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Publicado el 3 Julio, 2017 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

Editorial

Democracia y derechos cubanos

 

Millones de indignados dentro y fuera de Cuba alzan sus voces para rechazar las medidas anticubanas del jefe del imperio en un espectáculo de toma y daca politiquera para congraciarse con los contrarrevolucionarios miamenses a los que cree deberles favores electorales, y que, gratuitamente, ha reiterado después.

La inmensa mayoría del entramado social cubano y también la mayoría del pueblo estadounidense, además de importantes personalidades de ese país y del resto del mundo, repudian que el presidente de esa nación cuajada de acuciantes problemas internos, con un gobierno  provocador de peligrosos conflictos en todos los confines del planeta, actúe de modo tan irresponsable para el aplauso de una cofradía desechable de rufianes, momias batistianas, terroristas, matones, anexionistas y vendepatrias de la peor calaña, reunidos en Miami.

Un inútil y fracasado intento ¿de qué? ¿Acaso de hacer retroceder a un pueblo dueño de su destino al costo de inmensos sacrificios y de un panteón de sagrados mártires que jamás podrían ser traicionados por cubanos dignos de serlo? Vanas pretensiones.

Cabe preguntarse, además, ¿qué ha pasado realmente? Pues que la mafia miamense y los peores y más reaccionarios estamentos de la política doméstica yanqui, se quedaron más que cortos en cuanto a lograr sus aspiraciones negociadas, de suprimir las medidas dictadas por el anterior jefe imperial, la mayoría de estas aún vigentes.

El exabrupto anticubano perjudica también derechos e intereses de los vecinos del Norte, algunos discretamente beneficiados y otros esperanzados con lograr sus objetivos de subvertir el socialismo en la Isla con la más paciente y sutil estrategia de Obama, precisamente rediseñada esta última dadas las más de cinco décadas de fracaso, en cuanto a rendirnos, no así en el enorme daño infligido al pueblo cubano. Como todo cuanto atente contra unas relaciones basadas en la convivencia civilizada, mutuo respeto y conveniencia recíproca, a las que la Revolución siempre ha manifestado su sincera disposición, las afectaciones serán para ambas partes.

Lo que mal se envuelve ahora como posible “mejor negocio”, solo significaría retroceder, dificultar aún más a los estadounidenses poder viajar a la isla vecina y entorpecer incipientes y tibios intentos de avanzar en razonables vínculos, de hecho impedidos por la vigencia de un bloqueo, montado en el doble carril Torricelly, y el demencial engendro Helms-Burton. Otra vuelta de tuerca no haría más que fortalecer la condena mundial a esa aberrante política, incluso de los menos simpatizantes del sistema socialista.

¿Y qué modelo pretendería exportar uno de los actualmente más desprestigiados sistemas, de democracia no participativa, concebido, entre otras falacias, para que el presidente no se elija por la mayoría de los votos, sino por el conciliábulo que preserva el poder de las élites y desconoce la voluntad popular? ¿Aquel donde se imponen los que más publicidad pueden comprar, y desacreditar a los otros, y nadie cumple promesas?

Pese a su poderío económico, militar, mediático y de su -innegablemente exitoso- marketing cultural destinado a desmedular resistencias a su hegemonía y dominación mundial, el imperio es un gigante con pies de barro. Esencialmente expoliador, discriminador, excluyente e incapaz de aliviar las inmensas desigualdades e injusticias dentro de su propio pueblo, ni siquiera puede suscribir decenas de convenios internacionales que intentan hacer prevalecer los más elementales derechos humanos, de los que Cuba sí es parte y referente. El único derecho que realmente le interesa es el que imponga por encima de todo el más feroz individualismo, la explotación y la reproducción de una riqueza cada vez más ficticia y concentrada en menos manos.  ¿Pudiéramos inspirarnos alguna vez en tan mal ejemplo?

Digan lo que digan y hagan lo que hagan -no en nombre del pueblo de Estados Unidos al que sentimos cercano y nos unen lazos históricos y culturales, sino de sus más espurios grupos de poder-, y pese al  permanente alerta al que nos obligan, jamás nos quitarán el sueño, ni nos harán retroceder.

Continuaremos nuestro heroico esfuerzo por edificar un presente y futuro racionalmente próspero, en una nación irrenunciablemente libre, independiente, soberana, solidaria, cada vez más productiva, eficiente y sostenible; justa, inclusiva, participativa, honesta, culta, y feliz, de la que ya hemos logrado conceptualizar una visión para 2030.

Ninguna sociedad es perfecta, pero contra todas las agresiones, amenazas y trabas, externas e internas, los cubanos empeñamos la vergüenza y el honor, para seguir haciendo progresar la nuestra. Ahora mismo abocados a un proceso electoral que dará al mundo otra paradigmática lección de civismo y verdadera participación popular. Con sobrados motivos, nos enorgullecen nuestra democracia y derechos cubanos.


Redacción Digital

 
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