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Publicado el 12 Agosto, 2019 por Periódico Granma en Nacionales
 
 

Salarios con justicia, esperanza y retos

Los aumentos salariales elevan significativamente el poder adquisitivo de quienes los recibirán, y encarnan desafíos, de índole económica en primer término, y demandan trabajo constante.

Martirena/granma.cu

Luis Toledo Sande

Los aumentos salariales ya en marcha en el sector presupuestado son tan necesarios para la vida de la nación que no podían pasar sin suscitar reacciones. Era de esperar que ellas surgieran entre los beneficiarios entusiastas de la medida y los defensores de su valor para el desarrollo del país y su proyecto socialista, y entre quienes apuestan al fracaso de este proyecto.

Hasta se explica que algunos de estos últimos hayan eludido lanzarse abiertamente a descalificar la audaz medida. No porque estén dispuestos a concederle a su posible éxito el beneficio de la duda, aunque sea, sino para disimular sus intenciones y no echarse encima un rechazo todavía más erizado por parte de la población.

Pese a todos los escollos que, incluido el bloqueo, se les han impuesto a los afanes socialistas, y sin ignorar errores internos –a menudo, no siempre, asociados a tales obstáculos–, la gran mayoría del pueblo se mantiene fiel a los ideales del socialismo. En ella tiene amplia presencia el sector presupuestado que, junto a la empresa estatal, signa el carácter socialista de la Revolución.

Los aumentos salariales elevan significativamente el poder adquisitivo de quienes los recibirán, y encarnan desafíos, de índole económica en primer término, y demandan trabajo constante. Se han hecho buenos análisis del tema y, sin pretender devaluar a los demás, cabe citar como ejemplo el artículo «Cuando cobre mi nuevo salario», de Ariel Terrero, publicado en Cubadebate. Ha repercutido en medios digitales, cada vez más al alcance de la población, y merecería difundirse asimismo en órganos impresos, para facilitarle el acceso a una cantidad aún mayor de lectores y lectoras.

El autor de los presentes comentarios no hará más que rozar algunas aristas del tema. Apunta que los aumentos son tales, y tan necesarios, que, más que considerar –como se ha hecho hasta en buenas explicaciones– que vienen a invertir la conocida pirámide de ingresos y ocupaciones, lo pertinente es sostener que deben contribuir a enderezarla. Tan cabeza abajo estaba, o aún está.

Una de las dudas planteadas por algunas personas radica en si los aumentos debieron haberse acometido «poco a poco», no con la aparente prisa con que se ha hecho. ¿Acaso el «poco a poco» sugerido no se venció en una espera de años, especialmente desde que la administración estatal se libró de pagar salarios a la creciente cifra de trabajadores que pasaron al sector privado y, en vez de recibir remuneración del erario público, le tributan impuestos? Habrá que perfeccionar las prácticas tributarias y prevenir defraudaciones, pero la actual realidad fomentada le aporta a la nación fuentes de ahorro y de ingresos.

El desafío de los aumentos, anunciados como apenas un paso en esa línea –y hacia otras medidas también necesarias–, asoma en el plano económico: obviamente se requiere elevar producción y abastecimientos. Pero eso sería necesario hacerlo cualesquiera que fuesen los salarios devengados, y el costo de no incrementarlos habría sido mayor en el plano político, que ya arrostraba las consecuencias de mantener en estado de pesada insolvencia a trabajadores que se desempeñan en la propiedad social cuando crecen la privada y sus dividendos.

La demora en proporcionar a dichos trabajadores salarios más a tono con lo justo, y con el costo de la vida, seguiría siendo nociva también para la economía. Piénsese, si no, en el éxodo hacia el sector privado –o hacia otras latitudes– de fuerza de trabajo calificada necesaria para mantener los niveles en la educación, básica para garantizar distintos frentes de producción material, y de servicios. Entre estos descuella la salud, que genera utilidades directas, además de su valor concretamente humano: para conservar bien la especie, la ciudadanía en el ámbito nacional.

Más allá de formalidades en los planes económicos, la educación y la salud deberían considerarse sectores estratégicos. ¿Qué decir de otras profesiones llamadas a fortalecer los valores conductuales e ideológicos de la ciudadanía, como el periodismo? El sector jurídico, como el de la salud, ya había recibido aumentos, que crecerán.

La insolvencia de los sectores aludidos, y de otros, era indeseable aunque solo se viera en el plano simbólico: mantenía en desventaja a una masa trabajadora relevante para el carácter socialista del proyecto político. Tal insolvencia no la compensarían ni los servicios –dígase educación y salud– subsidiados con ingresos que salen del trabajo general de la nación.

Dichas subvenciones –que abarcan parte, insuficiente pero aún necesaria para muchos, de la canasta básica normada– benefician a los buenos trabajadores y a los malos, y a quienes se han enriquecido y siguen medrando por diversos caminos, sean legales y honrados o delictivos. Se dice eso aquí como una mera observación, pero cabría hacer un análisis a fondo, en pos de medidas adecuadas para que el igualitarismo –no confundirlo con la justa equidad– no mengüe la justicia conquistada o por conquistar, que debe ser toda, para cumplir el ideal martiano y respetar al pueblo.

Uno de los argumentos –entre comillas o sin ellas– lanzados contra el afán socialista cubano ha sido la pobreza salarial de gran parte de la ciudadanía. En enemigos más o menos declarados de la Revolución ha tenido ostensible sabor placentero, y alguien vaticinó que Cuba no podría aumentar salarios. No es casual que procuren sembrar dudas e incertidumbres contra los actuales aumentos.

Para mantener cierta fachada revolucionaria, o no declararse abiertamente contra la Revolución y la mayoría que la defiende, algunos hasta habrán dicho que no ven la dinámica del mercado como una varita mágica para resolver las necesidades de Cuba. Ahora, en cambio, se revuelven contra los propósitos estatales de poner tope a precios que, de seguir subiendo, anularían de hecho el significado de los nuevos

salarios. Con ello se afianzarían los desequilibrios que la nación está procurando revertir, o enderezar, y en los cuales también ha influido la política estatal de precios.

Algunos olvidan, o simulan olvidar, que en un proyecto como el cubano la economía no debe andar por un lado y la política por otro. Ha habido incluso quienes lo reiterasen, como acto de sabiduría, contra la Revolución. Sí, las dos han de andar juntas, como economía política, sintagma en que ambos términos cumplen una función para la cual ninguno de ellos debe prescindir del otro.

Ante las revolturas liberales contra el afán de organizar la economía y satisfacer necesidades del pueblo, vale recordar al Herbert Spencer que, en el siglo XIX, a la participación del estado en el enfrentamiento a problemas sociales la llamaba socialismo, para tildarlo de «futura esclavitud». Así se ensañaba atribuyendo errores al intento estatal de ayudar a los más necesitados.

En respuesta a Spencer, José Martí no soslayó los peligros del burocratismo, de las castas de funcionarios, de los malos hábitos de trabajo y otras lacras que aquel señaló y podrían prosperar al amparo de centralizaciones desmedidas. Pero mantuvo su actitud justiciera contra los prejuicios burgueses del pensador británico. A diferencia de este, echaba su suerte con los pobres de la tierra, y sostuvo: «Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra».

Las discrepantes opiniones de Martí sobre Spencer se han tergiversado y rebasan los límites de espacio y los fines de los presentes apuntes, cuyo autor las ha tratado en Luces de José Martí para el socialismo, texto localizable en internet.

Silvio Rodríguez –de tanto feliz eco martiano en sus letras: «Solo el amor engendra la maravilla», por ejemplo, rinde tributo a uno de los versos libres de Martí: «Solo el amor, engendra melodías»– ha tenido el tino de cantar: «¡Qué bien prepara su máscara el pequeño burgués!», y «Desde una mesa repleta cualquiera decide aplaudir/ la caravana en harapos de todos los pobres». Sí, lo difícil y realmente meritorio es defenderlos de veras, sin vacilaciones, cuando llega el momento de hacerlo, aunque no se sea uno de ellos, y estos no necesariamente huelan «a callejuela,/ a palabrota y taller».

Lo que se decide en Cuba es serio, muy serio, y su dirección ha de seguir agarrando los toros por los cuernos, segura de que tiene la misión de trabajar del mejor modo –y con los mejores resultados– para el pueblo, del cual es parte, y no para complacer a quienes le dan palos a la Revolución tanto si ella boga como si deja de bogar. Bóguese en pos del triunfo pleno de la justicia, tratando de no errar, pero sabiendo que el error más grave estaría en el quietismo y la resignación, en no cambiar lo que deba cambiarse para bien. Los nuevos salarios tampoco serán una varita mágica, pero abonan el camino de la justicia y la esperanza, y ayudarán a vencer retos. (Granma)


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