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Publicado el 22 Diciembre, 2019 por ACN en Nacionales
 
 

¡ay  de los espíritus sin temple!

Por siempre la maestra… ¡FELICIDADES!

Decía también Martí “una escuela es una fragua de espíritus; ¡ay de los pueblos sin escuela! ¡ay  de los espíritus sin temple!”, y vuelvo a pensar en la maestra, de altos tacones y sonrisa a flor de piel por malo que estuviera el día
Maestra, escuela, niños

((Foto: ACN)

Por Bárbara Vasallo

Traía el pelo bien estirado y anudado en una cola en la nuca, se pintaba los labios de rojo y usaba zapatos de tacones, así recuerdo a mi primera maestra, en el aula de pre-escolar, ante una lámina donde figuraba un gallo y se leía “El gallo corre”, algo que asombró a la profesora, porque no es usual que una niña sepa leer en ese grado.

Tocaba el piano y cantaba, sus métodos para enseñar figuras geométricas, colores, cantos y valores ancestrales se basaban en la pedagogía bien aprendida y también en su experiencia, de muchos años, en ese difícil nivel, adónde llegaban pequeños llorones y otros encantados por descubrir lo nuevo que se abre al camino.

Con ternura procuraba que a la hora de la merienda todos compartieran sus dulces y jugos, una manera inteligente de inculcar solidaridad, extender lazos de amistad que perduran en el tiempo, y tal vez, sin saberlo, muchos de sus alumnos la evocan cuando se encuentran, aunque ella esa maestra que fue hasta el fin de sus días, no se lo propuso.

No viene al caso ni su nombre ni apellido, no es una persona, es símbolo de todos esos hombres y mujeres que llevan el sacerdocio de la enseñanza en la sangre y en el corazón, y cada día entregan a sus estudiantes, no importa si es la primaria, secundaria, preuniversitario o la universidad, más que el conocimiento necesario, el ejemplo y la formación para seguir adelante en la vida.

A veces escuchamos decir a los de larga experiencia, que los alumnos permanecen más tiempo al lado del maestro que en la casa, todo el día se mantienen ocupados en las más diversas actividades en la escuela, y el ajetreo de la actualidad no deja espacio, en la mayoría de las ocasiones, para que los padres se interesen por los detalles.

Tal vez en esa confianza fallamos los padres, pues hay que revisar libretas, tareas, contenidos, acercarse a la escuela y a los maestros, solo así se complementa la educación, en una indisoluble unión entre la familia y el centro educativo.

Los tiempos cambiaron, lógicamente, hoy en el grado pre-escolar la maestra no toca el piano, ni canta, de eso se encarga el instructor de arte que permanece en la escuela, debería existir en el receso la costumbre de que los niños compartieran sus meriendas para evitar desde esa temprana edad el egoísmo tan dañino en una sociedad.

José Martí, el Maestro de todos, se refirió a la educación en múltiples ocasiones y escribió: “Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente hasta el día en que vive: es ponerlo al nivel de su tiempo: es prepararlo para la vida.”

El gran reto de los educadores en este siglo de tecnologías, neoliberalismo y guerras no convencionales, está en imprimir en sus educandos los valores de humanismo, solidaridad, y nobleza que distinguen al ser humano de bien, será siempre importante el maestro, imprescindible en una sociedad que quiere la paz.

Decía también Martí “una escuela es una fragua de espíritus; ¡ay de los pueblos sin escuela! ¡ay  de los espíritus sin temple!”, y vuelvo a pensar en la maestra, de altos tacones y sonrisa a flor de piel por malo que estuviera el día.


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