0
Publicado el 3 Marzo, 2018 por ACN en Nacionales
 
 

Todavía Enildo echa de menos a su cementerio

Sepulturero por casi medio siglo en la necrópolis de San Carlos Borromeo, en la ciudad de Matanzas, el Héroe Nacional del Trabajo de la República de Cuba no cree en fantasmas, ni en vidas de ultratumba, no teme a la oscuridad, ni al silencio, no siente miedo por casi nada…salvo por Justina
Todavía Enildo echa de menos a su cementerio.

Enildo Pérez del Rosario, Héroe Nacional del Trabajo de la República de Cuba, sepulturero por casi medio siglo en la necrópolis de San Carlos Borromeo, de la ciudad de Matanzas, Cuba.

Texto y Foto JOHN VILA ACOSTA

Enildo Pérez del Rosario pasó la mayor parte de su vida codo a codo con la muerte, pero hoy piensa todavía que a “la pelona”, aburrida de verle, le toca esperar para llevarle definitivamente al mismo lugar de donde tantas veces emergió.

Sepulturero por casi medio siglo en la necrópolis de San Carlos Borromeo, en la ciudad de Matanzas, el Héroe Nacional del Trabajo de la República de Cuba no cree en fantasmas, ni en vidas de ultratumba, no teme a la oscuridad, ni al silencio, no siente miedo por casi nada…salvo por Justina.

Justina es su primera y única novia, ciega total desde hace tres años, una esposa que dijo “acepto”, aunque su prometido tenía uno de los menos populares oficios del mundo.

“Óyeme bien muchacho”- me dice Enildo- “si yo naciera 100 veces más, 100 veces sería enterrador, aquí en Matanzas tengo un amigo en cada cuadra, y en el barrio de Versalles no hay nadie que no me conozca”, alardea mientras mastica un tabaco en la puerta de su casa.

El anciano fuma pero no padece enfermedad alguna a sus 81 años de edad, tiene una memoria prodigiosa y es capaz de trazar un mapa del cementerio matancero sin una tumba más, o una menos, incluso recuerda algún que otro epitafio.

“Yo llegaba todos los días a las seis de la mañana y no sabía a qué hora iba a regresar a casa, muchas veces me agarraban las madrugadas, pero jamás falté al trabajo”, cuenta el Vanguardia Nacional durante 25 años consecutivos, ahora jubilado.

Todavía Enildo echa de menos a su cementerio.

Recuerda la sensación tan triste que deja el enterramiento de un niño, pero afirma que “siempre traté de no abrumarme con los problemas de la gente”, lo dice con perceptible emoción.

Hay un tema con el cual Enildo no se siente cómodo, él esquiva la pregunta cuando lo interpelo acerca del dolor acumulado, sobre las sensaciones amontonadas después de 50 mil entierros, del último adiós a padres de familia, a madres consagradas, a hijos ejemplares, de la tragedia de un niño, de esas cosas Enildo Pérez prefiere no hablar demasiado.

“Cuando entierras un niño ¡imagínate!, sabes que la vida de sus padres nunca va a ser la misma en adelante, es imposible mantenerse al margen de semejante sufrimiento, pero siempre traté de no abrumarme con los problemas de la gente”, habla y se le atragantan las palabras.

Enildo también lloró en entierros y en 2001 despidió a su madre, aunque no fue él quien la bajó con cuerdas a la fría oscuridad de la bóveda, aquel día el usual sepulturero fue el sufrido, nadie más.

“Todavía hoy extraño el cementerio-se confiesa- después del retiro me tocaron a la puerta varias personas para que las orientara sobre uno u otro panteón, y jamás le negué ayuda a nadie, considero que el secreto de este empleo radica en la sensibilidad de sus trabajadores, no se puede hacer bien lo que no se siente”, sentencia. (ACN).


ACN

 
ACN