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Publicado el 28 Enero, 2019 por Liset García Rodríguez en Nacionales
 
 

TESTIMONIO DE BOHEMIA

Tornado en La Habana: Dolor y solidaridad

La furia del viento de un fenómeno atmosférico raro en Cuba conmovió varios municipios de la ciudad, dejó una estela de destrucción de viviendas, tendidos eléctricos y telefónicos, arbolado, autos, que puso en acción a vecinos y autoridades, práctica que sí es habitual en la Isla
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En la calle Mangos, una de las más castigadas.

Por LISET GARCÍA

Fotos: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA

Osmani Peña Mayán abrazó a su esposa Yamila Núñez Pagés, y cerró los ojos. Solo a eso atinó luego de sentir un estrepitoso y ensordecer ruido, como el de la turbina de un avión, que pasaba muy cerca de su hogar. Cerró bien la puerta, la tomó de la mano y se quedaron tranquilos en una parte de la casa. Nunca había sentido susto mayor, “y mira que he corrido por los montes de la Sierra de los Órganos, solo y de noche”, dice.

Allí vivían desde 1987. Cuenta que cuando pasó todo y salieron del lugar, no había paredes ni techo. Solo un reguero de muebles, tristeza y gritos de horror ante tanto estropicio. “No sentimos cuando se cayó la casa, pues el ruido del tornado se hizo dueño de todo para dejarnos sin nada. Fueron dos segundos apenas”, agregó mientras acariciaba a su esposa, todavía con lágrimas en los ojos y estremecida al momento de la visita de BOHEMIA, al día siguiente del suceso.

Al fondo se veían varias personas apartando ropas mojadas, colchones, muebles… “Son los vecinos que vinieron a ayudarnos”, musita ella en medio de su tristeza. Con más ánimo, dijo después: “El resto de mi familia no estaba en casa, por suerte. Estamos todos vivos. Aunque nos duela lo que hemos perdido”.

El recorrido del equipo de reporteros, iniciado en el municipio de 10 de Octubre, encontró un panorama desolador en varias calles de la barriada de Luyanó, una de las zonas más destruidas por el tornado. La casa del matrimonio se ubica en Quiroga 205 entre Reyes y Blanquizar. Los apartamentos contiguos también perdieron las cubiertas.

Alrededor, en las calles Mangos, San Luis, Remedios y otras, el reguero de cables, postes eléctricos, árboles arrancados de raíz, escombros, autos virados al revés, confirman lo que muchos comentaban: “parece que ha habido un bombardeo, un terremoto”, “con qué furia el viento arrancó paredes, ventanas”, “hasta el piso lo levantó en algunas casas”, “nunca había visto nada parecido en tantos ciclones que han pasado por Cuba”.

Muebles de todo tipo yacen al sol, decenas de personas barren lo que el viento arrastró, acomodan sus pertenencias, limpian azoteas, recogen tanques de agua rotos y fuera de lugar.

En los alrededores de la iglesia de Jesús del Monte, ubicada en la Calzada de 10 de Octubre, hay varias viviendas demolidas por el tornado. Narran Mirna Peña Pérez y su hija Ailín Samón Peña que mientras veían el noticiero de la 8 de la noche, sintieron un ruido enorme y corrieron a esconderse debajo de la meseta de la cocina. Gritaron y gritaron al ver que de pronto se derrumbó el techo de la casa. “Mi nieto vino y nos sacó de debajo de los escombros, pero no hemos parado de llorar porque tenemos la casa en ruinas y dañados casi todo lo que teníamos”.

Muy cerca de la iglesia, Ángela Balsinde Herrera y su esposo José Alberto de Armas Morales, todavía sorprendidos por el estruendo que echó abajo el portal de su casa y el de la contigua, y varios techos de otras, comentan que nunca habían visto algo así: una bola roja enorme con tremendo ruido. Ella, de 56 años, nacida en ese lugar, pese a lo vivido conserva el optimismo y no pierde los deseos de sonreír ya que “estamos vivos. Es increíble que no hayan muerto cientos de personas”, apunta. Mientras, el esposo mira al cielo y espera que le devuelva sus dos tanques de agua. “No sabemos a dónde fueron a parar. Deben andar junto con la cruz de la iglesia, que también voló.”

Del fondo sale otra vecina, Jessi Laffita Álvarez, de 23 años y trabajadora del Ministerio de Economía. El techo de su cuarto voló. Estaba allí junto a sus hijos, el esposo y la suegra. El viento entró por una ventana y lo levantó. “Tremendo susto, pero salimos ilesos. A una vecina le cayó una tablón en la cabeza. Yo misma le di los primeros auxilios y corrimos con ella. Ahora está hospitalizada en terapia intensiva”.

También perdieron los techos de sus casas otros vecinos. Sandra Acosta, de 10 de Octubre 668, comenta que se vio muerta en medio del desastre. “Se fueron las tejas, pero quedaron aguantadas por el falso techo, y eso nos salvó”, recuerda.

En Mangos 112, Beatriz Sosa Puentes, todavía cuenta horrorizada que el viento la tumbó dentro de su cuarto. “Arrancó el cristal de la puerta de la calle y lo revolvió todo. Mi esposo se levantó de la cama a cerrar la puerta del patio, pero el viento salió por donde quiso y tumbó un cuartico de madera que teníamos en la azotea. No creyó en nadie”.

Tampoco creyó en los santicos de otra vecina. Todos los tumbó y se llevó el techo. “Pero estamos vivas, mamá. No nos pasó nada a nosotras”, le ripostaba la hija.

También en la calle Mangos, Erenia Cid Díaz, rememoró que los cristales de la ventana de la casa de su hija fueron arrancados por esa mole roja con enormes destellos luminosos. Detrás vio otra bola gigantesca de color verde. Parecía que estaban endemoniadas. Frente a su casa arrancó también el Laurel de la India, un gran árbol plantado allí hace 35 años, que nos daba sombra, y ahora lo que da es pena”.

La cara de estupefacción de Karel Funcasta Barroso le va a durar un tiempo. No podía creer que su “almendrón” marca Buick, de 1954, fuera arrastrado más allá de cien metros. “Me parece que voló porque no hay marcas en la calle. Cuando no lo vi parqueado donde lo dejé, me horroricé. Chocó contra una palma que quedó derribada con el empujón. Se hubiera metido en la casa que está ahí”. El hecho ocurrió a un costado del Hospital Materno de 10 de Octubre, conocido como Hijas de Galicia, donde también hubo estragos. Pero se logró evacuar a tiempo a todos los pacientes y al personal. En la esquina del centro asistencial se ubica la iglesia de Luyanó, que perdió su cúpula, y el ding dong de la campana no podrá escucharse por ahora.

En San Luis 164 entre Quiroga y Remedios, otros siete apartamentos quedaron entre escombros. Santa Caridad Faget Buides, de 63 años nació allí. No se explica cómo la furia de la naturaleza fue tan cruel. Pero cuenta que la solidaridad entre todos los vecinos pudo más. “Salimos corriendo y logramos socorrer a uno que quedó presionado bajo el derrumbe. Rompimos una ventana y lo sacamos. Nos metimos todos en el apartamento del fondo y ahí pasamos el resto de la noche”. Ahora apila los recuerdos que pudo rescatar: un álbum de fotos, una planta ornamental, sus muebles. Aunque algunas cosas no son recuperables, “confío en que nos van ayudar”.

Para restañar tanto estrago las autoridades enseguida se movilizaron. Durará tiempo recuperar lo perdido, y como expresaron algunos, las soluciones llegarán aunque lo menos que necesitaba Cuba era un desastre así, dada la situación económica difícil que vive el país. Mientras tanto, brigadas de trabajadores de diversos sitios comienzan  sus labores, y miles y miles en las calles no detienen sus brazos en gesto solidario, de ayuda al perjudicado por el tornado que mucho tardará La Habana en olvidar.

De la carpintería de Blanquizar y Remedios no quedó nada.

La furia del viento no tuvo límites.

El abrazo de Osmani Peña Mayán a su esposa Yamila Núñez Pagés, lo único que se les ocurrió para prote-gerse de la furia del tornado.

Las hijas de Modesta Atencio cuentan el impacto sufri-do.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo que ocurrió en algunas viviendas ubicadas en la Calzada de 10 de Octubre.

Mirna y su hija estuvieron debajo de la meseta de la cocina hasta que las rescataron.

Rápidamente se acomentieron las tareas de recuperación.

En acción para restañar los daños y brindar servicios de venta de comestibles

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El almendrón que el tornado empujó más de 100 me-tros de donde su dueño lo dejó parqueado.

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Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez