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Publicado el 6 Junio, 2018 por ACN en Nacionales
 
 

Los pequeños detalles de la protección al consumidor no pueden fallar

Más allá de la ausencia o pobre oferta de algunos productos -que pudiera tener explicaciones diversas y comprensibles-, aspectos fundamentalmente de actitud determinan la desfavorable situación de hoy en la mayor parte del sector
Los pequeños detalles de la protección al consumidor no pueden fallar.

Detalles como la adecuada higiene y una sonrisa a la hora de brindar el servicio, dicen mucho del respeto al consumidor.(Foto: telepinar.icrt.cu).

Por ELIZABETH REYES TASÉ

Si bien en casi todos los aspectos de la vida se defiende que la forma no debe prevalecer sobre el contenido, las opiniones divergen al hablar de gastronomía en Cuba, donde la falta de una verdadera cultura del detalle atenta contra la satisfacción de los clientes.

Más allá de la ausencia o pobre oferta de algunos productos, lo cual pudiera tener explicaciones diversas y comprensibles, aspectos fundamentalmente de actitud determinan la desfavorable situación actual de la mayor parte del sector.

Agravados, en algunos casos por negligencias en el cuidado y limpieza de las instalaciones, problemas como poca calidad, desatención o maltrato, violaciones de horarios, falta del fondo en dinero para dar cambio y lentitud en el servicio, son evidentes hoy en cafeterías, restaurantes, heladerías y otras unidades gastronómicas.

Proporcionar el alimento solicitado no es sinónimo de atender y mucho menos satisfacer a un cliente, porque la culinaria es un arte que nos acerca a las características y cultura propias de una nación e implica, entre otros aspectos esenciales, creatividad, conocimiento y respeto.

Por esas razones, cuando mucho se habla en Cuba de protección al consumidor, a partir de la publicación de la Resolución 54/ 2018 del Ministerio del Comercio Interior, repaso la última experiencia personal en virtud de reflexionar sobre el arte del buen servir.

La vivencia, de hace solo algunos días, quizá ya conste en la historia de muchos y pudiera repetirse en la cotidianidad de cualquier cubano que, ante la demora en un salón casi desierto, amanse la espera observando cada detalle del local.

“Puede sentarse ahí mismo, si no le molesta”, me dijo con naturalidad la gastronómica y accedí, después de comprobar la aceptación del otro cliente, y buscando también mayor celeridad en la atención.

De nada sirvió, pues transcurridos algunos minutos el señor terminó su desayuno y se retiró, deseándome un buen provecho, mientras yo seguía esperando el pedido.

Ya había notado que todas las mesas estaban preparadas con platos de presentación, cubiertos y copas, menos la mía. También me llamó la atención el contraste entre los respaldos de las sillas, adornados con telas y lazos, y el material de los cojines, en franco estado de deterioro.

En eso pensaba cuando, al parecer sorprendido de verme aun allí y sin desayuno, el joven que tomó la orden a la entrada de la instalación me preguntó: “¿Todavía?”. Esbocé apenas una mueca condescendiente, empeñada en encontrarle un por qué a las manchas de la pared, el ventilador y los cristales sucios.

Transcurrido otro lapso de tiempo que no alcancé a precisar, mi desconcierto llegó al límite pues otra trabajadora del lugar, al salir del área de elaboración, inquirió: “¿Usted espera algo?”

Es cierto que el pedido requiere un mínimo de elaboración, me dije, pero ¿qué justifica tanta dilación para servir a una sola persona?, ¿cómo pueden trabajar bien si es evidente la descoordinación en el colectivo?

Cuando finalmente me trajeron el desayuno, para endulzar el café con leche tuve que emplear la cucharita de la azucarera, porque la mía nunca llegó, como tampoco apareció el tradicional vaso con agua o la necesaria servilleta, para no salir con las manos sucias de la grasa del pan con tortilla.

En medio de aquel panorama solo pude pensar, ¿si esto es así para atender a un solo cliente, cuántas serán las incongruencias a salón lleno?

Inevitable resulta preguntarse, además, ¿cuál es en las mañanas el ritual previo a la apertura de una institución gastronómica?, ¿cómo se preparan para el servicio?, ¿quién supervisa y decide que todo está en óptimas condiciones para recibir al público?

Reconozco que la culpa también es mía por no protestar al momento y exigir mis derechos, porque a cada lado del mostrador los protagonistas de esta historia estamos llamados a jugar bien nuestro papel, en aras de hacer realidad el cambio.

Urge entonces llamar la atención, tanto de administrativos y trabajadores de la gastronomía, como del pueblo en general, para que la necesaria y esperada norma de protección al consumidor no caiga en terreno infértil.   (ACN).


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