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Publicado el 13 Agosto, 2018 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

Fidel rumbo al combate de Guisa

Estancia del Comandante en Jefe en el municipio de Buey Arriba

Por: ELVIN FONTAINE ORTIZ

La Columna 1 al mando del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, partió el 11 de noviembre de 1958 desde Comandancia de La Plata y bajó hasta el barrio de Santo Domingo; el 12 acampó en Providencia; el 13 estaba en un lugar conocido por el Verraco; siguió por Frío de Naguas, Los Lagiales, Los lirios y siguió el 14 hacia el Descanso.

El sábado 15 de noviembre Fidel y la tropa rebelde se habían puesto en marcha y descendió por la loma Saca Lengua, nombre tomado por la finca homónima de Ramón Corría. El sinuoso y pendiente camino entre piedras, era un banqueo con siete curvas muy estrechas que solo permitía el paso de un hombre a caballo. Más tarde se detuvieron en el bohío de Ramón Tasé, él y sus hijos Engelberto y Ana eran militantes del Partido Socialista Popular y colaboradores del Ejército Rebelde. Después de un descanso, continuaron bajando hasta la casa de Ramón Corría situada en un recodo del río. La tropa continuó por el barrio Banco Arriba hasta llegar al barrio La Estrella en las márgenes del río Buey.

Fidel acampó en un lugar conocido por los Mangos de López, su dueño era Ramón López, quien vivía junto a su esposa Rosa. Cerca de río Buey estaba la tienda de Ubalérico Marrero, más arriba se veía la explanada que los vecinos utilizaban como campo de pelota en sus escandalosos domingos, donde se celebraban encuentros de béisbol, a veces violentos. Cerca de allí estaba la barbería de Betico Rodríguez y una herrería. Un poco más hacia el este, a un costado del río Guasimilla, estuvo enclavada la auditoría del Ejército Rebelde, dirigida por el capitán Antonio Llibre Artigas.  Esa noche, Marcelo Verdecia Perdomo, hoy general de brigada de la reserva, armó las hamacas de Fidel y de Celia dentro de un cacahual cercano a un gran árbol que algunos historiadores dicen que era un jobo, pero fue derribado por el huracán Flora en 1963.

El domingo 16 de noviembre la tropa rebelde permaneció acampada en el mismo lugar. Celia Sánchez y una vecina bajaban al río a lavar las ropas y se encargaban de la cocina en la casa de López. La presencia de Fidel en La Estrella corrió como pólvora encendida por los barrios cercanos y en poco tiempo se habían reunido decenas de campesinos para verlo, saludarlo y oírlo. El Comandante se situó en un alto y les dirigió la palabra a los presentes. Los exhortó a que no abandonaran la Sierra, que sembraran café y otros frutos porque la guerra no había terminado y era necesario producir para ellos y los combatientes.

Fidel rumbo al combate de Guisa.

Ruta del Comandante en Jefe desde La Plata hasta Guisa.

Entre la multitud se encontraba mi hermano menor, Erge Joel Fontaine Ortiz, quien recuerda el encuentro de Fidel con Augusto Poll, un haitiano flaco de unos sesenta años, vecino de la zona. De pronto Fidel lo vio y le preguntó:

—Augusto, ¿qué tú haces por aquí?

Yo vive en una colonia que tienga aquí celquita.

Se produjo un corto diálogo entre los dos y los presentes se quedaron sorprendidos. Un haitiano discriminado por la mayoría, conversaba con el líder de la Revolución. No sabían que Augusto Poll había trabajado años atrás en la finca Birán-Castro y Fidel lo conocía desde su infancia, de los barracones donde los haitianos le ofrecían con cariño su comida y él comía boniato y maíz asados.  Uno de los presentes trató de que los campesinos no se acercaran demasiado y la respuesta de Fidel fue contundente:

“¡Déjalos que lleguen, ellos fueron y son los mejores amigos de nosotros, los que nos ayudan en la guerra!”.

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En la década del 1970 escuché y escribí algunas de las anécdotas y comentarios del Comandante durante las conversaciones de sobremesa durante los recorridos por el interior del país.

Recordaba la vida campestre y feliz de su Birán natal. Su casa fue construida sobre pilotes de un árbol llamado caguairán, era de tipo gallega. Al lado había una vaquería que se cogió para garaje del pisicorre.  Se alumbraban con candiles y velas hasta que en el año 1930 su padre Ángel compró una planta eléctrica que cargaba unos acumuladores y luego de apagarla, dejaban sólo las luces necesarias. En su casa se usaban velas para alumbrarse, a pesar de que era de un terrateniente propietario de tierras y ganado. Más tarde, Ángel compró un radio, pero él era el único que lo sintonizaba. También había una victrola y un fonógrafo que tenía pintado un perro. En aquellos tiempos había un hombre que iba dos veces al año a cazar a la finca, pero lo hacía con toda solemnidad y un ritual esmerado. Llegaba cargado de escopetas, equipos y cosas para la cacería. Pero también Fidel cazaba con un tirapiedras, palomas, pericos, zorzales y otros pájaros. El mismo preparaba su arma con ligas sacadas de las cámaras de las gomas de los camiones y luego le ponía un pedazo de una lengüeta de un zapato viejo. Cuando cazaban un guariao, era una fiesta para ellos, pero le gustaba más para comer la becasina. Recordaba que cuando tenía unos trece o catorce años un hurón lo mordió en un pie, pero nadie sabía que ese animal era transmisor de la rabia.  Recordaría también el arroz con jicotea que hacían en su casa; cuando montaba su caballo dorado llamado Careto y Ramón subía a su caballo Rosillo y cabalgaban felices por los campos de la finca. Recodaba al gallego García, el responsable del ganado. Era un hombre analfabeto y aprendió a cocinar en la casa de Birán, pero el viejo Ángel protestaba porque le quedaba cruda la comida y se gastaba mucho. García era republicano y tenía espíritu de clase pero el Ángel decía que era comunista.

Cuando había que agarrar una gallina, era toda una ceremonia para ellos. El tirapiedras lo utilizaban como deporte para tirarles a los pájaros. En ocasiones emborrachaban a los patos, le echaban alcohol al maíz y estos animales salían dando tumbos. También cazaban auras tiñosas con trampas, porque estas aves de rapiña se comían los pollos y los huevos. Nunca vio un animal más duro que la tiñosa.

Fidel rumbo al combate de Guisa.En su casa había un fusil Winchester calibre 44 y una escopeta Browning. Un buen día andaba por la finca, vio a un hombre pasar por una guardarraya, era de apellido Mendoza, y se hizo la idea de que estaba en algo raro. Sin pensarlo mucho, montó el Winchester y le dijo:

— ¡Alto!, pero el hombre sin inmutarse respondió:

— ¡Alto de qué carajo!

Era un mambí que peleó en la Guerra de Independencia y pensaría que cómo un vejigo de un terrateniente le iba a dar el alto.

En aquella época ellos iban a los Pinares de Mayarí, donde había una verdadera sinfonía con los cantos de los pájaros. Les gustaba ir a esos parajes, era un lugar ideal porque había muchas piedrecitas muy apropiadas para los tirapiedras y muchos pájaros para cazar. “Era el lugar más bonito que he conocido en Cuba. Después volví pero ya todo estaba desecho.  Hubiera sido el lugar más bueno para el descanso de miles de personas. Se debían preservar los bosques para lugares de descanso”. Estos recuerdos de su infancia lo llevaron a expresar en otra ocasión que le gustaría vivir en Perú por sus ríos y selvas. En el campo le gustaba ver llover para dormir y recibir la inefable sensación de que uno está bien tapado.

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Durante ese día fueron llegando pelotones de soldados rebeldes como refuerzos a la Columna 1. Esa noche del 16 Fidel apenas durmió debido a reuniones con los jefes que se fueron incorporando.

También escribió una carta a uno de los comerciantes de Las Minas de Bueycito.

  1. Maestra

 Nov. 16,58

 Nassín [Haddad]:

Te ruego le sirvas una factura de nuestra mercancía al Capitán Ignacio Pérez incluyendo los números de zapatos que él dirá. Es para una tropa en marcha que encontré cerca de aquí.

Lo saluda

Fidel Castro Ruz [firma]

Esa noche o al amanecer del día 17 el jefe rebelde y sus hombres se trasladaron para la tienda y casa de madera y zinc, conocida como la tienda de Máximo Fernández, elemento partidario del gobierno de Batista; él y su familia se habían marchado debido a las acciones militares en aquella zona y su casa sirvió de campamento a un grupo de escopeteros. La vivienda estaba situada al borde del camino entre La Estrella y San Miguel, Buey Arriba, hoy provincia Granma.  Ahora ese sitio lo nombran La Estrellita.

Fidel rumbo al combate de Guisa.

Sitio histórico donde acampó Fidel, en La Estrella, del 15 al 17 de noviembre de 1958.

Mi padre y yo pasamos a caballo a unos pocos metros del portal y le dimos los buenos días, contestó y siguió leyendo.  Recuerdo no haber visto una posta o alguien protegiendo aquel local. Fidel estaba parado al lado de la baranda de madera del portal. Vestía un pulóver negro de mangas largas, que en el lenguaje guerrillero era conocido por sudario, y pantalón verde olivo de campaña.  Escribía o leía algún documento, abstraído totalmente del mundo exterior, en ocasiones levantaba la cabeza para responder el fraterno saludo de algún campesino que pasaba el camino.  Quien sabe qué informe leía sobre la marcha de la ofensiva rebelde y la retirada de las fuerzas enemigas.  Seguimos hasta el poblado de Las Minas a comprar los víveres necesarios después del largo bloqueo impuesto por las tropas de la tiranía de Batista.

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Hacía más de diez meses que ninguno de la familia podía bajar a los poblados donde había soldados enemigos; pesaba la amenaza de secuestrar a uno de nosotros para después exigirle a mi padre que se presentara, capturarlo y asesinarlo; él era luchador clandestino y militante del PSP, colaborador y luego combatiente del Ejército Rebelde, como asistente de la auditoría que dirigía el capitán Antonio Llibre Artigas. Mi hermano, Elgin Ramón, era soldado del Ejército Rebelde; había combatido durante la ofensiva del ejército enemigo bajo las órdenes del capitán Israel Pardo Guerra. Estuvo en la acción donde hirieron al asesino coronel Ángel Sánchez Mosquera.  Allí conoció a Fidel una noche cuando los soldados comenzaron a disparar desde el cerco y los dos se protegieron detrás de un gran peñasco.  Mi hermano más tarde se unió a la columna de Camilo Cienfuegos e hizo la invasión hasta Las Villas.  Hoy es coronel de la reserva.

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Tiempos después se publicaron algunas de las cartas que Fidel escribía al señor Andrés Morales y a Faustino Pérez.

Sierra Maestra

Nov.17.58

Sr. Andrés Morales

E.S.M.

Estimado Señor:

Envío al compañero Eduardo Méndez con la misión de hablar con usted y le haga llegar a sus hijos que son militares honorables una exhortación mía a que se unan a la causa justa de la Revolución. Mucha sangre de hermanos ha costado esta lucha, con hombres que caen de uno y otro lado. Es preciso que la tiranía desaparezca. Usted que ha sufrido muy de cerca las desdichas de su patria es uno de los llamados a ayudarnos en esta noble cruzada, para que sus hijos y nosotros no sigamos combatiéndonos.

Lo saluda fraternalmente,

Fidel Castro Ruz [firma] 

Sierra Maestra

Nov.17.58

Faustino [Pérez]:

Llegué aquí tarde. Los guardias como habíamos supuesto, recibieron la orden de partir. Miguel [Aguilar] que ya estaba en el camino lo primero que hizo cuando llegó el jueves por la mañana fue hacer una carta de su puño y letra, que era una grosería, con la que acompañó la mía que iba en un sobre cerrado. El capitán al leer la de Miguel que iba abierta, se negó con toda justificación a leer la mía. 

Lo segundo que hizo Miguel fue retirarse de manera bastante vergonzosa al otro día dejando pasar el refuerzo. El único que hizo resistencia durante 3 horas fue Curunó [Braulio Curuneaux] con 12 hombres.

En consecuencia, los guardias de las Minas se fueron. Fue una chapucería imperdonable. Acabando de salir los guardias llegaban aquí la gente de Luis Pérez, el Mexicano [Francisco Rodríguez], parte de los fusiles de los guardias que se unieron, la tropa de Ignacio [Pérez] y los dos morteros. Gente que vino toda de lugares muy distantes y llegaron puntuales a la cita. Miguel pudo haber rechazado el refuerzo con los sesenta hombres armados que tenía y las bombas contra las tanquetas. A los de las Minas no había que tirarles un tiro; pero al llegar las tanquetas pudieron irse.

Tanto a una tropa como a la otra se le ocasionaron bajas. Pero de esto no vale la pena ni hablar. Las Minas están ya en territorio libre. Quedaba poca mercancía y [se] dejó casi toda porque es lo único con que cuentan los vecinos de esta zona para los próximos días. Compramos solo latería y otras cosas que no suelen adquirir los consumidores. Si no ocurre hoy algún imprevisto sigo viaje con la tropa reunida a realizar la operación en otro punto. Luego regresaré hacia la zona de Canabacoa según los planes, que desde luego pueden ser modificados de acuerdo con las circunstancias. Todo depende del desarrollo de las operaciones en los demás frentes. […]

Fidel rumbo al combate de Guisa.

Farmacia que visitó Fidel el día 17. Se supone que para conocer la existencia de medicamentos.

(El Comandante en Jefe continúa la carta para referirse al tema de las comunicaciones e imparte otras orientaciones al compañero Faustino Pérez).

Sierra Maestra

Nov.17.58

Eduardo [Fernández]:

Hay que trasladar la planta. Hazlo durante el jueves y el viernes, para salir al aire si es posible el mismo viernes por la noche. Tienes que ir para los Pinos, cerca de Juan Machado. [Luis] Crespo te indicará. Lleva todos los aparatos que trajo el avión para ver si sirven de algo en el llano.  Voy a ver si consigo por aquí abajo una planta eléctrica.  Si la consigo Crespo te dirá. Si no, trae la que tienes. Habla de esto con [Carlos] Franqui, para que lo anuncie y prepare también su traslado. Los locutores deben hacer su casa inmediatamente y tú preparar defensas antiaéreas para el nuevo punto. Juan Machado dará facilidades.

Te repito: que hay que anunciar el día antes que radio Rebelde no saldrá al aire en dos días, debido a la necesidad de trasladar el equipo.

    Saludos

    Fidel Castro Ruz [firma]

El lunes 17 en horas de la tarde o de la noche, la Columna 1 se puso en marcha, continuó el sinuoso camino real para seguir por los numerosos pasos del río Buey, cruzó los barrios el Macío, San Miguel, Santa Rosa y la finca La Otilia, que fuera campamento del comandante Ernesto Che Guevara meses atrás; llegó al último paso del río hasta llegar a las Minas de Buey Arriba.

El poblado era un remedo de un pueblo del Oeste norteamericano. Un callejón central cubierto de polvo negro del manganeso, bordeado de casas y comercios, atravesaba desde el río Buey hasta el Alto del Manguito a la salida hacia Bueycito. Sus tiendas y cantinas rodeaban una pequeña plaza central al centro de la cual había un árbol llamado anacahuita, cuya sombra aprovechaban los limpiabotas y los visitantes para amarrar sus cabalgaduras; otros ataban sus bestias en las barandas de los portales de los establecimientos. En algunos bares, aun merodeaban algunas prostitutas de procedencia desconocida, quienes ofrecían sus servicios sexuales a los soldados de Batista y otros que acudían a tales fines. Algunos de los jinetes, dueños de fincas, vestían sus pantalones de montar, sus camisas a cuadros con mangas largas; calzaban sus botines altos adornados con espuelas y cubrían sus cabezos con sombreros caros de varios tipos. Los más pobres vestían sus ropas simples y llevaban su sombrero de yarey.  Las victrolas de los bares regalaban la música mexicana, boleros y otros ritmos de la época. Parecía una gran feria donde decenas de hombres y mujeres acudían a comprar los más diversos productos.

Fidel rumbo al combate de Guisa.

Plaza central de Las Minas.

Cerca de la anacahuita estaba el bar de Luis Veloz, militante del Partido Socialista Popular, su fachada era de ladrillos rojos.  Allí se reunían los comunistas y simpatizantes a conversar y tomar cervezas.  Los elementos anticomunistas bautizaron el lugar con el nombre de La Jicotea rusa.

Durante el día Las Minas recobraba sus actividades, era el primer pueblo liberado por el empuje del Ejército Rebelde. Las tiendas mixtas estaban llenas de clientes; las carnicerías, herrerías, la farmacia del doctor Eliecer Soler Esteban, panaderías y otros comercios ofrecían sus servicios libres de amenazas después del largo bloqueo impuesto por los militares. Era una especie de feria por su liberación.

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El Comandante en Jefe estaba molesto y profirió algunas palabras fuertes porque conocía desde días atrás que los soldados del cuartel se habían escapado por culpa de un negligente capitán rebelde.

La idea estratégica de Fidel era cercar y rendir la tropa acuartelada en Las Minas. Como parte del plan, tenía previsto situar emboscadas en los accesos al poblado para contener y evitar los refuerzos que presumiblemente enviarían desde Bayamo a la tropa cercada. Según las informaciones de aquel momento, el capitán que estaba al mando de la guarnición mantenía un buen trato con los vecinos y quizás comprendía mejor la situación de la guerra y la lucha del Ejército Rebelde.

Del libro ¡No pasarán Comandante!, de Ernesto Pérez Shelton,  tomo las siguientes notas:  

“[…]  Apenas siete días atrás el Comandante había enviado al jefe de la guarnición enemiga un mensaje en que lo invitaba en términos respetuosos a deponer las armas y sumarse al Ejército Rebelde, con sus hombres de confianza.  Ada Bella Acosta Pompa, del pequeño grupo de la escuadra de las Marianas cumplió la misión:

Bajé sola –recuerda Ada- y por orden de Fidel le entregué una carta al capitán Miguel Aguilar para el jefe del cuartel, pero Aguilar hizo lo que quiso y además de la carta de Fidel le envió una propia suya insultando al jefe enemigo, usando términos groseros y vejaminosos.  Al parecer, la carta de Fidel llamaba a la rendición del cuartel sin derramamientos de sangre.

[…] El oficial se negó a recibir la carta del máximo jefe rebelde.  Si yo misma hubiera entregado la carta al jefe del cuartel, otra cosa hubiera sido…

[…] Al día siguiente, ese mismo capitán rebelde permitió salir a las tropas de [Las Minas de] Bueycito al encuentro del refuerzo que venía de Bayamo, incumpliendo la que tenía, sin hacerle resistencia alguna… Los guardias se fueron y se llevaron las armas…”

El capitán Braulio Curuneaux con un pelotón de unos doce hombres trató de cortarles la retirada a los soldados, resistió unas horas, pero no pudo evitar la retirada enemiga.

De la Oficina de Asuntos Históricos tomamos este texto:

“Es tremenda la indignación del Comandante en Jefe al comprobar que por alarde grosero del jefe de un grupo rebelde y posteriormente la retirada vergonzosa de sus fuerzas, permitió que los soldados escaparan de Las Minas de Buey Arriba”.

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Tienda de los hermanos Habich, donde Fidel se reunió con los comerciantes de Las Minas para pedirles que abastecieran sus tiendas.

Fidel se reunió en la tienda de los hermanos de origen libanés, Nazín y Jorge Habich, con un grupo de comerciantes que habían apoyado al Ejército Rebelde. Estuvieron presentes los moros Habich, Gerardo, Lalo, Veloz, su hermano Luis Veloz, Juan Robles, Juan Vega Ríos, Genaro Vázquez, Francisco Aguilera, Aníbal Planchuelo, Angelito Tamayo; un comerciante de apellido Frías y sus hijos Edito y Pepe, entre otros. Fidel comió, luego visitó la farmacia del doctor Eliecer Soler Esteban.

En junio del 2009, durante una entrevista al compañero Antonio Llibre Artigas, este manifestó que Fidel autorizó a que tomaran una cerveza, otros tomaron refrescos fríos.

Según datos de la Oficina de Asuntos Históricos:

“Entre la una o las dos de la madrugada la Columna 1 [martes 18] se puso en marcha, cruzó los potreros de San Rafael y más tarde llegó a orillas del río Yao. Compraron pan en una panadería, cruzó el río y subió por un estribo hasta Maguaro, continuó hasta Francisco de Arroyón y finalmente acampó en la casa de Leovigildo Domínguez, al que conocen por el apodo de Mayoral”.

La versión del compañero Miguelito Milanés es la siguiente:

De Las Minas salieron entre la 01:00 y las 2:00 a caballo y más tarde se detuvieron en el arroyo Macanacú donde se quedaron esa noche.  Acamparon en un monte para no ser detectados por los aviones, no pudieron cocinar y comieron de la comida enlatada que tenían de reserva.  Pasaron por el poblado de San Pablo de Yao y en una panadería compraron pan que comieron con salsa de tomate.   

El martes 18 de noviembre, bajo el mando del Comandante en Jefe, marchan en la Columna No. 1, entre otros, el comandante Francisco Cabrera Pupo, Paco, la compañera Celia Sánchez, los capitanes Reinaldo Mora, Rafael Verdecia, conocido por Pungo, Ignacio Pérez, Rodríguez, el Mexicano, Luis Pérez y Antonio Llibre Artigas; forman parte del grupo el ingeniero Miguel Ángel Calvo, jefe de la Sección de Minas; el teniente Luis Borges Alducín, dentista devenido como responsable de todas las municiones de la columna; Javier Gómez (el capitán Tony) que tenía a su cargo el traslado de la planta de Radio Rebelde y Arturo Aguilera, conocido por Aguilerita debido a su estatura, jefe de transporte de la tropa rebelde y Humberto Sorí Marín, traidor a la Revolución. Como parte de la escuadra de la Comandancia y en funciones de seguridad, van Orlando Pupo Peña, Marcelo Verdecia Perdomo, Marino Díaz Oliveros, Miguel A. Cañete Zayas, Nangue, Miguelito Milanés, como cocinero, un grupo de las Marianas Grajales y otros combatientes. Siguieron su avance tomando medidas por las posibles incursiones de la aviación enemiga hasta llegar cerca del poblado de Guisa donde se libró días después una gran batalla.  Esa es otra historia ya escrita.

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Fuente: La contraofensiva Estratégica, Fidel Castro Ruz.


Redacción Digital

 
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