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Publicado el 28 Marzo, 2017 por ACN en Nacionales
 
 

¿Yo soy el que manda?

Se dan situaciones que resultan comunes en muchos centros de trabajo y que a la larga lastran el rendimiento de los empleados, corrompen el ambiente en los lugares y actúan como pesadas cargas que invisiblemente son llevadas por todos los implicados
Jefe autoritario.

El autoritarismo es una especie de cacicazgo clásico, que a estas alturas del siglo XXI sigue como la serpiente que sisea y se arrastra y quita las ganas de hacer hasta al más optimista de los trabajadores. (Foto: impresionesaerea.netdna-cdn.com).

Por MAIRYN ARTEAGA DÍAZ

En los estudios sobre comunicación uno de los primeros temas que se aprende es el referido a las relaciones de grupos, los roles que se desempeñan en ellos y, por supuesto, el papel del líder y su acción efectiva en el desarrollo del conjunto al cual pertenece.

Un tópico que se hace complicado toda vez que no siempre quien se dice líder lo es y ejerce entonces una especie de dominación sobre sus subordinados, aquellos que deberían ser sus colaboradores en la travesía.

Tal vez, situaciones que resultan comunes en muchos centros de trabajo y que a la larga lastran el rendimiento de los empleados, corrompen el ambiente en los lugares y actúan como pesadas cargas que invisiblemente son llevadas por todos los implicados.

Porque, ¿basta con denominarse jefe para hacer andar un determinado equipo de labor?
Los expertos en la cuestión hablan de las diferencias entre liderazgo y jefatura: el primero, escucha, nunca impone; incluye, inspira; mientras que el segundo ordena, busca culpable, se aferra a su “poder”.

¿Cuántos no habrán escuchado en una jornada de quehacer la frase “es así porque lo digo yo” o “tienen que obedecerme porque yo soy el jefe”?

La especie de cacicazgo clásico que a estas alturas del siglo XXI sigue como la serpiente que sisea y se arrastra y quita las ganas de hacer hasta al más optimista de los trabajadores.

Se trata pues de encontrar un punto medio donde la orientación, evidentemente necesaria, no se convierta en directriz inflexible, donde el mandato se ejerza por el bien del colectivo y se colegie y se acepte sin doblegar cabezas.

Todo influye en la actuación de un buen líder, desde el tono de voz que se emplea, hasta la transparencia de los parlamentos y la mirada directa a los ojos: el mejor indicio de honestidad.

Para el profesor y psicólogo Manuel Calviño esto supone “invertir la pirámide”: ser jefe es ser facilitador, sostén, propiciador…

Se trata de ser actor de una “ética de las relaciones interpersonales”, que es el sustento de cualquier desarrollo institucional amparadas en el respeto, continúa Calviño, respeto al derecho ajeno, respeto a la individualidad, a las diferencias, respeto a la opinión, a las decisiones ajenas.

Reflexiones imprescindibles para el que ocupa el lugar en la cima, necesarias a la hora de proponerse metas y cumplirlas, vitales en un ambiente laboral sano y confortable.

Diría Calviño que vale la pena, ¿no creen? (ACN).


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