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Publicado el 1 Agosto, 2017 por ACN en Nacionales
 
 

Pinar del Río, la casa

Un malecón sin agua que ahora viste nuevas galas y no necesita del mar para atraer a enamorados, transeúntes, niños juguetones o a los que detienen sus prisas y se liberan del cansancio cotidiano bajo la sombra de un pinar que distingue a esta tierra del extremo más occidental de Cuba, y yace estampado en su escudo
Pinar del Río, la casa.

Fotos: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA.

Por EVELYN CORBILLÓN DÍAZ

Como sacado de una postal, pero dinámico; como erigido por el más avezado arquitecto que burla los designios del tiempo y se apresta a dar paso a la modernidad; como un buen amigo, confidente y leal; hoy mi Pinar del Río saluda a los habitantes de siempre y a quienes deciden llegar.

Un malecón sin agua que ahora viste nuevas galas y no necesita del mar para atraer a enamorados, transeúntes, niños juguetones o a los que detienen sus prisas y se liberan del cansancio cotidiano bajo la sombra de un pinar que distingue a esta tierra del extremo más occidental de Cuba, y yace estampado en su escudo.

Los que vinieron antaño a estos parajes quizás no imaginaron la trascendencia para la nación de un sitio desdichado por la mano de quienes comandaban los rumbos de la mayor isla de las Antillas y el azote implacable de ciclones tropicales; parte inseparable de la historia de Vueltabajo.

La Catedral Natural del país caribeño hace un guiño y se levanta con la conjunción de sus habitantes, ávidos por regalarle frescura a su suelo, sin desdeñar los rasgos arquitectónicos distintivos y procedentes de siglos anteriores, entre los cuales descuellan los portales corridos y las cubiertas de tejas rojizas.

Desandar las calles de mi Pinar, aún con la certeza del cambio a cuestas, invita una y otra vez a descubrir detalles aparentemente desapercibidos por el caminante pero que desde tiempos pasados acompañan a los oriundos de la región del mejor tabaco del mundo.

El reloj del Hotel Globo, en el centro de la arteria principal, pudiera narrar más de una anécdota desde su posición en la altura y cual testigo del ir y venir de cuantos escogen esa vía. Y lo hace de solo mirarnos y atraparnos en sus encantos de “viejo experimentado”.

Pero Pinar del Río es más que la belleza del Valle de Viñales, la bebida Guayabita del Pinar, el Palacio de Guasch o la Península de Guanahacabibes, por solo aludir a algunos de sus símbolos.

Es el aire jovial que se respira en estos rumbos, la calidez y hospitalidad de su gente, la fuerza “sobrenatural” que exige no renunciar a un terruño, pese a la distancia geográfica e invita, a regresar siempre a casa. (ACN).


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