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Publicado el 23 Agosto, 2017 por ACN en Nacionales
 
 

El camino nunca debe ser la resignación

Resulta obvio que en ocasiones muchas mujeres quieren desprenderse de sus ataduras, y les resulta casi imposible advertir la luz al final del túnel; pero la resignación y el cansancio no deben ser las salidas

Por Darelia Díaz Borrero

Hay historias difíciles de asumir como algo real; tal es el caso de la vivencia de aquella que aguanta en silencio los maltratos físicos y psicológicos de su esposo porque, al parecer, no tiene otra salida.

Resulta que ella consagró los mejores años de su vida a colmar de atenciones a su pareja y hasta renunció a su realización profesional, la cual pudo ser fértil, si no hubiese dejado empolvar el título de graduada universitaria.

Ahora tantas atenciones son retribuidas con humillaciones e infidelidades, de las cuales ya van a nacer sus frutos, casi frente a sus narices; pero a ella solo le queda aguantar el trago amargo, porque su dependencia económica la tiene con las manos atadas.

Resignación es prácticamente lo único que le queda, sobre todo porque al rebasar las cuatro décadas, el reto del comienzo se torna casi una utopía.

Tal vez si no hubiese renunciado al ejercicio profesional, al que tenía todo el derecho, la historia tendría matices menos oscuros, pero desgraciadamente la realidad es otra.

No resulta un pecado entregarse por completo al amor, sin embargo considero que se deben aprovechar al máximo las posibilidades profesionales garantizadas a las mujeres cubanas, con su plena incorporación a la vida social y económica en el país.

Claro, todavía falta mucho por lograr, sobre todo porque aun cuando las féminas se realizan profesionalmente y existe una voluntad estatal para promover su empoderamiento, estas continúan llevando, sobre sus hombros el peso de las tareas del hogar.

No son pocos los casos en los que las mujeres, tras una larga jornada laboral, concluida horas después de la de su esposo, llegan a casa y se vuelven “la persona orquesta”, mientras él espera, viendo la televisión, por el plato con su comida.

Sin embargo, son las féminas las principales encargadas de desterrar los patrones machistas en el ámbito familiar, porque ese mito de que se es menos hombre por cocinar, limpiar, lavar o fregar, constituye un pretexto de muchos para eludir tareas domésticas.

Conozco a hombres, quienes cocinan casi mejor que sus esposas y siguen siendo masculinos en toda la dimensión de la palabra.

La repartición de roles en el hogar es posible, pero para eso la pareja debe negociar las tareas desde el mismo inicio de la vida en común, a partir del cariño y el respeto mutuos; sin recurrir a imposiciones o reclamos, para que la armonía reine.

Si el comienzo de la historia no es bueno, difícilmente lo será su desarrollo.

Lo no corregido oportunamente se tornará en desconsideraciones y maltratos, más aún si el hombre se siente dueño y señor de la economía hogareña, como en el caso de la vivencia de aquella, antes reflejada, y que queda como anillo al dedo de muchas mujeres.

Varias admiten el maltrato porque anteponen, a su felicidad, el bienestar de sus hijos, a los cuales no pueden garantizarles un futuro mejor fuera de esas cuatro paredes proporcionadas por aquel que solo funge como padre biológico.

Tal amor maternal es digno de reconocer, sobre todo porque ese sacrificio, por sus vástagos, lo hacen sin esperar nada a cambio; no obstante, creo que también es contraproducente criar a un hijo en un ambiente familiar adverso.

El asunto va más allá de los avances en la política laboral y salarial, y el rol jugado para la adopción de un avanzado Código de Familia.

Resulta obvio que en ocasiones muchas quieren desprenderse de esas ataduras, y les resulta casi imposible advertir la luz al final del túnel; pero la resignación y el cansancio no deben ser las salidas. No es justo llenar de atenciones a quien no sea digno de ellas. ( ACN)


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