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Publicado el 5 Enero, 2021 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

AÑO 2021

Añoranzas de mi tiempo

Que los calendarios trascurran indetenibles, que el invierno, el clima y la naturaleza ya no sean iguales; que física, material o espacialmente muchas cosas cambien, no significa renunciar a seguir llamando cada asunto por su nombre, a defender la salud de valores sagrados o a mantener la claridad llamada a continuar generando luz buena para todos
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Añoranzas de mi tiempo.

Hay esencias que no pueden cambiar sobre los rieles del tiempo o a mano de la ingratitud humana.

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

Más allá del natural efecto que suelen provocar los calendarios, sobre todo a medida que se amontonan más y más encima de los hombros o dentro de las personas, este fin e inicio de años se empecinan en labrarme una especie de añoranza.

Y no es solamente la que provoca el recuerdo por las nueces y avellanas que comí cuando apenas levantaba tres cuartas de altura sobre el piso de tierra donde viví como un verdadero príncipe, mientras el aire era más puro, pululaban frutas que hoy no existen o escasean, las aves silvestres venían a comer al patio de la casa e incluso dentro de ella y el espacio que ahora invaden cada vez más y más peligrosos virus lo llenaban cometas o papalotes, guiados desde abajo por niños y por adultos que habían crecido sin dejar de sentirse infantes.

Tampoco mi añoranza es solo la de manzanas, uvas, vinos, cerdos en púa o en parrillas, en un ritual donde un exceso de brasas podía calcinar el placer de la degustación y por un déficit de fuego quedar crudos los antojos familiares acumulados a lo largo de 365 días.

No es, ni siquiera, por esa cerveza que este año puso pies en polvorosa en todas partes, dejando solito en la pelea al ron: durísimo y acompañado de muecas, ojos comprimidos o de un ¡Siá Caraj! al zumbarnos el primer y segundo sorbos, pero más “comprensivo o cooperante” con el paladar durante las siguientes “tomas”.

Pudiera parecer –y no deja de haber algo de cierto en ello- que el hilillo de nostalgia esté orbitando en torno a aquellos abriguitos criollos, que con tela de “corduroy” solían hacernos madres, tías o abuelas, para protegernos contra un invierno que era punto fijo, no respetaba edad, sexo, creencia ni origen y que poco a poco se fue destiñendo bajo el influjo de calentamientos globales, fenómenos como el llamado Niño, la Niña y toda esa parentela climatológica.

Añoranzas de mi tiempo.

La semilla germina y crece, pero hay que fertilizarla, atenderla.

De esas cosas, sí, he sentido en estos días añoranza. Pero no puedo ser tangencial ante una realidad que las generaciones actuales acaso podrán atisbar cada vez más a la usanza de lo expresado por el cantante brasileño Roberto Carlo en una de sus más nobles canciones: “en los libros o en imágenes de archivo de un programa vespertino de televisión.”

Hablo de los tiempos en que las palabras obscenas existían, pero no sacaban la cabeza a punta de lengua; el robo no era asunto extraterrestre, sin embargo las familias dejaban sus viviendas abiertas para visitar a los vecinos , retornaban a media noche y no faltaba un alfiler; se tendía ropa a cielo abierto y los animales andaban sueltos por doquier sin que sucediera un “extravío”, ni por casualidad; había profundo respeto de hijos hacia padres y abuelos sin que ello fuese resultado de tiranías en dirección contraria…

Eran los tiempos en que tener a un vago dentro del hogar devenía motivo de profunda vergüenza, el trabajo era tan sagrado como el altar donde se reza o se invoca a las deidades, no predominaba el dinero fácil, había que “guayar duro de verdad” para tenerlo… ¡pero con cuánto placer se recogía y luego se usaba el fruto de la cosecha propia!

No era, por cierto, necesario insistir por segunda vez para que la gente se desbordara a defender lo de todos. Y no es que faltaran las papas podridas, pero sobraban ojos para detectarlas y manos para retirarlas del saco antes de que pudieran echar a perder a las demás.

Había, en aquellos fines e inicios de año, pan y vino. Sí. Pero había también tremenda capacidad familiar y social para llamar al pan pan y al vino vino; sin mucho rodeo, sin contemplaciones de ningún tipo.

Que alguien se parase en un podio (como sucede ahora en el ciberespacio y en el ciberasfalto, incluso por parte de encumbradas y multipremiadas teclas) para congraciarse o defender a la misma peluda mano que –también- cobró billetes manchados  y en consecuencia actúa para hacerle daño al país, a lo que tenemos, a lo que tanto sacrificio ha costado… era sencillamente obra de una ciencia ficción tan lejana como inadmisible.

Añoranzas de mi tiempo.

¿A quién no le gusta concluir o iniciar un año así?

Eso, queridos lectores, ha sucedido, ocurre y no es, en mi opinión, el mejor modo de reverenciar el ocaso de un año duro pero digno y el nacimiento de otro que no rodará exento de tensiones y de dificultades… a menos que con toda y la más dañina intención se quiera causar perjuicio.

Ojo pues. Nada bueno aportarán la ingenuidad y la tolerancia ante los sujetos supuestamente confundidos, en realidad arrastrados por clarísimos propósitos de confundir.

No sé, en fin si sucederá con usted que lee ahora estas líneas, pero quienes deseamos seguir sobre ellas, sin descarrilamientos ni traviesas atravesadas, sí queremos celebrar dentro de “trescientos y pico de días más” otra vez un fin e inicio de calendario mucho mejor, más sano y próspero en todos los sentidos, aunque en lugar –o la par- de las siempre bien venidas nueces, avellanas, turrones de Jijona u otros productos de ultramar, tengamos sobre la mesa, por esfuerzo propio, nuestro vino… tal vez más dulce, quizás más amargo, ¡pero nuestro!, animados por esa convocatoria a que, desde su sabia música, nos hizo Silvio, años atrás, para que todos (dentro y fuera de Cuba) “seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas”.

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Pastor Batista

 
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