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Publicado el 6 Julio, 2019 por Liset García Rodríguez en Nacionales
 
 

Hombre con luz y dignidad

Los cubanos todavía nos debemos la gran obra maestra en la cual se cuente sobre nuestra saga de resistencia y de apego a la vida. Y el día que ese testimonio esté conformado, de seguro habrá algún personaje protagónico que nos recuerde a Heriberto Rosabal Espinosa

Por LISET GARCÍA

Fotos: GILBERTO RABASSA VÁZQUEZ

Es difícil hablar, escribir, del compañero, el amigo, el colega de tantos años. Heriberto Rosabal, o simplemente, Heri, como a menudo se le nombraba, ya no estará más en el colectivo de esta revista. Tampoco en los periódicos Juventud Rebelde y Granma, ni en el semanario Opciones, en los cuales aportó su sabiduría durante varias décadas.

Quizás sea inexacta la afirmación de que él ya no está entre nosotros, porque la huella que dejó y lo que quedó de él en cada uno de quienes trabajaron a su lado, no podrá borrarse. Incluso en la revista Moncada, donde dio sus primeros pasos periodísticos, en los finales de los 70. Y, más recientemente, en el programa Hablando Claro, de Radio Rebelde.

Según testimoniaron unos cuantos colegas suyos en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, que acudieron a la cita convocada por la Unión de Periodistas, la presencia de Heriberto seguirá latente porque él sobresalía por su sencillez y su talento original, su aguda capacidad analítica, cualidades que junto a su afán de justicia y de equilibrio, lo convirtieron en un hombre querido.

GRV

Solo habría que reprocharle esta absurda e intempestiva partida, que ha hecho su adiós tan doloroso para su familia y para sus colegas, casi sin tiempo para acomodar la idea de su ausencia. Apenas consuela saber que al ser humano que él fue, siempre con una carcajada y un juego de palabras en ristre, no le acomodaría saber que hay tristeza cuando se le recuerda.

Esa última de sus crónicas no se parece a la ingeniosa y sugerente que dejó escrita y se ha publicado post mortem en el sitio web de Bohemia y aparecerá en la edición impresa número 14. Pida por esa boca la tituló, y parecería que ahora repite la frase para pedir que atesoremos el pedazo de historia que le dejó a cada cual.

GRV

Por esa voluntad de recuerdo, la Cátedra de Periodismo Económico que él ayudó a crear y contribuyó a que creciera en el Instituto Internacional José Martí, llevará su nombre, a propuesta de los asistentes al homenaje.

Esa es la ruta que él marcó junto a otros periodistas, que ahora tienen un incentivo más para recorrerla y seguir elevando el oficio aprendido, con su luz y su dignidad

Las lecciones de Heriberto

Por Alina Perera Robbio

Los cubanos todavía nos debemos la gran obra maestra en la cual se cuente sobre nuestra saga de resistencia y de apego a la vida. Y el día que ese testimonio esté conformado, de seguro habrá algún personaje protagónico que nos recuerde a Heriberto Rosabal Espinosa.

Lo que con mayor intensidad me viene a la mente cuando recuerdo a este colega y amigo entrañable, es su batallar diario, sin estridencias y sin embargo tan lleno de coraje. Mis encuentros con él no se produjeron en grandes salones de luces amarillas, ni en recepciones de etiqueta. La caliente y siempre azarosa calle de Infanta, en Centro Habana, era el escenario principal de nuestras confluencias, de un abrazo familiar en el cual nos confesábamos mutuamente andar buscando cualquier cosa para la casa. Y siempre,antes de separarnos, en nuestro andar por La Habana, nos regalábamos una sonrisa cómplice, un gesto de alegría y terquedad porque “la jugada está apretada”, porque “candela mi son”, porque “me tiro y no llego al piso”, o porque, sencillamente, “sin comentarios, Ali…”.

Heriberto, en los últimos tiempos, se convirtió en colega cercano: El programa radial Hablando Claro de Radio Rebelde fue un espacio común; y en él, el hombre del cual hablamos hoy se ponía muy serio y se enfrentaba al micrófono con un mundo de argumentos y de datos que días antes había estudiado a conciencia. Hojas preñadas de notas y ejemplares de la prensa escrita eran parte del arsenal que él redondeaba con su sensibilidad y criterios tan propios, y sobre todo con su experiencia de cubano a quien nadie podía venirle con cuentos de lo que eran la lucha y el compromiso raigal.

Antes de esa temporada, muchos años antes, fue mi jefe en el equipo de Información Nacional del periódico Juventud Rebelde. Su desempeño estuvo marcado por un rigor y un equilibro que nunca me atreví a transgredir. La imagen más recurrente en mi memoria, de aquellos tiempos, es Rosabal revisando algún texto recién terminado. Es él sin rodeos ni bromas, reconcentrado sobre un trabajo que debía entrar al proceso de edición sin pifias, con el mejor título, con la mayor suma posible de detalles informativos, pero sobre todo pasado por el tamiz de la ética, de un respeto al subordinado que había hecho el mayor esfuerzo en cada línea.

Después, cuando dejó de ser mi jefe inmediato, nos seguíamos cruzando, saludando alegre y respetuosamente, primero desde la misma editora de Juventud Rebelde, y luego con distancias que se alargaban mientras Heriberto daba lo mejor de sí en otros medios gremiales, hasta que nuestro querido Pepe Alejandro nos volvió a colocar codo a codo en Hablando Claro.

Como los seres que nos dan lecciones lo hacen hasta el último instante de sus existencias, y hasta después de dejar la dimensión de lo tangible, a mí la absurda, intempestiva y desconcertante partida de Heriberto me hizo recordar que nuestro primer rol sobre la Tierra es el de ser humano. “Obras son amores”, pensaba yo mientras escuchaba, sin poder hacer nada por mi amigo de combates, la explicación de un magnífico médico en la sala de cuidados intensivos del hospital Covadonga ubicado en el municipio del Cerro.Con la “jugada apretadísima” para mi colega, en esas horas finales, hice un repaso inevitable de mi relación humana con él: lo último que recordaba era la grabación de un programa radial sobre cooperativas agropecuarias, y nuestras señales silentes, nuestros gestos de ayuda mutua para sacar las ideas al aire lo mejor posible.

La otra lección que me ha dejado el amigo es su sinceridad, arma infalible en este mundo de falsas monedas, de hipócritas insoportables que tanto daño hacen desde sus ambiciones y cobardías. El rostro de Heriberto siempre fue un mapa de sus sentimientos; era fácil advertir sus registros de ánimo, en positivo o en negativo. Nunca estuvo un segundo más donde no quiso estar; y a lo anterior sumaba su apego a lo justo, cualidad que sabía mantener en cualquier circunstancia y que mostraba a todos a través de su gran locuacidad.

Humildísimo, sin haber dejado suntuosidades que heredar en este mundo, Heriberto me hizo pensar en lo que puede ir atesorando, en términos materiales y a lo largo de su vida, un hombre decente y de orgullo cristalino. No creo que haya alcanzado nada confortable, habiendo merecido tanto. Eso sí: dejó en sus seres amados la huella moral, la devoción y la coherencia de quien nunca le vendió su alma al diablo, de quien creía rotundamente en la hermandad entre los hombres, es decir, en una Revolución desde la cual supo cultivarse y actuar con suma nobleza.

Ahora que mi amigo se ha convertido en poesía y que se ha ido a juntar con otros maestros de la autenticidad como Manuel González Bello o Antonio Moltó Martorell, me quedo con otra de las lecciones que, imperceptiblemente, él supo dejarnos: “Sé tú”, le había dicho el Apóstol a su hijo. Y Heriberto, desde su batallar sin estridencias y sin embargo tan esencial y tenaz, parecía estarnos recordando que, como dijera el poeta Eliseo Diego, aquí no ha pasado nada, no es más que la vida, esa vida por la cual sería imperdonable pasar llenos de máscaras o preñados de miedo.


Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez