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Publicado el 11 Julio, 2018 por ACN en Nacionales
 
 

Amor, bálsamo que necesitan y merecen nuestros mayores (+ video)

¿Cuántas veces han escuchado en tono despectivo la palabra viejo? Por lo general, ese vocablo sale de los labios de alguien que parece tener la fuente de la eterna juventud y se pasea por la vida subestimando y desdeñando todo aquello que no le parezca
Amor, bálsamo que necesitan y merecen nuestros mayores.

El humanismo, los valores y los mejores sentimientos se acrecientan cuando el amor media la relación de los longevos con personas de otras generaciones quienes los tratan como merecen para garantizarles una adecuada calidad de vida. (Foto: residencia-de-ancianos.es).

Por LEYDIS TASSÉ MAGAÑA

A casi nadie le gusta pensar en ella; quizás haya quien le tema menos a la muerte que a la sombra blanca y grisácea que cubrirá la cabellera, a las líneas que surcarán la piel estirada de los años lozanos, a la ley de gravedad que no perdonará ni un centímetro del cuerpo y a la pérdida del cuerpo definido, del cual suele vanagloriarse con la complicidad del espejo.

Sí, se sabe que es inevitable pero muy pocos piensan en la vejez, esa que tal vez vean materializada en el abuelo que vive contando historias, en la abuela que les parece prepara los dulces más ricos del mundo, o en los señores que encuentran cada mañana sentados en el parque leyendo periódicos y debatiendo sobre los temas más insospechados.

Esas personas a las que muchas veces -y no solo los jóvenes-, pasamos inadvertidas; a las que tildamos de anticuadas por dar un consejo; a las que tratamos como seres frágiles y no capaces de crear, aportar y tomar decisiones; a las que hemos reprochado la lentitud de sus pasos y la falta de memoria que suele imponer el paso del tiempo.

¿Cuántas veces han escuchado en tono despectivo la palabra viejo? Por lo general, ese vocablo sale de los labios de alguien que parece tener la fuente de la eterna juventud y se pasea por la vida subestimando y desdeñando todo aquello que no le parezca “fresco, fuerte, vigoroso y lleno de vida”.

A desorientación, inutilidad y unas cuantas pérdidas de facultades se asocia la tercera edad, natural etapa de la existencia que si bien desencadena varias limitaciones físicas, no debe verse como un castigo o estorbo, sino como un estado natural que debe asumirse de la mejor forma posible, por el propio adulto mayor y por aquellos que lo rodean.

Términos tan llevados y traídos como cariño, comprensión y empatía, plasmados en uno que otro spot radial y televisivo, al igual que en revistas, plegables, trabajos periodísticos y otros espacios para sensibilizar sobre el tema, son -por suerte- realidades en no pocas familias y comunidades en las que, al igual que los niños, los ancianos son un tesoro.

Sin embargo, el humanismo, los valores y los mejores sentimientos se resienten cuando la sombra del maltrato media la relación de los longevos con personas de otras generaciones que los tratan como si fueran una carga, sin pensar que ante todo son seres humanos, y sin llevar en el corazón la añeja premisa de que amor con amor se paga.

Mírese usted la cara, los labios carnosos, las manos y las piernas firmes; observe de igual forma al “viejito” o la “viejita” que tiene a su lado y tan solo piense que sus rostros también inspiraron piropos y que sus labios besaron apasionadamente.

Medite que, esas manos, ahora temblorosas, evitaron incontables veces que usted se cayera, y que con esas piernas hoy endebles protagonizaron muchas carreras en la vida.

Que el cariño, la comprensión y la empatía dejen de ser palabras colocadas en mensajes de bien público y comiencen a ser parte de nuestra cotidianidad, para profesarlos no solo al anciano que es parte de la familia o amigo; sino también a aquel que vemos en la calle, tal vez desaliñado, y que nos parece un caso lejano.

Un longevo que al igual que usted, fue “fresco, fuerte, vigoroso y lleno de vida”, y que hoy pide a gritos, al menos, un poquito de amor. (ACN).


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