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Publicado el 1 Septiembre, 2020 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

Otra vez la escuela ante mis ojos

Desde el balcón familiar usted puede percibir la colonia infantil sobre la piel de niños y niñas, el olor a tiza escolar, la voz del maestro que aconseja, el movimiento afirmativo de padres que cooperan y el placer de adultos que siguen llevando imaginariamente pañoleta en cuello
Otra vez la escuela ante mis ojos.

También en el municipio de Bolivia las actividades despegaron con total seguridad para los niños. (Foto: Facebook/OSCAR MOISÉS MARTÍNEZ).

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

La boca, mi bolígrafo y hasta el lente de mi pequeña cámara “se me hacen agua” deseando salir a la calle y no parar hasta la escuela más cercana, donde niños y padres vuelven de la mano al aula, para concluir lo pendiente del curso anterior y meterle con todo a la presente etapa …

Pero medidas son medidas y la presencia en casa de mi nieta princesa Daniela (tres años recién cumplidos) me impide correr el riesgo de dejarla sola por un rato y mucho menos cargar con ella, aun cuando difícilmente haya en todo el Archipiélago otra niña de esa edad a quien le guste tanto ponerse el nasobuco y hasta exigirles a los adultos que también lo hagan.

Otra vez la escuela ante mis ojos.

Yunay y Jean Marco, ¿quién dice que los padres no inician clases también junto a los hijos?

¿Y quién dijo que para saber, de primera mano, lo que está sucediendo este primer día de clases hay que, obligatoriamente, zumbarse de cabeza para una escuela?

Con Daniela dueña de mis brazos y del mundo entero, el medio día semeja una postal viva, con pañoleta y uniforme, desde el balcón de Villa Caracas, nombre con el que  mi Reina esposa y yo hemos denominado a la pequeña casa que el colega Osvaldo Sánchez Naranjo dejó a nuestro cuidado antes de partir hacia Venezuela hace un año y medio.

Otra vez la escuela ante mis ojos.

Y ahí viene Esther, como una dulce gallina rodeada de pollitos.

Porque ahí viene dando pedal, de regreso a su hogar, Yunay Castaño Mora, mientras Jean Marco Álvarez le viene haciendo la radiografía oral de lo vivido hoy: “Pues sí mami, la escuela (José de la Luz y Caballereo) está más linda que antes. ¿Y sabes una cosa?: nos dividieron; otros  niños y yo estuvimos en la Casa del Educador porque nuestra aula es pequeñita y no podemos estar tantos alumnos juntos.

—Claro mi amor, hay que tener cuidado, la Covid-19 es muy peligrosa.

“Por eso yo llevo el gel que tú me compraste, mami, pero también las maestras Eglys y Mari Carmen llevan gel para nosotros y nos tuvimos que lavar las manos antes de entrar al aula. Ellas son muy buenas, mami, y nos cuidan mucho, fíjate que cada dos horas nos decían: vamos a cambiarnos todos el nasubuco…”

Entonces la veleta del diálogo da un giro y ahora es Yunay quien explica que “la charla con los padres fue muy buena; la hicieron independiente de los niños, no solo para informar bien a los adultos o parar repetir cosas que han dicho la radio, la televisión y el periódico, sino también para buscar apoyo de nosotros, porque es verdad que en esto la familia es fundamental. Por eso también estoy al tanto de Jeannelle, mi otra hijita, que estudia trombón allá en la enseñanza artística”.

Otra vez la escuela ante mis ojos.

Con mamá, hacia y desde la escuela.

Con razón, Pascual, el hombre que hace los chicharrones de viento más ricos de la nación, y los jubilados Miguelito y Cary, se paran a mirar a una niña que también regresa de la escuela bajo la sombrilla con que la cobija su joven madre. Y por la esquina vienen dando “un pedal espeso” dos muchachos de preuniversitario. Y entre los portales que identifican y dan sobrenombre a esta ciudad, desaparece otra niña, dando brinquitos de placer,  sin soltar la mano de su mamá…

El verdadero “jonrón”, sin embargo, me lo conecta Esther Sánchez Hidalgo, una mujer de avanzada edad que también se aproxima por la acera, No viene sola. Mientras camina sus dedos acarician las manos de una niña y un niño. La acompañan creo que dos colegiales más. “Parece una gallina rodeada de pollitos”, comento. Y Yunay me explica que no son nietos, ni bisnietos… sino vecinitos a quienes lleva y recoge de la escuela, conforme a un hábito-placer que suma años y que parece pasar de grado junto a los niños al final de cada curso.”

Creo que no necesito nada más… al menos por ahora —me digo luego de captar algunas imágenes, ilustrativas de un fenómeno que se repetirá mañana miércoles, el jueves, toda esta semana y las siguientes, en Pinar del Río, Cienfuegos,  Camagüey, Guantánamo…

Otra vez la escuela ante mis ojos.

Imagen recurrente en toda Cuba.

Tan es así que, cuando decido “volar” para posarme sobre la computadora y escribir algo, el teléfono me ataja con un imaginario: “Alto ahí”.

Del otro lado, a unos 230 kilómetros, una vocecilla me saluda con uno de esos besos que llevan en sí el fijador de décadas y de generaciones.

“Qué día más lindo —me dice desde Las Tunas Isabella, la hija de Ariadna y de Félix Daniel—; volví a ver a mis amiguitos del círculo infantil, pero ya vamos a comenzar el primer grado. La escuela está muy linda y nos vamos a cuidar, para no enfermarnos y para aprender mucho.”

Qué coincidencia. Un rato antes, Luis Reinaldo Céspedes Torres, quien iniciará su tercer grado, le había dicho algo muy parecido a la tía materna, a medida que acomodaba la mochila en su intocable trono, para echársela otra vez a cuesta mañana, e irse a defender el mejor regalo que le hizo a su mamá Roset y a su papá Poll: la condición de Mejor alumno de su aula.

Otra vez la escuela ante mis ojos.

Ojo: muy bien por los nasobucos, pero esos celulares pueden ser “distrayentemente peligrosos”.


Pastor Batista

 
Pastor Batista