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Publicado el 8 Enero, 2019 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

Editorial: Carta Magna fruto de construcción colectiva

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(cubahora.cu)

Tras un debate sin precedentes y más de cuatro décadas después de que la inmensa mayoría de los cubanos dijera Sí a su Carta Magna en 1976, se vuelven a evaluar las realidades y los tiempos de hoy, ante la necesidad de establecer las nuevas bases sobre las que se asienta el Estado, y garantizar derechos y deberes ciudadanos en una nueva Constitución.

Luego de las reformas constitucionales de 1978, 1992 y 2002, que introdujeron, entre otros, conceptos vitales como la irrevocabilidad del sistema socialista cubano y la prohibición de negociar bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera, ahora el país se centró en una reforma total de su ley de leyes para que sirva mejor al pueblo y a su Revolución.

Desde que la de 1976 fue proclamada por la Asamblea Nacional del Poder Popular en la fecha simbólica del 24 de febrero, en Cuba han tenido lugar profundos cambios sociales, la ciudadanía es más culta y diversa, se ha conceptualizado la visión de la nación, se cuenta con lineamientos económicos y sociales y ejes de desarrollo estratégico a mediano y largo plazos. A la vez se han suscrito acuerdos a tono con el contexto internacional.

Ese complejo escenario reclamaba una ley fundamental más inclusiva, que diera respaldo a los propósitos definidos y trazara las líneas para las restantes normas jurídicas, en correspondencia con el rumbo del país. Cuando en sesión de la Asamblea Nacional, el pasado mes de julio, se dio a conocer el anteproyecto y los diputados iniciaron el debate de su letra, tenían ante sí un texto que, además de guiar a Cuba en su desarrollo, reafirmaba los objetivos primigenios de la Revolución: luchar en todos los ámbitos por la equidad, el humanismo y la solidaridad, desterrar prejuicios, desigualdades, discriminaciones.

De por sí, su contenido se consideró entonces de avanzada, cuya redacción, a cargo de un grupo heterogéneo de especialistas, logró el encargo asumido. Estar encabezados por el general de ejército y primer secretario del Partido Raúl Castro, además de tener un gran valor simbólico, significó aprovechar su larga experiencia como revolucionario y estratega, garantía para que la nueva Constitución tuviera sello de continuidad, y dibujara la Cuba de los nuevos tiempos y del futuro. El propio Raúl consideró necesario dejar al pueblo la última palabra, y que fuera el debate nacional el que enriqueciera el texto y se alcanzara el consenso.

La convocatoria fue a escuchar la voz del pueblo, y eso se hizo. Más de 133 mil reuniones contaron con la asistencia de casi nueve millones de cubanos, cifras sin precedentes. Un proceso como ese solo es posible en un país como Cuba, gracias a la preparación cultural y política de la ciudadanía, que dio paso a la construcción colectiva de su Constitución.

Se recogieron cerca de dos millones de opiniones. Los equipos de procesamiento hicieron una labor minuciosa ejemplar, detalle a detalle, al igual que la comisión redactora que tomó en consideración las propuestas de modificaciones. Sin esa contribución excepcional del pueblo, la atención responsable con que las personas estudiaron el texto y lo enriquecieron, no hubiera sido posible una Carta Magna tan acabada y abarcadora.

En la pasada sesión de la Asamblea, en la que volvieron a analizar el proyecto, robustecido durante la consulta, los diputados elogiaron la savia colectiva con que se enriqueció y afinó su contenido. El pueblo sabe, es el que más sabe, fue opinión reiteradamente escuchada durante los días de trabajo en el Palacio de Convenciones. La participación popular superó las expectativas, al igual que la transparencia del proceso, pues hubo total libertad para exponer el parecer de cada quien, incluso algunas críticas a los principios que apoya la mayoría.

Sin duda, el mayor valor del texto lo aportó el pueblo, que es, al propio tiempo, su destinatario y principal garante. Y como será en el referendo convocado para la fecha patriótica del 24 de febrero próximo, cuando definitivamente se ratifique el texto aprobado por los diputados, otra vez se confía en que la ratificación del sí por el pueblo será la última palabra. Proceso más democrático y participativo habría que buscarlo.


Redacción Digital

 
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