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Publicado el 18 Marzo, 2017 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

MAESTRA: Un oficio de toda la vida

Manuela Portal Estínger aprendió a amar el magisterio durante la campaña de alfabetización en 1961 y 55 años después continúa en las aulas dando conocimiento y amor
Conversación con una destacada maestra.

El amor, la preparación y la entrega hacen de sus clases un momento que los estudiantes agradecen.

Texto y fotos: CLAUDIA MARTÍNEZ CAMERERO

Muchos solo recordamos el suceso por lo que aprendemos en Historia de Cuba, mediante los testimonios de algunos de los participantes o por lo que narran excelentes filmes cubanos. Pocos habrán podido contener la emoción al escuchar las anécdotas de quienes lo vivieron o al ver a Patricio Wood de El Brigadista bajar corriendo del camión para poner la bandera de la alfabetización junto al árbol con la foto de Conrado Benítez, en el lugar donde fue asesinado.

Emociona pensar cómo en una época tan compleja, con tantos enemigos dispuestos a cualquier atrocidad por derrocarla, aquellos jóvenes, casi niños, abandonaron el hogar y sus familias, para cumplir con el llamado de Fidel y la Revolución.

Una de esas jóvenes, que sin pensarlo dos veces siguió el llamado, fue Manuela Portal Estínger. Una educadora del municipio de Jaruco, en Mayabeque, que hoy cuenta con 55 años de experiencia en la docencia y se mantiene activa.

Tan pequeña y tan grande

Tenía apenas 13 años cuando comenzó la campaña. En aquel entonces vivía en San Miguel del Padrón y pertenecía a la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Cuando se les pidió a los integrantes de dicha organización que si estaban de acuerdo alfabetizaran, no lo dudó.

“Yo alfabeticé en Matanzas, en el central azucarero René Fraga Moreno, en el municipio de Colón. Fueron siete campesinos, dos niños, cuatro adultos de más de 40 años y una anciana que parecía casi imposible que lo lograra y juntas lo hicimos”.

Manuela sostiene que nunca tuvo miedo. Siempre contó con el apoyo y el respaldo de su familia, y además tuvo cerca a muchas personas que la cuidaron y que se preocuparon por ella. “Claro que había peligro, pero eso no era lo que nos preocupaba en aquel entonces, lo único en que pensábamos era en enseñar”.

“Lo de dar clases me viene en la sangre. Mi mamá no era maestra, pero daba clases a los muchachos del barrio y todos le tenían mucho cariño. Ella fue la que me enseñó el privilegio de aprender y de brindar lo que se sabe para que otros aprendan”.

Cuenta que una noche iban por unos caminos apartados en un carro militar y de pronto vieron algo con unas sábanas arriba, luces como de linterna y que gritaba. Ella se asustó mucho, pero el chofer dijo: “¡Agárrense duro!” y aceleró. Enseguida lo que intentaba parecer fantasma salió corriendo y hasta perdió las sábanas en el camino. Entonces el chofer dijo: “¡Nada de fantasmas donde hay alfabetizadores!”. Ella comprendió que el único miedo que podía tener era a aquellos que intentaban desestabilizar la Revolución, y esos eran hombres de carne y hueso, nada invencibles.

Uno de los momentos más duros para los alfabetizadores fue cuando asesinaron a Manuel Ascunce y Conrado Benítez. La posibilidad real de la muerte entonces sorprendió a muchos, pero como todos los grandes, los alfabetizadores tampoco cejaron.

“Cuando mataron a Manuel Ascunce, mi papá me fue a buscar, pero no me dijo por lo que era, yo no sabía que Manuel había muerto. Sí recuerdo que mi papá lloró mucho, pero yo le dije que no me iba, que la campaña no había terminado. Tiempo después, un 22 de diciembre en La Habana, nos reunimos con nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro y ahí nos contó lo que le había pasado a Manuel y entendí el porqué de aquella actitud de mi papá”.

Conversación con una destacada maestra.

Fue una de las protagonistas de aquella concentración del 22 de diciembre de 1961, en la Plaza de la Revolución de La Habana, cuando Fidel declaró a Cuba territorio libre de analfabetismo. (Foto archivo BOHEMIA).

¡Y me hice maestra!

Después de la Campaña de Alfabetización, Manuela descubrió su oficio. Comprendió que donde realmente iba a ser feliz era en las aulas. Igual que muchos alfabetizadores, continuó preparándose e ingresó a la Escuela Formadora de Maestros, la cual como asegura, le enseñó la metodología necesaria, que unida al interés, el amor, y los deseos de enseñar, hacen la combinación perfecta para crear un buen maestro.

El amor la trajo a Jaruco, donde vive hace ya más de 46 años. Sus tres hijos, junto a los demás lazos tan fuertes como la sangre que unen, son su orgullo.

No hay en este pueblo aula en la que alguna vez no haya estado, ni niño, joven o algún que otro adulto que no hable con cariño de la maestra Manuela. Educación primaria, secundaria, preuniversitaria y enseñanza superior, en cada una de estas ha aportado su granito de arena.

La educadora confiesa que el secreto que la ha hecho estar en el corazón de muchos estudiantes es el amor. “Enseñar es un arte y como todo arte hay que hacerlo con el corazón, si no, no sale bien. No hay niños malos ni buenos, son estudiantes todos con diferentes características, criados en distintos medios y todos necesitan la educación que les estamos brindando, pero tiene que ser dada con dulzura, paciencia y mucha entrega. Eso es lo que trato de enseñarles también a las jóvenes generaciones de maestros y así ir dejando mi huella”.

Durante la conversación, Manuela no puede dejar de mencionar frases de Martí y de Fidel. Es que además de dar clases, ellos dos son sus grandes amores. “Mi mejor manera de servir a la patria es trasmitiendo el legado que ellos nos dejaron, entregar conocimientos en las aulas, y eso es lo que haré hasta la muerte”.

Manuela Portal Estínger es profesora en la ESBU Frank País García,  de Jaruco, en Mayabeque.

Yo me muero como viví

A sus 69 años de edad y después de haber pasado una vida entera en las aulas, Manuela Portal Estínger llega a la escuela como el primer día. En estos momentos enseña Historia de Cuba y Educación Cívica. Su pelo largo y siempre coloreado, su sonrisa tierna, su hablar pausado, su mirada delicada y recta a la vez, es lo que los alumnos que ahora reciben sus enseñanzas recordarán mañana.

Hoy es la profe más antigua del centro, pero eso no le abate, al contrario, la hace rebosar de alegría al asegurar que es la de más experiencia. Manuela vive todos los días con los recuerdos de aquellos maravillosos años en que siendo tan niña tenía una labor tan grande como la de alfabetizadora, pero esta mujer no se resigna a vivir solo de los recuerdos y quiere seguir activa hasta que sus fuerzas le den para continuar eso a lo que ha dedicado toda su vida y que sin duda es lo que mejor sabe hacer: enseñar.


Redacción Digital

 
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