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Publicado el 13 Noviembre, 2020 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

VALORES EN CUBA

¿Quién ha hablado de morir?

Separados por 27 calendarios, dos momentos ilustran cómo en la filosofía y en la práctica diaria de la familia cubana no figura la alternativa de morir sin amparo, aun con el agua literalmente al cuello… mientras haya país

¿Quién habrá hablado de morir?Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

Pueden las inundaciones cubrirlo todo, dejar casas y barrios enteros prácticamente sepultados bajo las aguas, desgraciar camas, colchones, ropa, comida; arrastrar refrigeradores, lavadoras, televisores y otros equipos hasta lugares insospechados, podrir tomateras, campos de frijoles, devastar platanales… pero, desde mi experiencia in situ, jamás he visto que haya podido ahogar la confianza, incluso dentro de personas a punto de morir por ahogamiento.

La tormenta tropical Eta no solo me trae a flote vivencias así en pleno noviembre de 2020, sino también recuerdos. Braceando contra la indetenible corriente del tiempo me detengo en un recodo del mes del año 1993. Lluvias igualmente torrenciales, que por demás no parecían tener intenciones de cesar, habían inundado amplias zonas del sur tunero, en el oriente cubano. Sobre un helicóptero de la fuerza aérea, el entonces Primer Secretario del Partido en Las Tunas, Alfredo Jordán Morales, acompaña la riesgosa operación de rescate y salvamento.

¿Quién ha hablado de morir?“A unos dos kilómetros, en esa dirección, debe haber dos viejitos ahogados ya dentro de su casa” –nos indica un puñado de ganaderos empeñados en concentrar reses en uno de los pocos claros de tierra que, por su altura, el agua no ha podido someter.

En efecto, desde lo alto, entre copas de árboles y palmas reales que parecen pedir desesperado auxilio, se puede ver el pequeño y alargado triángulo que apenas delinea la punta del caballete de la humilde vivienda. Todo lo demás subyace bajo agua.

Rugiendo contra las rachas de fuerte viento y las todavía intensas precipitaciones, el aparato se posa encima del bohío. Un joven rescatista desciende por la oscilante escalerilla, se acomoda en el caballete y a mano limpia empieza a despedazar la yagua, seguramente fijada con pelos de alambre, hasta que por el pequeño boquete abierto extrae el cuerpo de una anciana. ¡Pero si está viva, coño!, grita el periodista Alfonso Naranjo Rosabal, mientras abajo la viejita se aferra al cuello del robusto muchachón, tal vez con la pasión que nunca desbordó en el más adorado o consentido de sus nietos.

Sentada ya a mi lado, en la panza del helicóptero, no puedo evitar un comentario. “A esta hora, abuela (pasadas las cinco de esta ya oscura e infernal tarde), lloviendo a cántaros, incrementándose la inundación, sin un alma en kilómetros alrededor y ustedes dos solitos, apoyados en el travesaño superior del caballete, con el agua al pecho y la cabeza aplastada contra las yaguas que sellan lo más alto… supongo que ya no tendrían esperanzas de salvación…

De inicio, la anciana no dice una palabra. Solo me mira con una expresión de tierna bondad, luego intenta ver, por la escotilla, el rescate de ese hombre inmenso que la ha hecho sentir reina de la campiña durante décadas y, comprimiendo mi rodilla con su mano derecha, me confiesa:

“Ay mijo, cuando mi esposo me dijo: creo que nos vamos a morir aquí, yo me viré pa´ él y le respondí: no Viejo, esta Revolución es demasiado grande para ahogarnos en un pedacito tan chiquito”.

…y entonces una lágrima, a años luz del miedo o del sufrimiento, le bajó por la mejilla en forma de gratitud.

EL SUSTO QUE “NO COMIÓ” CON MODESTO

¿Quién ha hablado de morir?

Por esas coincidencias que traza el pincel de la vida, Guayacanes, en geografía avileña, me ofrece la “reencarnación” de aquel instante, 27 calendarios más acá.

Rumbo hacia el auto en que ha recorrido zonas afectadas por la también invasiva tormenta tropical Eta, y tras haber conversado e infundido “un río Cauto” de aliento entre damnificados, Manuel Marrero Cruz, Primer Ministro de Cuba, se aparta del centro de la calle, para dirigirse hacia donde, sentados como palomo y tojosita criolla, dos ancianos le saludan con la diestra en alto.

La tranquilidad interior de la vivienda que habitan no fue menos violada que otros hogares aledaños por el ascenso de las aguas.

Deben haber pasado un buen susto, les comenta Marrero.

Mientras observo la escena me pregunto quién no respondería afirmativamente en un momento así. De hecho, durante el recorrido, varios vecinos de la zona han admitido el miedo que los invadió en el contexto de una violenta crecida que no dio tiempo para salvar nada, más allá de la vida…

Pero el octogenario Modesto Hernández no dice lo que todos esperamos. Sin detenerse ni un segundo a ordenar –y mucho menos a concebir el modo más elegante de expresarse- fija los ojos en la mirada del Primer Ministro y en indudable gala de esa humildad que nadie puede prefabricar plásticamente le dice: “Susto yo hubiera pasado si no supiera con quién vivo… pero vivo con la Revolución”.


Pastor Batista

 
Pastor Batista