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Publicado el 4 Enero, 2018 por ACN en Nacionales
 
 

MIGUEL MARIÑO PEÑA

Retrospectiva de un peregrino

Un hombre que pasa de los 100 y conserva el saludo enérgico, la memoria clara, las ganas de vivir y la creencia de que “el trabajo no cansa, lo que cansa es no hacer nada”
Retrospectiva de un peregrino.

Mariño continúa quitándole hojas al almanaque.

Por RÓGER AGUILERA

Fotos: REYNALDO PEÑA LÓPEZ

Especial de la ACN para BOHEMIA

Daína me había adelantado que a su abuelo le gustaba saludar a los hombres con un fuerte apretón de manos, como es costumbre de su generación y de sus raíces montunas, y que es lo primero que hace con los viejos amigos y amistades, o a modo de presentación con quienes aún no conoce.

Como había fijado un intercambio con él, no me sorprende ese varonil saludo, portador de una señal de firmeza y de un mensaje advirtiendo que está “entero”, a pesar de sus 103 años de edad.

Pero como Miguel de Jesús Mariño Peña está claro de que ya no es aquel que le entraba de frente al trabajo, ora en los campos cañeros, en la estancia de la familia, enyuntando bueyes, transportando madera, ora en las milicias…, o aquel que no se cansaba de andar por disímiles puntos de la geografía de la entonces Victoria de las Tunas, ahora alardea de tener una memoria prodigiosa.

De tez blanca, baja estatura y aún con la apariencia de quien vivió muchos años en el campo, narra hechos con serenidad, claridad y sin tremor en los labios ni en la voz ni en las manos.

Y empieza hablando de su terruño: “Nací en Naranjo, barrio rural de Playuela, Las Tunas, el 5 de febrero de 1914, donde hoy se encuentra el central Majibacoa. Mi vida laboral fue la de transportar caña en carretas en tiempo de zafra; pero en tiempo muerto me dedicaba a la estancia de la familia, a cosechar maíz y guineo manzano (plátano fruta) que se le vendía a Manuel Garrido, quien se dedicaba a embarcarlos para La Habana. Y los domingos era el barbero del barrio.

“En Playuela estuve hasta 1953, de ahí me fui para San Gregorio, más cerca de la ciudad de Las Tunas, donde compré un pedacito de tierra, armé una casita y una bodega que quebró, porque como fiaba tanto, muchos clientes no tenían con qué pagarme después”.

Comienza el peregrinar

“En los años siguientes –continúa rememorando Mariño– siempre estaba en un lugar diferente, pero un día en que me encontraba en San Gregorio tocan a la puerta de la casa y preguntan por mí, diciendo que tenían necesidad de verme. Mi esposa, Ana Delia Batista, le dice que yo andaba por Las Tunas.

“El hombre continuaba insistiendo y preguntaba que dónde me podía encontrar, que tenía necesidad de verme. Aquel metal de voz era familiar hasta que me dije: ‘Concho, ese es Bartolito’. Entonces salí y nos saludamos. Era para alertarme de que estaba en la lista de los esbirros.

Retrospectiva de un peregrino.

Su hija Nilda está al tanto del padre, quien, a los 103 años, no necesita espejuelos para leer.

“Bartolo Espinosa Zamora pertenecía al Ejército de Batista, pero por detrás estaba con nosotros, los que estábamos en cosas de la Revolución. Ese día se encontraba de guardia en el cuartel y pidió permiso para ausentarse por un problema familiar. Yo tenía esa amistad de cuando él era civil y vendía empanadillas cerca de la valla de gallos de Las Tunas. Enseguida me fui del hogar y me refugié en el cañaveral de Paco Salgado. Luego sentí el ruido de los carros y los gritos de un muchacho que de tantos golpes que le dieron echó los últimos suspiros en la clínica Santa Martha.

“Al otro día, 25 de diciembre de 1956, conocido en la historia como las Pascuas Sangrientas, me dan la triste noticia de que habían torturado y ahorcado a Pelayo Cusidó, mi jefe en la clandestinidad, junto a otros combatientes de Holguín y Las Tunas.

“La información me la dio Abelardo Domínguez, del grupo nuestro. Entonces, Eugenio –hermano de Pelayo– y yo vestimos el cadáver en casa de Cira, una hermana.

“Partimos para el cementerio con la bandera cubana y cantando el Himno del 26 de Julio. Y cuando estábamos llegando, en la misma curva, nos sorprendió Fermín Cowley Gallegos, que había venido desde el territorio holguinero con una tropa. Eso fue desastroso, tiraron al suelo el féretro y las coronas, y les entraron a patadas.

“Cuando Cowley vio a la mujer de Pelayo dando gritos dijo: ‘vayan a llorar a casa del carajo, hijos de puta, que a este lo mandé a matar yo por mis cojones’.

“Los sicarios comenzaron a tirar tiros para disolver la multitud popular que acompañaba al cadáver, y el doctor Fernández León, un amigo de la casa, me montó en su auto y nos fuimos. Ese día me le escapé a Cowley.

“Luego, en 1957, me avisan que mi hermano Manolito había muerto. Me dispuse a ir al velorio. Al llegar me advirtieron de la presencia de La Coba y alemán, los policías más asesinos de Las Tunas, que se encontraban debajo de una mata de guásima.

“Cuando comienza el entierro monto en un camión y La Coba y Alemán también. Parece que querían atraparme, pero en un bache profundo el carro hace una parada y ahí mismo me perdí por los potreros.

“Luego fui a parar al campamento de El Salvial, en Holguín. Allí me enfermé y regresé a Las Tunas a pie y comencé a vincularme con el campamento de San Joaquín.

“Ante las continuas persecuciones, a finales de diciembre de 1958 fuimos para Arroyo el Muerto –la familia completa–, actual municipio de Majibacoa. Allí nos sorprendió el triunfo de la Revolución”.

Mi nivel cultural no me acompañó

Retrospectiva de un peregrino.

La crianza de pollos conocidos por “pineos” es uno de los hobbies de Mariño.

En la etapa inicial de la victoria Mariño quería cursar estudios para ingresar a los órganos de la Seguridad del Estado, pero el nivel cultural se lo impidió. “Entonces mi hijo Daer sacó la cara por mí y en parte se cumplieron mis sueños”.

Ya jubilado del Ministerio del Interior, explica Daer que cursó la escuela nacional de los órganos de la Seguridad del Estado y estudió en un centro de perfeccionamiento en la Unión Soviética.

Como Miguel Mariño no tuvo oportunidad de asistir a una escuela en su infancia, ni tampoco cuando joven, por estar vinculado a la lucha clandestina, ni posterior al triunfo, por asumir cuantas tareas aparecieran, en el andar aprendió a leer, escribir y “sacar cuentas”.

Con el tiempo, la vida le dijo que la autosuperación fue imprescindible para desempeñarse como comprador de madera para los aserríos, coordinador de los CDR en una zona, miliciano jefe de compañía y juez lego durante tres mandatos (12 años) en el Tribunal Provincial, responsabilidades que a veces coincidían con movilizaciones hacia los cortes de caña, azotes de ciclones, como pasó cuando el Flora, y movilizaciones hacia las trincheras cuando el imperio del norte amenazaba.

Auxiliar de la Policía, su última misión

Tras su jubilación, nuestro entrevistado no quiso quedarse en casa, necesitaba continuar en acción, hasta que aceptó la propuesta de incorporarse al cuerpo de auxiliares de la Policía. Y con el uniforme verde olivo y el revólver calibre 38 que usaba durante la lucha clandestina, cumplió su última misión.

“Lo de auxiliar de la Policía era una manera de sentirme útil y activo, pero también para contrastar con aquellos que antes de 1959 eran símbolos de abusos y atropellos”, dice.

Narrar la vida de un auxiliar de la Policía lleva tiempo, pues se trata de hablar de una persona comprometida con poner orden en la sociedad, neutralizar todo lo que afecte al pueblo y estar al tanto de las fechorías que puedan cometer los delincuentes.

Cuenta el viejo combatiente que en ocasiones el trabajo fue ingrato, por la incomprensión de personas que no les gustaba que les llamaran la atención por negarse a cumplir con los códigos que rigen la sociedad.

Y también pasaban cosas como esta: Un día se encontraba de servicio, cooperando para que las personas no obstruyeran la calle por donde iban a pasar jóvenes destacados que portaban una antorcha. De la multitud salió un puño que le impactó en el labio superior. Cuando fue a reaccionar para dar la respuesta merecida, se percató de que se trataba de un anciano con problemas mentales y a quien los tuneros comparaban con El Caballero de París.

No era la primera vez que el personaje de marras agredía, a veces lo había hecho sorpresivamente, como a Mariño, y en ocasiones cuando alguien lo provocaba. Aún transita por las calles tuneras con su uniforme verde olivo, barba rala, piel morena y cabeza cubierta por boina o gorra.

Ana Delia, la única mujer en la vida

Retrospectiva de un peregrino.

De la mano de su esposa Ana Delia junto a la escultura Trovador Campesino, de Ángel Íñigo, durante una Jornada Cucalambeana

Mariño recuerda que “antes de 1959 Las Tunas era una ciudad pequeña, dividida en los Repartos Primero y Segundo. Era más conocida porque la Carretera Central pasaba (y pasa) por el mismo centro”. Además, “tenía 14 barrios rurales que conoció como la palma de su mano durante su peregrinar: Palmarito, Ojo de Agua, San Miguel de Manatí, Curana, Playuela., Las Arenas, Cerro de Caisimú, El Oriente…”.

Mira una y otra vez a su casa, en el reparto Aguilera, donde vive hace más de medio siglo y donde falleció su esposa en el 2010, a los 92 años. Confiesa que fue la única mujer con quien compartió su vida y de cuya unión salieron tres hijos.

“No fue fácil conquistarla –comenta-. A ella le decían la muchacha linda de Buenaventura. Imagínate por qué le decían así. Cuando novios me quería mucho, pero su familia no, porque había el rumor de que yo tenía otra, pero no era cierto. Entonces decidimos juntarnos”.

Nilda, la hija, extrae de una gaveta varias décimas escritas por el padre en el transcurso de su vida, y entre ellas identifica una dedicada a Ana Delia.

Si te volvieras a encarnar / En otra mujer tan bella / Yo te buscaría Ana Delia / Para volverme a casar / No me canso de pensar / En lo que sucedió / Si fue un brujo que llegó / Para quitarte la vida / Yo lo buscaré enseguida / Y con él acabo yo.

El locuaz centenario consagró su vida por completo a la Revolución, sin margen a las fiestas y a la bebida; aunque confiesa que en los años 30 y 40 del pasado siglo, de vez en vez, echaba su pasillito a ritmo de órgano cuando daban bailes en el barrio rural Los Guayos.

“Es admirable la participación de Papaíto en la clandestinidad para que Batista cayera. Sin embargo, pienso que cuando más ayudó a la Revolución fue a partir de 1959”, afirma su hijo Daer, al recordar pasajes de los últimos 58 años.

“Miguel no era fácil, era muy estricto; cuando le decía algo a la familia había que escucharlo, seguir sus consejos y orientaciones; pero eso sí, predicaba con el ejemplo”, significa Irma Cruz Hidalgo, esposa de Daer.

A su edad centenaria, Mariño impacta a familiares y amistades por su impresionante memoria, la claridad de su voz y la virtud de identificar objetos y escribir décimas sin necesidad de usar espejuelos.

No se lamenta de tener tantos años a cuestas, pero dice que si la naturaleza le devolviera juventud, estaría la de nuevo en la pelea, y como eso es imposible se conforma con seguir viendo a los niños correr felices por las calles de su barrio.

Llama a su hija Nilda y le pide aumentar la lista de los invitados a sus cumpleaños en el 2018, 2019…, para seguir restándole hojas al almanaque, continuar viendo el azul del cielo, evocar los pasajes tristes que jamás volverán y reiterar algo que lleva como divisa: El trabajo no cansa, lo que cansa es no hacer nada.


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