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Publicado el 25 Julio, 2019 por Giovanni Martinez en Nacionales
 
 

El pez muere por la boca

Durante el recorrido, de aproximadamente una hora sobre las tranquilas aguas de la bahía santiaguera, nos acompañaron un sinfín de gaviotas confianzudas, que al planear casi rozaban la fisonomía de los navegantes. Un entorno verdaderamente único
El pez muere por la boca.
En el siglo XVI esta pequeña isla del litoral santiaguero sufrió ataques de corsarios y piratas franceses e ingleses.

Por GIOVANNI MARTÍNEZ

 Fotos: ANARAY LORENZO COLLAZO

Quienes deseen escapar del bullicio citadino en Santiago de Cuba, solo tienen que invocar al navegante aventurero que todos llevamos dentro y emprender una travesía hacia cayo Granma.

Era casi mediodía cuando este equipo de BOHEMIA embarcó en la lanchita –similar a las habaneras de Regla o Casablanca, pero de dos pisos– que nos llevaría hasta el islote.

Durante el recorrido, de aproximadamente una hora sobre las tranquilas aguas de la bahía santiaguera, nos acompañaron un sinfín de gaviotas confianzudas, que al planear casi rozaban la fisonomía de los navegantes. Un entorno verdaderamente único.

El pez muere por la boca.
La lanchita, similar a las habaneras de Regla o Casablanca, pero de dos pisos.

Antes, en la orilla, justo detrás del cartel de CUBA que resalta a todo color sobre el malecón de la conocida como ciudad indómita, mientras perseguíamos ese añorado reportaje sobre hombres curtidos de mar, enfrentados a grandes tiburones en las profundidades, a sabios pulpos bilingües, a sirenas cantantes… abordamos a un pescador, en busca de anécdotas del mundo marino.

Aquel señor, de edad avanzada, pero de piel recia y quemada, nos comentó que no viajaría en ese momento para el Cayo, pero exaltó las maravillas de su pueblo natal, incluso las culinarias, hasta el punto de sentirse –a juzgar por el ademán mientras nos contaba– hastiado de tanto sabor a mar.

En ese preciso momento el apetito se nos disparó y nos indujo a la reflexión de que como mejor se trabaja es con la barriga llena y el corazón contento. Así que abordamos ansiosos la pequeña embarcación, imaginando peces que caminarían junto a nosotros, nos preguntarían la hora y se harían selfies para subirlos a Facebook, e igualmente pescadores que nos contarían decenas de leyendas inéditas para relatar en las páginas de nuestra revista.

El pez muere por la boca.
Un camino empedrado circunda el islote a lo largo de sus dos kilómetros de extensión.

Al pisar el Cayo emprendimos la marcha por un hermoso camino empedrado que circunda el islote de dos kilómetros de extensión, mientras el sol intenso nos invadía hasta camaronearnos la piel.

Era alrededor de la una de la tarde cuando un lugareño se dispuso a llevarnos hacia un refugio antisolar, donde además se podía almorzar, según nos dijo. Llegamos a una casa como todas las demás, frente al mar, pero con mesitas y manteles en su terraza del primer piso. Subimos por una escalera de caracol y nos sentamos. Pedimos refrescos. En solo segundos nos hipnotizaron las suaves olas de intenso azul, hasta casi adormecernos.

Entonces se nos acercó ella, brisa marina, cariñosa y hospitalaria como Santiago entero, para ofrecernos, verbalmente, la carta de su paladar. Fue breve y precisa: “Tenemos rueda de sierra a ocho CUC y camarones a nueve”.

El pez muere por la boca.
Cayo Granma: un entorno verdaderamente único.

Justo en ese instante se escondió el sol, se agitó el mar y la brisa devino tornado. Fue como despertar de un salto al son de la alarma del reloj, esa que en las mañanas nos lanza sin piedad de la cama. Asimilamos la derrota y nos retiramos cabizbajos por la misma escalera, que esta vez pareció interminable. Con el mismo ímpetu y mucho más apetito, regresamos al muelle.

Eran más de las tres de la tarde cuando nos confirmaron que en solo minutos llegaría la embarcación. Y así fue, pero esta vez no era el navío que esperábamos. Nos montamos desorientados e ignorantes de que solo cruzaríamos hasta la orilla más cercana. En apenas 10 minutos estábamos en tierra firme de nuevo, pero en medio de una carretera desconocida, sin saber hacia dónde ir y por supuesto, lejos del centro de la urbe.

Por suerte llegó una guagua, marca Diana, y si alguien cree –al menos en La Habana– que se ha montado en un transporte público atestado, no sabe lo que es la vida. Nos bajamos, demacrados y rojizos, en algún lugar de la geografía santiaguera y, finalmente unas motos, transporte por excelencia de esa ciudad, nos regresaron al punto donde iniciamos nuestra aventura.

El pez muere por la boca.
De regreso al centro de Santiago, ya en tierra firme, sin perder la sonrisa.

Fue entonces, en un restaurante estatal del malecón, donde pudimos degustar un buen pescado frito al aceptable precio de 35 CUP, además de arroz a la marinera por solo 30 y tostones rellenos con camarones, por 25.

No conseguimos nuestro anhelado reportaje de pescadores arrastrados por fuertes corrientes hacia rincones oscuros del mar Caribe, ni caminamos junto a los peces entre las casas de cayo Granma; sin embargo, pudimos admirar, si bien exhaustos, la belleza natural de este pequeño pedacito de Cuba.

Cavilamos, de vuelta al aire acondicionado de la habitación del hotel, que no hay por qué hacer de sitios como este un pasatiempo exclusivo para el turismo de otras latitudes, sino también para el cubano, deseoso de conocer su tierra y de darse gustos en ella, aunque sean sencillos, pequeños, y claro, si grandes, mejor.

El pez muere por la boca.
Las gaviotas al planear casi rozan la fisonomía de los navegantes.

Giovanni Martinez

 
Giovanni Martinez