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Publicado el 9 Agosto, 2019 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

Editorial

La calidad en función de toda la nación

Divino momento el de hoy, en que varias ciudades de Cuba celebran sus fechas fundacionales –y en particular, La Habana, su quinto centenario– y buena parte de la Isla se ocupa de su reformulación estética, acontecimiento que solo será exitoso si se somete al imperio de la calidad, un don que durante años apenas ha sobrevivido en el discurso y, honra decir, en algunos buenos casos.

Aquel principio guevariano que defendía con aparente obviedad que la calidad es el respeto al pueblo, fue relegado por urgencias y prioridades, cuando no por desidias, y casi se apagó como si se tratara de una cualidad que no era inherente al socialismo.

Así, las batallas culturales en los medios a favor de la calidad, de las cuales BOHEMIA fue abanderada hace más de tres décadas, se hicieron intermitentes, casi nulas, y en el mejor de los casos se volcó hacia la protección al consumidor, otro asunto que tampoco ha cumplido las expectativas mandatadas por las legislaciones.

Sin embargo, la calidad con mayúsculas sí ha logrado imponerse en ciertas actividades del turismo, la industria médico-farmacéutica y otros renglones exportables, debido a que, en caso contrario, no podrían concurrir en los competitivos mercados mundiales.

Quienes esto han conseguido saben que la calidad no se alcanza únicamente con la buena imagen de sus productos y servicios o la exclusividad de las materias primas empleadas, sino con el cumplimiento de numerosos pasos regulados por reglamentaciones y normas. Y cuando cada uno de estos es atendido con estricto apego a lo reglado, la exquisitez cualitativa por sí sola cobra luz.

Si Lezama Lima nos hablaba en su ensayo poético de “la cantidad hechizada”, podríamos considerar ese éxito empresarial, vaya suerte, como “la calidad hechizada” en función de toda la nación.

Y no por hechizo, sino por necesidad y potencialidades, el país todo ha sido alentado a convertirse en exportador desde sus comarcas, así como a establecer encadenamientos productivos que busquen la sustentabilidad local mediante la obtención de las divisas necesarias o la sustitución de desgastantes importaciones.

Sin duda, el impulso generado desde el gobierno central, acompañado de flexibilizaciones legales, estimula la identificación de los servicios y productos locales o regionales que pueden aspirar a internacionalizarse; ya quedará en manos de los estrategas acercar más la ciencia de la normalización a los procesos, para que de estos emane la calidad intrínseca y conspicua de dichos bienes.

Si alguien cree que no está llamado a observar estos principios, considérese a sí mismo imposibilitado a existir como sujeto de cambios en estos nuevos, inspiradores e inevitables tiempos.

En primer lugar, se ha instado al sector estatal, responsable en gran medida de los destinos de toda la sociedad. Incluso la esfera no productiva, como la educación, pues sus propias exigencias cualitativas tendrán un peso grande, aunque indirecto, en la calidad que hará competitivas las creaciones cubanas. La escuela, por demás, podrá convertirse en el vivero donde germine la iniciación cultural de la calidad industrial del país. ¿Alguien lo duda?

El emergente sector no estatal tiene igual responsabilidad. Aun cuando en el imaginario de muchas personas se mece la idea de que los cuentapropistas ofrecen mayor calidad a sus clientes que sus equivalentes estatales, esto no es absolutamente cierto. También ellos están obligados a cumplir las normas diseñadas por las oficinas nacionales e internacionales que sistematizan la calidad, no solo para obtener mayor competitividad y ganancias, sino para defender una imagen País, necesaria para afianzar en el globo a Cuba como plaza emisora de excelencia.

Los cubanos también hemos sido convocados a elevar la decencia, a desterrar la chapucería, a velar por la cultura del detalle, a multiplicar la solidaridad. Hasta puede leerse entre líneas que se nos invita a pensar con arte y originalidad, mientras andamos con nuestros mejores pensadores a cuesta para honrar, así, desde las enseñanzas de aquel joven maestro de nuestros grados primarios, hasta la tinta eternamente fresca de un colosal precepto de Martí.

Entiéndase, pues, que esta otra meta es la de la calidad humana, sin la cual no es realmente venerable el rango de esas cosas que un día podrían enriquecer la economía, y no necesariamente el alma.

La calidad, bien podría haber dicho el Che, es el respeto al pueblo… a ese pueblo que también sepa respetarse a sí mismo.


Redacción Digital

 
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