos recursos gratuitamente, los vendieran para aliviar en algo la situación económica de sus hogares. Algunos vendían solo los zapatos y otros, la camisa y el pantalón o el módulo completo.

“Los adquiría con el pretexto de llevarlos para el campo, donde los vendía. Algunos identificados conmigo me regalaban las prendas, pero la mayoría fueron compradas.”

-Se cuentan distintas historias relacionadas con la compra de armas, incluida la portada por Fidel durante el asalto al Moncada. ¿Puede darme detalles al respecto?

-Mi tarea exclusiva era la compra de uniformes; pero la segunda vez que Fidel estuvo en mi casa me preguntó acerca de la posibilidad de adquirir armas. Te puedo contar una anécdota: En cumplimento de esta misión yo estaba en la calle Galiano, una de las más concurridas de la provincia, frente a una armería que se llamaba Antigua Cuchillería, donde vi a un sargento con una pistola Luger en su cartuchera. Le insinué que me la vendiera, pero se negó. Insistí tanto, que lo convencí. ¡Y sin un centavo en el bolsillo!

-¿Por qué lo hizo, si no tenía dinero?

-Porque era un arma preciosa. Una vez convencido, empecé a regatear el precio, y al final le dije: Bueno, chico, me hace falta que vayas conmigo a Marianao –lugar bien distante- a buscar el dinero. Tuve que acudir a un prestamista, pues no podía ir a casa de Melba, ni de compañero alguno.

-¿En cuánto la compró?

-En 60 pesos, una fortuna en aquellos momentos; pero esta no fue la única; compré otras, siempre cortas, nunca fusiles.-

-¿Cómo lo incluyeron en la relación de los asaltantes?

-El 24 de julio de 1953 yo estaba en Calabazar, en casa de Pedro Trigo. Fidel me dijo: Bueno, ya tu misión ha concluido; mantente en el hospital, a la espera de noticias nuestras.  Yo le respondí: ¡Ahora me van a dejar fuera! Luego de analizarlo se acordó que fuera para la casa de Abel por la tarde, pero que antes pasara por la armería y comprara todas las municiones que pudiera.

“En compañía de Trigo y otros dos compañeros llegué a 25 y O, en el Vedado, donde vivía Abel. Fidel me preguntó: ¿Sabes para dónde vamos? ¡Para la tierra que te gusta! Entonces comprendí que el destino era Santiago de Cuba, pero no tenía conciencia clara de lo que pasaría. Me dieron una llave y un papelito con la inscripción siguiente: Celda 8, del lugar donde nos hospedamos el 25 de julio.

“De allí fuimos para la Granjita Siboney, una especie de centro de acuartelamiento. Partimos hacia el Moncada, pero el carro nuestro no entró; fue de los que se desviaron. Cuando comenzó el tiroteo en la parte de afuera de la posta 3, se produjo una gran dispersión y, de pronto, me vi solo.”

-¿Cómo pudo escapar?

-Traté de salir hacia La Habana, pero me detuvieron en Palma Soriano, por no tener el pase encima. Después de descubrir que la acción del Moncada fue llevada a cabo por civiles me soltaron y me incorporé al servicio en el propio cuartel de la localidad.

“El 28 de julio retorné a la capital, donde ya me estaban esperando, pues habían mandado un radiograma, cobrando las raciones que había consumido allá. No valieron pretextos, ni cuentos. Me encerraron el calabozo. ¡Entonces comenzó la odisea! Salieron a relucir los uniformes, una nota con el nombre de Melba Hernández y todo el parque comprado en la armería.

“Me enviaron al Servicio de Inteligencia Militar (SIM); de allí, para La Cabaña, otro cuartel, y de nuevo para el SIM, donde el comandante Próspero Chaumont montó un show, haciendo ver que lo quería matar. Un guardia me había dicho que era una trampa.

Te vamos a soltar, dijo Chaumont, pero antes vamos a probar cómo tiras, y tomó la pistola del buró. Jamás la toqué: me querían aplicar la Ley de Fuga. Tuve que fingir demencia. Simulaba no conocer ni a mis padres. Era una situación muy dura. Mi hija más pequeña había nacido cuando yo estaba en prisión y los deseos de saber de ella y de mi esposa me mataban, pero no preguntaba.

“De este modo me licenciaron por incapacidad física y archivaron la causa. Me entregaron a mis padres para que continuara el tratamiento psiquiátrico en la calle y ellos asumieran mis actos. Así archivaron también la posible mancha de que un militar del ejército de Fulgencio Batista hubiera estado envuelto en las acciones del Moncada y el cuartel Carlos Manuel de Céspedes.”


Irene Izquierdo

 
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