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Publicado el 3 Mayo, 2017 por Liset García Rodríguez en Nacionales
 
 

Ay, Blanco: 50 años de risa

El DDT reverenció la obra del caricaturista Francisco P. Blanco Ávila, creador hace cinco décadas de los personajes que dieron vida en Palante a la tira ¡Ay, Vecino!

 

Por LISET GARCÍA

Entre chistes, como debe ser entre quienes se han consagrado al oficio de hacer reír; entre buenos y regulares recuerdos, esos que la memoria no descarta, y entre sus más queridos amigos y colegas, celebró Francisco Blanco, para muchos simplemente Blanquito, los 50 años de aquella ocurrencia de la que nacieron esos personajes tan familiares que, desde el balcón de sus casas, han dialogado sobre problemas del barrio, la familia, el amor, y de casi todo.

¡Ay, vecino!, y sus dos hombrecitos desnudos, que por momentos recuerdan a los famosos gordo y flaco del cine mudo, son testigos de la historia de estos años, se burlan del disparate que a veces nos ronda, se detienen en la exageración acerca de sucesos de la vida cotidiana, todo con tal de regalar una sonrisa, esa que algunos han definido como la línea curva que lo endereza todo.

Entre anécdotas, el equipo del DDT, Adán, Jape, Laz y Falco presentaron la muestra y motivaron que Blanco recordara a los vecinos que le inspiraron las primeras tiras

Entre anécdotas, el equipo del DDT, Adán, Jape, Laz y Falco presentaron la muestra y motivaron que Blanco recordara a los vecinos que le inspiraron las primeras tiras

Con trazos sencillos y escaso texto, Blanquito desde sus personajes –en la publicación humorística Palante–, ha sido parte de un mundo simbólico raigalmente cubano, pese a que él cuando los pensó partió de la idea de crear algo que fuera internacional y funcionara para todos los públicos. No estuvo lejos al creerlo porque si todavía están con vida, se debe no solo a su ingenio y capacidad como artista, sino al buen tino de hacerlos universales.

En la sede del DDT, donde tuvo lugar el homenaje, también se exhibe una muestra de esas historietas, que de balcón en balcón, con el medio punto característico de la arquitectura de La Habana Vieja, invita a pensar. Quien ve tantos episodios reunidos puede considerar que está soñando, y casi no deja otra alternativa que preguntarse cómo este octogenario consigue todavía desde la lucidez legitimar la locura.

 


Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez