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Publicado el 4 Mayo, 2020 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

ANTE LA COVID-19

Salvados por la misma familia

Una niña de ocho años, su mamá y abuela nunca olvidarán a quienes en el hospital militar de Camagüey lucharon contra el nuevo coronavirus para defenderles la vida
Salvados por la misma familia.

Un beso, desde los labios de Sabrina, para el doctor Ernesto y para todo el personal del hospital que le salvó la vida.

Texto y fotos: PASTOR BATISTA VALDÉS

Sabrina de la Caridad Laffita Hernández no sería capaz de precisar cuántos dibujos ha hecho en los ocho años de edad que tiene. Son tantos los concursos en la escuela, las actividades comunitarias de participación, las horas tendida sobre el limpio piso de la casa, papel y crayola en mano… Pero hay uno que guardará celosa y entrañablemente para mostrárselo a todo el mundo ahora, y a hijos, nietos, bisnietos y cuantos descendientes vengan después.

“Este me lo hizo mi amigo el doctor Ernesto, antes de que mi mamá, mi abuela y yo regresáramos, sanitas, del hospital militar, en Camagüey. Mira qué lindo está, y dice así: ‘Para mi paciente favorita, de vuelta a casa, Sabrina’.

“Cuando me lo dio yo me puse muy alegre. Él me quiere mucho, igual que la enfermera Jessica, el enfermero Romero y todos los que trabajan allí. Recuerdo que cuando me inyectaban me dolía bastante, entonces ellos se empezaban a reír de mí; yo sé que no era para burlarse, sino para que yo me riera también, para que no llorara… y yo sentía que a ellos les dolía igual que a mí. Tú sabes cómo me decían: la brujita Sabrina, ji ji ji.

“Por eso en los 22 días que estuvimos en el hospital con el virus nunca sentí miedo; sabía que esos médicos y enfermeras no nos iban a dejar morir”.

Salvados por la misma familia.

Positivas a la enfermedad, ayer, Sabrina, su mamá y su abuela se recuperan hoy, sanas ya, en su hogar.

Sentada en una butaca, Yadira Hernández López observa a su niña con una simbiosis de orgullo y melancolía. “Es exactamente así, como te cuenta Sabrina —me dice–. Las atenciones allí fueron las mejores de este mundo. Yo no tendré nunca palabras para describir la actitud y el trato en general de médicos, personal de enfermería, pantristas, axiliares de limpieza… estaban todo el tiempo al tanto de todo, arriesgando sus vidas para salvar las nuestras; incluso nos mantuvieron juntas. Allá no quedó un grupo de trabajadores de la salud, allá quedó realmente una familia”.

Todo había comenzado más de tres semanas atrás, el 27 de marzo cuando, después de algunos días con síntomas catarrales, bajo certificado médico, “el abuelo de mi niña presentó falta de aire, lo llevamos al área de salud, luego fue remitido para el Hospital Antonio Luaces Iraola, de Ciego de Ávila, y rápidamente falleció. Tenía 62 años. El resultado del examen que se le había hecho con anterioridad dio positivo al nuevo coronavirus. Aún no se ha podido precisar la fuente del contagio porque en el municipio de Venezuela no había transmisión y las pruebas realizadas a un hermano que 17 días antes había venido de España resultaron negativas”.

Yo vengo a ofrecer mi corazón

Salvados por la misma familia.

Las tres, antes de partir; detrás ese personal médico que deviene familia.

“Nunca será suficiente todo lo que se les dé como estímulo o como reconocimiento a esos hombres y mujeres que están luchando para salvar de la muerte a los pacientes contagiados. Hay que estar allí, como nosotras, para saberlo”, afirma Agustina López Valido, abuela de la niña y madre de Yadira.

Hasta el final de su vida llevará a flor de memoria aquella aciaga noche cuando, tras haber perdido a su esposo, fue trasladada hacia el Hospital Militar Doctor Octavio de la Concepción y de la Pedraja, en Camagüey, consciente no solo del riesgo que corría ella a su edad, con fiebre ya, secuelas de un infarto y otros problemas de salud, sino también su hija, quien presentaba dolor de garganta y su nieta: aparentemente más normal, pero con estornudos.

“Desde que llegamos –relata Yadira– como a las 4:00 de la madrugada, aquella gente nos entregaron su corazón. No puedo decirlo de otro modo, porque en realidad no hubo ni un minuto de descuido en la atención médica, en el tratamiento con interferón,  kaletra y con la amarga cloroquina. De la comida, para qué hablar. Muy buena, variada, siempre con plato fuerte, aunque a decir verdad el efecto de los medicamentos a veces nos impedía comer con el gusto que hubiéramos querido. A mi niña, hasta jugos le compraban y le traían para que se alimentara.

“En un momento determinado mi madre se descompensó un poco y la pasaron a la terapia intensiva por una cardiopatía isquémica. Te podrás imaginar cómo me sentí. Ya había perdido a mi padre… pero nuestra medicina es grandiosa y lograron compensarla otra vez. Dice que también allí la atención fue maravillosa”.

En sentido figurado todo el mundo estuvo metido en el hospital junto a ellas. Durante esos 22 días (que a Yadira les parecieron 22 interminables meses) ocurrió como si de repente cayera una avalancha de personas sanas sobre la sala del hospital… gracias al milagro de tecnologías que te permiten conversar, mirando el rostro incluso, con tu pariente más cercano aunque esté en el más lejano punto del planeta.

Como relata Yadira, las llamadas no paraban. Todo el mundo quería infundirles confianza, seguridad, saber cómo estaban las tres, qué necesitaban… No solo telefoneaba Abel, su esposo, víctima de profunda e irremediable angustia; también lo hacían otros familiares, vecinos, compañeros de trabajo, representantes de Salud, el Presidente del Gobierno y el Secretario del Partido en el municipio de Venezuela.

Con boleto de alegre retorno

Hay que partir, no solo porque otras personas pueden necesitar esas capacidades, sino también porque el mayor peligro ha quedado atrás. Con Sabrina, Yadira y Agustina, al nuevo coronavirus le ha salido el disparo por la culata.

Estos apuntes pudieran concluir aquí, pero invito a poner vista y oídos, o imaginación, otra vez en Camagüey.

Como todo el que se va de alta médica, corresponde firmar un documento. Muy decidida a estampar su rúbrica, Sabrina avanza sobre el papel. La risa de los adultos no se hace esperar. “Mi amor, los niños no firman ahí, eso les corresponde a los padres”.  Resignado, un suspiro llena de ternura el local. No importa, el celular va cargado de direcciones y de fotos. Hasta para eso, sin tiempo, han sacado momentos médicos, enfermeros, personal de las más diversas e imprescindibles funciones.

Salvados por la misma familia.

Atención de excelencia en el hospital, desde que el paciente llega hasta que regresa.

“Quieren que regresemos algún día, cuando todo esto pase”, me dice con voz queda Yadira.

–¿Y?

“Puedes estar seguro, periodista, de que buscaremos el modo de hacerlo. Te repito. Allá no quedaron profesionales y trabajadores de la salud: quedó una parte de nuestra propia familia”.

Camagüey, abril de 2020. Después de una intensa jornada de combate contra un enemigo invisible, que arropado de virus no tiene escrúpulos en matar, un médico llamado Ernesto (vaya emblemático nombre para seguir portando y esparciendo grandeza médica y humana), se tiende a descansar un rato.

Entre los recuerdos del día, de las últimas jornadas, vendrá a su memoria el pícaro rostro de una niña. La misma que hubiera querido cargar en sus piernas, hacerle cuentos, acariciar como a su propia hija. La misma a quien, robándole unos minutos al inclemente tiempo, le dejó la más original muestra de sensibilidad a bordo de un dibujo, a vuelo de lápiz de color. ¿Cuántas veces, desde niño, o ya en plena adultez, dibujó sobre una hoja de libreta escolar? Ni que fuese mago para adivinar o saberlo. Él solo sabe lo mismo que siente ella, acostada sobre su cama, allá en el humilde poblado de Venezuela, provincia de Ciego de Ávila. Y es que conservará para todo tiempo futuro, ese lindo recuerdo que ningún virus, natural ni informático, podrá borrar… ¡Nunca!


Pastor Batista

 
Pastor Batista