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Publicado el 9 Enero, 2021 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

Las manos de Leo

Acerca de cómo un par de manos, aparentemente mudas, pueden condensar en sí mismas la enseñanza que todo padre puede y debe dejar para la eternidad en esos retoños de su propio ser con que la vida premia al hombre honrado
Las manos de Leo

Son las mismas manos que salvaron de la muerte, o de la mortal tortura, a más de un joven enrolado en la clandestinidad durante aquellos decisivos años que pusieron fin a la tiranía imperante en Cuba.

Texto y foto PASTOR BATISTA VALDÉS

Las manos de Leo –como familiares, vecinos y amigos le siguen llamando-  jamás hicieron daño. Todo lo contrario: infinidad de veces lo evitaron. No solo para sí; también –y sobre todo- para los demás.

No fueron, ni son aún, manos “cultas”, capaces de resolver complejas ecuaciones matemáticas, de moldear en letras el lirismo de un poema o de diseñar un proyecto constructivo…

Pero sí fueron, son y van a ser hasta su ocaso, manos educadas, aptas para saludar al amigo, desear la mejor suerte, ayudar al necesitado, acariciar a nietos, bisnietos y hasta a la niña o niño desconocido, con una ternura que en nada dista del cariño con que hace casi 60 abriles le sorprendía la madrugada con el diminuto cuerpo de su hijo arrullado en brazos y regazo.

Son, en fin, las mismas manos que -según supe hace apenas unos años, porque jamás él habló de su grandeza humana- salvaron de la muerte o de la mortal tortura a más de un joven enrolado en la clandestinidad durante aquellos decisivos años que pusieron fin a la década de 1950 y a la tiranía imperante en Cuba.

Son las manos hermosamente arrugadas no solo por la acción del tiempo, sino también –y sobre todo- por las huellas del trabajo creador, a pie de campo, a golpe de volante, por caminos cañeros, entre plantaciones de gramínea, basculadores, torres de centrales azucareros y pitazos de victoria con inconfundible olor a melaza.

De ellas -que jamás le dieron a la familia más de lo que honradamente pudieron- sus dos hijos varones heredaron una  enfermiza obsesión en vena por el trabajo, de la cual ya no podrán desprenderse nunca.

Por eso, aquel día, cuando sentados en la modesta salita del hogar donde él vive junto a la menor de sus dos hijas, afloraban ocurrentemente a la superficie pasajes que el tiempo jamás podrá arrugar en la memoria, volví a contemplar sus envidiables manos: tan fuertes aún que, jubilado del trabajo activo, las sigue empleando en producir, en hacer bien.

Entonces no pude resistir el deseo de tomar esta foto, sin que él lo supiera, para conservarla como recuerdo y certera brújula, en medio de estos tiempos que necesitan tanto de verdaderas, laboriosas y honradas manos.


Pastor Batista

 
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