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Publicado el 19 Mayo, 2020 por Marieta Cabrera en Nacionales
 
 

MAYRA MUNÉ JIMÉNEZ

Flechada por la ciencia

Bastó con imaginar cuando era niña el universo que podría descubrir a través del microscopio, para saber cuál sería su camino. Con más de 30 años de ejercicio profesional, ella es una de las que encara al nuevo coronavirus
Flechada por la ciencia.

Foto: YASSET LLERENA ALFONSO

Por MARIETA CABRERA

El miércoles 11 de marzo la doctora Mayra Muné Jiménez, licenciada en Microbiología, llegó temprano como cada mañana al laboratorio donde trabaja en el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK). Luego de ponerse la ropa verde estéril, los guantes y el nasobuco, empezó, junto a otros dos investigadores, a montar las mezclas de los reactivos para realizar el diagnóstico del SARS-CoV-2 en las muestras recibidas, con la técnica de Biología Molecular conocida como reacción en cadena de la polimerasa (PCR, sus siglas en inglés).

“Ese día había 12 muestras de pacientes con sospecha de COVID-19”, relata a BOHEMIA la especialista, quien formó parte del grupo que participó en el diagnóstico de los primeros casos positivos al nuevo coronavirus. “En aquel momento, empleábamos el PCR en tiempo real, pero utilizando dos genes: el de la envoltura y después el de la polimerasa para la confirmación. Estábamos en el laboratorio la doctora Odalys Valdés y yo, y cuando aplicamos dicha técnica con el primer gen, tres de las muestras resultaron positivas.

“De inmediato se lo informamos por teléfono a la doctora Guadalupe Guzmán, directora del Centro de investigación, diagnóstico y referencia del IPK, quien estaba en una reunión, y le dijimos que íbamos a realizar el diagnóstico confirmatorio con el gen de la polimerasa. A las siete de la noche corroboramos el resultado. Sabíamos que el virus iba a entrar al país en algún momento, quizás por eso no nos asustamos, pero nos impresionó, sin duda”.

Media hora después, Mayra Muné llegaba a su casa. Vive muy cerca del IPK, por lo que casi sin asimilar aquella certeza, se sentó en la sala y le dijo al esposo: “hay tres casos positivos. No sé si lo van a decir en el noticiero porque los acabamos de diagnosticar”.

A las ocho y veinte minutos –rememora la entrevistada–, uno de los presentadores del espacio televisivo leía una nota oficial del Ministerio de Salud Pública que daba a conocer los primeros casos confirmados del nuevo coronavirus en Cuba, y explicaba que eran tres turistas procedentes de Italia, uno de los países de riesgo. “Fue muy rápido, no se ocultó absolutamente nada”.

Desde entonces todo el personal del Laboratorio Nacional de Referencia de Influenza y otros Virus Respiratorios, en el cual ella labora, empezó a realizar el diagnóstico del SARS-CoV-2. “Inicialmente hacíamos primero el de los 17 virus respiratorios porque podía tratarse de una influenza, pero si la muestra era de alguien que venía de otro país, o sea, que ya tenía un elemento epidemiológico importante, se le realizaba directamente la determinación del coronavirus”.

Al incrementarse el número de muestras –cuenta–, se organizaron cuatro grupos de guardia para laborar 24 horas y descansar 72. Lo primero que ocurre, a las ocho de la mañana, es una reunión entre quienes comienzan su faena y aquellos que la concluyen, a fin de que estos últimos informen sobre lo acontecido el día anterior.

Flechada por la ciencia.

La doctora Mayra Muné adiciona el ácido nucleico viral a las mezclas de los reactivos para realizar luego el diagnóstico del virus con la técnica de PCR. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO)

Cada jornada laboral es muy intensa, asegura Muné Jiménez. “Trabajamos en equipos de 10 personas: siete hacen la extracción del ácido nucleico del virus –a partir de muestras de exudado nasofaríngeo; aspirado bronquial si el paciente está intubado; o de pulmón si la persona es fallecida–, y las otras tres realizamos el PCR en tiempo real, o sea, el diagnóstico definitivo con el ARN del virus extraído.

“El primer grupo –explica– trabaja en el Laboratorio de Diagnóstico Molecular, un área completamente aislada, con las medidas de bioseguridad establecidas, donde los investigadores permanecen todo el tiempo vestidos con trajes especiales –o escafandras, como se les suele llamar–, gafas de protección, guantes dobles y mascarillas o respiradores que filtran las partículas que se hallan en el aire.

“A esa zona llegan los termos que contienen las muestras (protegidas con un triple empaque), de las cuales ellos extraen el ácido nucleico viral. Después, este último es trasladado en un vial con una gradilla descontaminada y dentro de una envoltura de naylon al laboratorio donde estamos el segundo grupo. En ese local extremamos igualmente las medidas de protección, como son el lavado frecuente de las manos, el cambio de guantes entre una placa y otra, y la desinfección de la meseta donde preparamos las mezclas”.

Refiere Mayra que a veces son las cinco o seis de la tarde y el personal del Laboratorio de Diagnóstico Molecular no ha almorzado porque, además de las numerosas muestras para procesar, no todas llegan al mismo tiempo, y ellos, para no quitarse el traje de protección –debido a la demora que eso implica por el cuidado que hay que tener para evitar el posible contagio–, prefieren seguir trabajando hasta concluir la labor.

“Son muchachos y muchachas admirables”, reconoce la también profesora y veterana del equipo. “Siempre que podemos almorzamos o comemos juntos. Nos reunimos en el pantry, hacemos bromas, y compartimos el jugo de tamarindo que alguno lleva de su casa, los palitroques, la remolacha o el flan que aportamos otros. Aunque somos de diferentes generaciones tenemos una amistad muy bonita, me siento muy bien en compañía de ellos porque inspiran mucha energía positiva y son muy alegres”.

Un desafío tras otro

La doctora Mayra Muné confiesa que le apasionan la investigación y el diagnóstico virológico, más aún si se trata de un microrganismo nuevo para la ciencia, una vocación que al parecer siempre tuvo clara.

Narra que cuando cursaba el sexto grado, a los estudiantes de su grupo los llevaron a la facultad de Biología de la Universidad de La Habana y les mostraron láminas de parásitos, bacterias… y un microscopio. “Fue tal mi entusiasmo cuando me dijeron lo que se podía ver a través de aquel aparato que le pregunté a un alumno de la facultad cuándo yo podía empezar a estudiar en ese lugar”, evoca la microbióloga.

Flechada por la ciencia.

Durante un curso sobre inmunología, biotecnología y vacuna celebrado en 2004, en Costa Rica. Mayra, al centro. (CORTESÍA DE LA ENTREVISTADA).

Años después, en 1979, matricularía en ese recinto y obtendría su diploma de graduada en 1984. Aunque un poco antes, en el segundo año de la carrera, se vinculó al IPK para realizar sus prácticas de producción, tal vez con ese tino que tiene para vislumbrar su próxima meta.

Era 1981 y coincidió con la epidemia de dengue hemorrágico en el país, “una experiencia muy dura porque ocasionó 158 fallecidos, de ellos 101 niños”, destaca la especialista. “En ese momento el IPK, cuyo director era ya el profesor Gustavo Kourí, radicaba en una casa pequeña, donde un grupo de investigadores dirigido por la doctora Guadalupe Guzmán, entonces jefa del Laboratorio de Virología, trabajaba en el diagnóstico de la enfermedad y trataba de determinar qué virus estaba provocando la epidemia.

“En aquella casita, y siendo estudiante, tuve la posibilidad de participar en el diagnóstico de dengue. Realizábamos la detección de anticuerpos con la técnica de inhibición de la hemaglutinación, la cual era muy trabajosa, más aún ante el elevado número de casos que hubo entonces. Permanecíamos allí hasta tarde, incluso nos quedábamos de un día para otro. Recuerdo que el pico de la epidemia fue en los meses de julio y agosto y las dos estudiantes que hacíamos las prácticas en el centro renunciamos a las vacaciones para seguir trabajando”.

Recién graduada, Mayra inicia su vida laboral en este instituto vinculada al diagnóstico de dengue. Un año después, tras la aparición en el mundo del virus de inmunodeficiencia humana (VIH), un nuevo reto le aguardaba. “Empecé a trabajar en este tema porque mi tesis de diploma estaba relacionada con la detección de antígenos por la técnica de ELISA (inmunoensayo enzimático) que utilizaríamos para el diagnóstico del VIH, y la cual se extendió luego a todo el país”.

Cuando en Cuba aparecieron las primeras personas con este virus, ella recibía desde las provincias las muestras que resultaban positivas y realizaba el diagnóstico confirmatorio. “Eso –confiesa– me provocaba mucho estrés porque no podía equivocarme”.

Volver siempre al laboratorio

Flechada por la ciencia.

El resultado del diagnóstico en las muestras estudiadas es observado en la pantalla de la computadora por las doctoras Mayra y Odalys. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

El talento y el amor por la ciencia que distinguen a Mayra Muné fueron reconocidos por la Asociación Americana de Microbiología cuando la seleccionó entre las tres científicas de Latinoamérica que obtuvieron, entre 2001 y 2002, una beca de esa organización para un entrenamiento en la Universidad de Massachussets, en Estados Unidos. Esto le permitió trabajar en el Laboratorio de Investigaciones de Inmunología y Vacunas de Dengue junto a la doctora Irene Bosch, destacada bióloga venezolana con amplia experiencia en los estudios sobre dengue, zika y chikungunya.

Unos 10 años antes, la cubana había recibido un adiestramiento sobre la caracterización de proteínas virales en la ciudad de Lille, en Francia, y a su regreso se incorporó a trabajar en el Laboratorio de Biología Molecular del IPK. Desde entonces, ha participado en el diagnóstico de dengue en todas las epidemias que ha habido en el país, así como en el del virus de la influenza A H1N1, en 2009, y en el del zika, en 2016.

Otros entrenamientos en prestigiosas instituciones a nivel mundial, como el que realizó sobre la vacuna de ADN en el Laboratorio de Inmunología de la Escuela Nacional de Salud Pública de la Universidad de Harvard, en el año 2000, le permitieron crecer como científica y premiaron su entrega a la profesión que eligió.

Sin embargo, entre las distinciones que ella más agradece está la que obtuvo en 2005, cuando la Academia de Ciencias de Cuba la seleccionó Investigadora Destacada, ocasión que recuerda de manera especial. “Estaba en el teatro del IPK e, inesperadamente, vi entrar a mi mamá, mi esposo y mi hija, quienes me entregaron un ramo de flores. Ese ha sido el día más feliz de mi vida. Mi madre era una mujer muy humilde, trabajadora, que me crio sola con mucho esfuerzo y aquel reconocimiento que me hicieron fue otra manera de agradecerle”.

Hoy, Mayra disfruta a su vez cada éxito de María Karla, la hija que coronó su unión con Gerardo Martínez, investigador del Laboratorio de Micología del IPK. Y como “de casta le viene al galgo”, la muchacha, también microbióloga, trabaja en investigaciones relacionadas con la vacuna de dengue en el propio Instituto de Medicina Tropical. Pero, en estos meses –mientras el esposo de María Karla permanece en casa con Mateo, el hijo de ambos–, ella colabora en el diagnóstico del SARS-CoV-2 en igual área que su mamá, aunque en turnos diferentes.

Flechada por la ciencia.

Con su hija María Karla, quien también colabora en el diagnóstico del SARS-CoV-2 en el Instituto de Medicina Tropical. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

Luego de 72 horas de descanso, tras cada guardia agotadora, la doctora Mayra Muné vuelve al laboratorio y se alista para seguir descubriendo la presencia del virus en los cientos de muestras que llegan a diario. Mientras, sueña con el día en que sea controlada la pandemia y todos retomemos los planes pospuestos. Ella, por lo pronto, comparte los más inmediatos: “Voy a ir a casa de mi nieto Mateo para apretarlo y besarlo mucho; quiero decirle a la doctora Guadalupe que tenemos que hacer una fiesta en el departamento porque estoy loca por bailar, deseo también ir a la playa, y abrazar a mis amigas de siempre.


Marieta Cabrera

 
Marieta Cabrera