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Publicado el 9 Febrero, 2017 por Luis Toledo Sande en Nacionales
 
 

Religiosidad y convivencia

¿Será necesario habilitar espacios –montes o algo así– donde lo ofrendado no perjudique el entorno urbano ni a quienes lo habitan?

 

 

Texto y fotos: LUIS TOLEDO SANDE

En general se emplean animales, frutas, viandas y otros alimentos. El autor no alcanzó a fotografiar un chivo –¿sería un carnero?– crucificado cerca de avenida de Rancho Boyeros y calle Ayestarán.

En general se emplean animales, frutas, viandas y otros alimentos. El autor no alcanzó a fotografiar un chivo –¿sería un carnero?– crucificado cerca de avenida de Rancho Boyeros y calle Ayestarán.

Aquí no se cuestiona en modo alguno la libertad de cultos y creencias, que incluye la de los llamados “no creyentes”. Se parte, eso sí, de estimar que ni prácticas religiosas ni ateísmo deben afectar las normas o derechos colectivos.

La vasta y maravillosa Habana, escenario de las fotos –nada exhaustivas, y cronológica y espacialmente aleatorias, aunque de los municipios Cerro y Plaza de la Revolución todas–, está muy lejos de ser enteramente una ciudad limpia. Su estado lo agravan carencias de recursos y abundancia de irresponsabilidades, junto a malos hábitos de la ciudadanía.

A estos parecen asociarse ofrendas votivas que se multiplican, y cuya formalidad doctrinaria, o carencia de ella, no se pretende valorar aquí. Muchas, al descomponerse, favorecen la insalubridad ambiental, y todas parecen suscitar respeto o temor paralizante, pues se diría que nadie osa retirarlas del sitio donde se colocan.

2-17-julio-2015Déjense a un lado especulaciones tales, o conjeturar si –de existir según lo aceptado por las creencias respectivas– las divinidades a las cuales se desea rendir tributo estarán satisfechas con todas las cosas que se les dedican, aunque de estas solo considerasen la frecuente falta de belleza. Evádase asimismo reflexionar sobre las razones de la visible proliferación de las creencias, y las maneras como se asumen y aun se ostentan.

Sin rozar otros elementos del tema, pensemos en lo que las ofrendas puedan tener de perjudicial para la higiene y la prestancia de la capital del país, aunque tampoco se ignore lo que sea pertinente decir sobre otras localidades, por lo general más limpias. ¿Será necesario habilitar espacios –montes o algo así– donde lo ofrendado no perjudique el entorno urbano ni a quienes lo habitan? Posibles excesos ateocráticos cometidos se compensan con el justo laicismo, no con tolerancias extremas.

 

 

 


Luis Toledo Sande

 
Luis Toledo Sande