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Publicado el 22 Mayo, 2020 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

SOCIEDAD

Malas palabras

Lo que con educación y respeto lograron generaciones enteras, deviene cada vez más antonimia por medio de obscenidades que, por su modo de transmisión, debieran ser sancionadas con el justo peso de leyes que en Cuba existen para el bien de todos
Malas palabras

Caricatura: OSVAL

Texto y foto PASTOR BATISTA VALDÉS

Aunque buena, la idea de asomarme unos minutos al balcón para respirar aire puro o al menos fresco, no terminó siendo la más feliz.

Abajo, con voz de tenor, uno de esos  “tipos”  que se cree dueño del mundo, o único en el mundo, soltó a todo pulmón las dos palabras más groseras que, a mi modo de ver, recoge la lengua, para bochorno del idioma.

Salirle al paso, como a todos nos corresponde, pudo tener la efectividad de otras veces, aunque también pudo conducir a la cada vez más usual pérdida de tiempo o incluso a la posibilidad de una de esas discusiones donde toda forma verbal es desplazada por el reto de los puños… o quién sabe.

Así andan las cosas en muchos lugares. Proferir obscenidades parece haber pasado ya al entorno de lo cotidiano… como si de repente no existieran los niños (esponja para la asimilación de vocablos), las mujeres (expresión suprema de delicadeza humana) o los ancianos (merecedores de todo el respeto capaz de anidar en el mundo).

Lo curioso del asunto es que si hiciéramos una encuesta, el grueso de los consultados seguramente coincidirá en que es de pésimo gusto decir malas palabras, la gran mayoría lo consideraría una grave indisciplina social y supongo que muchos estarían de acuerdo en que se adopten medidas con obscenos y obscenas… porque el fenómeno se ha tornado verbalmente “unisex”.

Malas palabras.

Las obscenidades en espacios públicos agobian a quienes no las comparten.

Como mismo las autoridades del orden público le aplican una multa de 1 500 pesos a quien ande sin nasobuco —me decía recientemente Raúl, un octogenario vecino— así también debieran ponérsela a quienes sueltan palabrotas por la calle, en parques, colas, cafeterías y otros espacios públicos o desde su propia casa, con un volumen que termina agrediendo y violando el espacio vital de vecinos y transeúntes.

Y no creo exagerado, ni mucho menos injusto, tal  punto de vista.

Hasta donde conozco, ningún código familiar o norma jurídica recoge el derecho de las personas a que se le respete la supuesta potestad de espetar groserías.

Por el contrario, desde la escuela, sobre la base de principios pedagógicos afines a la sociedad en que vivimos, se nos enseña a ser educados, correctos, respetuosos.

Negarse arbitrariamente a usar un nasobuco, en las condiciones actuales, entraña un peligro real por la posibilidad de transmisión viral de la Covid-19. En opinión de algunos, es incluso expresión de desacato. Las insolencias a cuatro vientos son, en la práctica, otro mortal virus que angustia sobre todo a personas de la tercera edad (sin excluir a otros segmentos poblacionales) y que contagia y contamina en grado ascendente a las generaciones más jóvenes.

Si la multa está resolviendo lo que no pudo la persuasión en torno a lo razonable e imprescindible que resulta ponerse el nasobuco, muy bien le vendría al país meditar la conveniencia de extender algún día ese legal procedimiento para quienes tienen obstrucción en el oído interno y demasiada suciedad en la lengua externa.

Hágase la prueba. Habrá quienes discrepen de la corrección, no lo dudo, pero algo me dice que a  escala de sociedad todavía somos más los partidarios de que el bolsillo de algunos responda, justamente, por lo que es incapaz de regularles la vergüenza.


Pastor Batista

 
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