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Publicado el 25 Septiembre, 2020 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

Canas en la botica

Uno de los mayores riesgos hoy es la obligada confluencia de cientos de ancianos y otras personas muy vulnerables, a la caza de medicamentos en interminables colas de farmacia. ¿Qué impide seguir llevándoselos directamente al hogar durante todo el año?
Urge preocuparse por evitar las aglomeraciones frente a las farmacias o boticas.

Esta aglomeración en farmacias no solo genera molestias, sino también un altísimo riesgo de contagio entre personas muy vulnerables.

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

Con sus 80 calendarios encima y debajo de las costillas, Raúl Romero Castellanos recuerda, no sin una sensación de necesidad y de nostalgia, meses recientes cuando hasta su casa, donde vive solo, le traían desde la botica los medicamentos que, de manera inviolable, debe tomar por indicación facultativa.

La medida, sumamente grata entre personas de avanzada edad, ancianos solos, ciudadanos discapacitados o con determinada vulnerabilidad frente a la Covid-19, había sido aplicada como sensata alternativa para evitar riesgos.

Todo el mundo sabe lo que significan decenas, a veces cientos de personas concentradas frente a la farmacia, muchas veces desde horas tempranas de la madrugada, a la espera de medicamentos que pueden llegar o no, venir completos, no alcanzar e incluso tomar “otros rumbos”, porque entre los almacenes y las llamadas “boticas” ha habido, como en las viñas del Señor, de todo. Y eso nadie lo ignora.

Pero bastó que, astuto, el nuevo coronavirus se hiciera el derrotado (para rebrotar luego con más saña) y que retornaran a sus centros de trabajo o de estudio quienes hacían la reubicada función de “mensajeros farmacéuticos” para que la realidad del sueño se trocara otra vez en pesadilla.

Y del mismo modo que el viejo Raúl, quien no va a morir solo como Andrés (porque tiene quienes lo aprecian y ayudan), muchos ancianos se han vuelto a ver ante la disyuntiva de “ir a ordeñar la vaca” frente a la farmacia antes de que el alba se lave la cara y largarse una kilométrica cola, tal vez hasta bien pasado el mediodía, o renunciar a fármacos cuya ausencia puede conducirlos a donde mismo el SARS-CoV-2 .

Urge preocuparse por evitar las aglomeraciones frente a las farmacias o boticas.

Nuestros ancianos merecen toda la atención posible y la más alta calidad de vida.

Meditando en torno a ese asunto vuelvo a preguntarme ¿qué impide llevarles a las personas de más edad o a las más necesitadas, hasta su hogar, durante todo el año, los medicamentos que para ellos constan en el llamado tarjetón de las farmacias?

El encontronazo inicial con el nuevo coronavirus demostró que en la práctica ese procedimiento es totalmente posible. Se trata, entonces, de hacerlo sostenible, duradero, permanente.

Si empezamos por supeditar tal servicio a una plantilla fija, asalariada, concebida exclusivamente para esa labor, puede ocurrir que  el noble empeño no dé ni un paso.

Otra cosa es si analizamos la participación que pudieran tener jóvenes estudiantes de farmacia, tecnología de la salud, medicina u otras especialidades afines.

Ni siquiera tendrían que ser todos a la vez. En correspondencia con la cantidad de casos concretos en cada farmacia, estaría el número de “muchachos y muchachas” en acción, a modo de una práctica extradocente o extraclase, una vez por semana o cada 14 días, que muy bien puede concebirse en los programas y que vincula a esos estudiantes de manera directa y muy sensible con un segmento etario en ascenso: recordemos la tendencia al envejecimiento poblacional.

Dicho en otros términos. Si llegado el medicamento, la farmacia separa lo que cada anciano o persona vulnerable requiere por tarjetón (que no debe ser una cifra extremadamente alta ni mucho menos), nada imposibilita que a continuación cada estudiante tome lo que le corresponda, visite al “paciente”, lo salude, le entregue sus fármacos, le pregunte cómo se siente, le chequee la presión y establezca un diálogo cordial, alentador para el visitado y productivo en términos de Salud.

Lograrlo durante todo el año es evitarles a nuestros adultos mayores no solo penurias, sino también el riesgo de aglomeraciones y roces innecesarios;  es facilitarles distanciamiento,  es calidad de vida para ellos y motivo de tranquilidad para familiares y vecinos entregados a labores productivas, sociales, de servicio.

Y es contar, socialmente, con más razones todavía para defender a puño y dientes, si es preciso, la obra humana que ni los yanquis en más de 60 años, ni el coronavirus en seis meses han podido contaminar y mucho menos destruir.


Pastor Batista

 
Pastor Batista