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Publicado el 24 Enero, 2018 por ACN en Nacionales
 
 

AGROECOLOGÍA

El llamado de la tierra

La finca Marta es un proyecto de transformación productiva agrícola que implica beneficios para los suelos, las personas y la economía
El llamado de la tierra.

Los vegetales de esta finca surten a alrededor de 30 restaurantes habaneros que atienden al turismo; y se dona otra parte a la Escuela de Remo y Canotaje José Smith Comas.

Por CARIDAD CARROBELLO

Fotos: MARTHA VECINO ULLOA

Desde lo profundo de un hoyo de 14 metros, Fernando Rafael Funes Monzote escuchó voces y miró hacia arriba. La afluencia de vecinos asomados al borde de aquella excavación se debía a que el pocero de la zona, Juan de Dios Machado, comentó que estaba ayudando a hacer el pozo más difícil de su vida en la finca más pobre de la zona.

Al ingeniero agrónomo se le había ocurrido nada menos que buscar agua en un terreno muy rocoso, seco, infértil, diezmado por el cultivo y la quema de caña para su cosecha, en Caimito, provincia de Artemisa. De ahí que más de un curioso, luego de comprobar el hecho y para no ofender de palabra a los dos aventureros, acabara dando vueltas a su índice alrededor de una oreja, como diciendo: “están locos”.

“Desde muy abajo en este hueco comencé a entender la dinámica social y ambiental del lugar, debido a que conocí el parecer de mis vecinos. Para mí era un gran sueño poder trasmitirles mis aspiraciones, demostrarles la potencialidad de una práctica agrícola diferente”.

Hijo de gato…

El llamado de la tierra.

“Hay tres pilares fundamentales de este propósito agroecológico. Mi madre, mi padre y mi esposa”, reconoce Fernando Funes Monzote.

Como dice una frase popular, si había nacido de dos avezados investigadores agrícolas, aprendería de ellos. En los pasillos del Instituto de Investigaciones de Pastos y Forrajes, del Ministerio de la Agricultura, donde trabajaron Marta Monzote y Fernando Funes, sus padres, él correteó como otros hijos de profesionales a la espera del regreso a casa, pero también le picó la curiosidad ante tanta consagración familiar.

“Ambos me dieron el ejemplo de la perseverancia. Décadas atrás tropezaron con los conceptos de agricultura extensiva y dependiente de altos insumos que prevalecían en el país, sin embargo, siempre defendieron la agroecología y la armonía con el medio ambiente en la producción de alimentos”.

Graduado en 1995 del Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de La Habana (Iscah), de inmediato el joven comenzó a trabajar junto a sus progenitores. Al año, como parte del movimiento de agricultura orgánica en Cuba, participó de un programa en Andalucía, España, donde concluyó la maestría en Agroecología y Desarrollo Rural Sustentable. La tutora fue su madre.

“Además, fui parte de un proyecto de integración entre la ganadería y la agricultura a mediana escala, el cual logró una visión del proceso sobre los sistemas productivos, profundizó en los temas energéticos, el reciclaje de nutrientes entre ganadería y agricultura, así como en la factibilidad económica y los impactos sociales.

“De mi madre aprendí a potenciar no solo lo productivo, sino también lo económico y social, para así motivar a los actores (productores, científicos, dirigentes, población) y lograr la sostenibilidad. En este proceso se destacaría el papel complejo y la responsabilidad del productor agrícola en el impacto sobre la naturaleza y el uso racional del agua.

El llamado de la tierra.

Una de las primeras acciones en la finca fue construir durante siete meses un pozo de 14 metros de profundidad, guiados por la sabiduría del experto Machado –a la derecha–, pocero y seguidor de la medicina tradicional.

“Todo esto lo experimenté durante 15 años junto a ella. Como investigadores, no dejábamos de discutir y de tratar de entendernos para poder trasladar los resultados a las demás personas”.

Fernando obtuvo el grado científico de doctor en Producción ecológica y conservación de los recursos, en Holanda (2008), con la tesis Una agricultura con futuro: la alternativa agroecológica para Cuba. Y no ha dejado de compartir sus experiencias. Hoy en la finca Marta hay un espacio reservado para alojar a los estudiantes que deciden realizar allí una pasantía teórico-práctica.

La cima de sus sueños

En diciembre de 2011, con 40 años de edad, una exitosa trayectoria investigativa y académica, así como una confortable casa en el Vedado capitalino, Fernando decidió poner “manos a la tierra” en la finca Marta –nombrada así en memoria de su mamá– para entender de modo práctico y constante la dinámica del campo y contribuir a transformarla mediante el cultivo de vegetales, frutales y otras producciones con un fundamento agroecológico.

“Ya tenía 20 años de vida profesional, había pasado por muchas facetas, estuve viajando por el mundo entero como profesor de más de 20 universidades y activista del movimiento de agricultura orgánica en Cuba. No obstante, sentía que me faltaba algo para concretar mis conocimientos, pues aunque muchos trabajos de mi autoría fueron aplicados, nunca había cosechado por mí mismo esos logros, a tiempo completo”.

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La albahaca genovesa, ideal para los espaguetis.

El sitio ubicado en el kilómetro 19 y medio de la autopista La Habana-Pinar del Río, de extrema infertilidad y plagado de aroma y marabú, fue ideal para demostrar la eficacia de las prácticas agroecológicas con una visión de sistemas agrícolas integrados, diversificados, autosuficientes, mediante el empleo de energías renovables, abonos orgánicos y la conservación de la fauna del suelo.

“Nada de lo hasta aquí alcanzado hubiera sido posible sin el convencimiento de la familia: mi esposa Claudia Álvarez Delgado y mis dos hijos. Ella ha sido esencial para no dar un paso atrás, incluso renunció a su trabajo en la Escuela Formadora del Turismo para acompañarme en mi empeño.

“En un inicio sentimos cierta incertidumbre: era como caminar hacia el vacío pues no tenía la certeza de que mi idea resultara viable”.

El investigador destaca que al proyecto familiar se fueron sumando trabajadores de experiencia: “Ángel, conocido por ‘El Bolo’, viene desde Pinar del Río para atender a los animales; Alexei, granmense, resuelve las labores constructivas; las hortalizas están en manos de cinco mujeres; Zortan y Sadiel se encargan de la comercialización”.

Maikel Márquez es un hombre multioficio. Trabaja aquí para validar su futura tesis doctoral sobre la resiliencia (capacidad de recuperarse frente a la adversidad) de los sistemas productivos en Cuba ante los efectos del cambio climático, con énfasis en la agroecología.

Son, en total, 18 personas que atienden ocho hectáreas de tierra, hoy llenas de frutales, árboles maderables y canteros de vegetales en forma de terrazas, además de la ganadería vacuna, equina, y la colmena de abejas.

En estas tierras se emplean la biomasa y el estiércol para abonar los cultivos, así como en la producción de biogás para cocinar; y se utilizan paneles fotovoltaicos en el bombeo del agua del pozo. Casi a punto de estrenar está la cisterna de 200 000 litros de capacidad que se empleará a modo de aljibe, donde se colectará el agua de lluvia para asegurar el riego en época de sequía.

Hoy las producciones de mejorana, rúcula, tomates cherry, apio, espinacas, brócoli, lechugas, perejil, oreganito, tres variedades de mostaza, la albahaca especial que se consume con los espaguetis y muchos más productos frescos, se destinan a alrededor de 30 restaurantes habaneros que atienden al turismo. Para finales de 2017 se proyecta abastecer a hoteles.

El reto mayor en la mirilla

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Alimentar al ganado a base de pastos y de forraje, es otro de los empeños del experimento.

“Finca Marta significa una ventana abierta después de mi tesis de doctorado. Como todo trabajo científico, quedan cosas pendientes, que estoy tratando de demostrar. El objetivo es transformar la realidad, que las personas asimilen mi visión práctica.

“Sin la participación local no se conseguiría nada; debo lograr una extensión de estas ideas en los productores; será lo más difícil, pues cada uno tiene su manera de pensar y actuar. Por eso estoy vinculado a la granja urbana, para la producción y para asesorar y ayudar a otros agricultores”.

El entrevistado manifiesta una preocupación: “La agricultura debe poner más énfasis no solo en producir más, sino en incrementar la logística del proceso de comercialización, para que lo cosechado no se siga perdiendo. Tenemos aquí solo un cinco por ciento de pérdidas, mientras en Cuba el índice es de un 50 por ciento”.

Por otra parte, insiste, hay que aplicar variantes socioeconómicas que eleven los ingresos y mejoren las condiciones de vida de quienes trabajan en el campo.

Pone de ejemplo la iniciativa del turismo rural. “Tenemos licencia de gastronomía. Una o dos veces a la semana, tras mostrar el espacio, ofertamos a los visitantes un almuerzo en el ranchón, donde degustan un menú hecho con nuestros productos orgánicos. El agroturismo nos permite reinvertir en el propio sistema agroproductivo, a la par que elevar los salarios.

“Nosotros no vendemos un producto, sino un proceso y un concepto agroecológico, queremos que los visitantes lo sepan y lo valoren”.

Para Fernando y su colectivo quizás lo más difícil esté por venir. Pero con la perseverancia seguirán abriéndose camino. “Hemos hecho una propuesta al gobierno municipal de Caimito, en Artemisa, para el Programa de Desarrollo Local.

“Solicitamos nuevas tierras en usufructo que posibilitarán multiplicarnos con fincas de este tipo, e incrementar lo logrado hasta ahora. Nuestro proyecto, de extenderse, pudiera aportar a la Zona Especial de Desarrollo Mariel”.

RECUADRO

 

Las encomiendas de Fidel

El llamado de la tierra.

Fernando confiesa que esta práctica era lo que le faltaba para consolidar 20 años de estudios sobre agricultura ecológica.

“Con Fidel tuve tres encuentros. Fueron momentos mágicos, inolvidables. El primero, el 12 de febrero de 2016, duró cuatro horas, en su casa. Él conocía ya de la finca por la prensa. Conversamos sobre muchas cosas, de historia, relaciones internacionales y actualidad mundial, deportes, agricultura.

“Estaba interesado en los recursos forrajeros y naturales para la alimentación del ganado. Al reconocer la dificultad del corte manual de la moringa, valoramos la importancia de los sistemas manejables a escalas humanas, o sea tener en cuenta la cantidad de personas necesarias para hacer manejable esa alternativa.

“Hicimos cálculos en su libreta. Todo lo anotaba. En esa oportunidad hablamos del agua y de cómo recoger la lluvia como reserva para la época de sequía; del reto de la multiplicación y la extensión de proyectos como el de la finca Marta, elevando la capacidad de las personas para comprenderlos.

“¿Cómo implementarlo a gran escala?, me interrogó. Le respondí que con muchas fincas de igual tipo. Insistí en que, a la par, debían abrirse oportunidades más atractivas desde lo socioeconómico, modernizar la agricultura para que el campo cautive y la gente se decida a participar.

“Pero ¿de qué manera hacerlo?, insistió en los detalles. Le expuse mi propósito de crear una comunidad agraria sustentable, bajo un concepto cooperativo, de inicio con cinco fincas nuevas a mi alrededor –no las ya existentes porque el agricultor tiene métodos enraizados, difíciles de mover en corto plazo– y después continuar con otras en diversos territorios.

“Esas comunidades tendrían desde las infraestructuras sociales necesarias para la vida y la recreación, hasta las condiciones productivas que permitieran utilizar al máximo las prácticas agroecológicas, las energías renovables, el uso racional del agua, entre otras acciones, hasta el aprovechamiento industrial a pequeña y mediana escalas.

El llamado de la tierra.

La miel se destina a la Empresa Estatal Apícola.

“¿Y cómo garantizarías el agua?, dijo como aguijoneándome, para que yo expusiera las ideas recogidas en una propuesta de desarrollo local.

“Escuchó atentamente mis propuestas e hizo la promesa de ir a la finca. El 3 de abril de ese mismo año, me dio la sorpresa. Indagó acerca de todo lo que vio y sobre lo que estaba por realizarse. Antes de irse, me aconsejó como lo hacen los padres con sus hijos: ‘Debes estar aquí, recibiendo gente y diciéndole lo que proyectas. No te quiero por ahí, perdiendo el tiempo…’

“El tercer intercambio fue al día siguiente. Me dio dos artículos científicos, sobre el consumo de vegetales en Asia y sobre la alimentación con exceso de carnes en un lugar de los Estados Unidos. Las investigaciones médicas corroboraban los déficits de nutrientes en cada caso. Al final concluimos que una dieta balanceada era lo más apropiado, pero con gran presencia de vegetales.

“Estaba entusiasmado con mis ideas. Como en Cuba el clima dificulta el cultivo de hortalizas, pues la fluctuación entre una y otra estación es muy intensa, hablamos entonces de generar tecnología e innovaciones que permitan lograrlo de modo sustentable”.

 


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