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Publicado el 4 Febrero, 2021 por María de las Nieves Galá León en Nacionales
 
 

Deuda de gratitud

A los jóvenes procedentes de las provincias orientales, que desde hace años llegaron a La Habana para impartir clases, los capitalinos tienen mucho que agradecer
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Maestros: deuda de gratitud

Por MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ

Foto: AGUSTÍN BORREGO

Aún recuerdo cuando mi hijo comenzó los estudios en la secundaria básica. Juntos nos enfrentamos a aquel cambio que resultó complejo para su vida. Atrás quedaba la escuela primaria, los descubrimientos de números y letras, los amigos; la maestra de sus sueños, a la que dedicó poesías y una hermosa composición.

El empezar del séptimo grado no fue fácil para los alumnos ni para los maestros. Estaban en su apogeo las transformaciones en esa enseñanza y los profesores generales integrales ponían a prueba los cambios introducidos, apoyados en los medios audiovisuales.

Como en muchas instituciones, en la Secundaria Básica Desembarco del Granma, en el Reparto Eléctrico, en el capitalino municipio de Arroyo Naranjo, varios profesores provenían de las provincias orientales. Eran muchachos y muchachas que habían dado el paso para formarse como educadores y venían a apoyar a La Habana, ante el déficit de maestros.

Atrás quedaron las familias, los seres queridos; los platos preferidos que les hacían sus madres o tal vez abuelas, novias, novios. Traían consigo también sus maneras de decir, costumbres y gustos. Tenían ante sí un reto, pero estaban dispuestos a cumplirlo.

Recuerdo que, en las reuniones, algunos padres se quejaban de las bajas notas de sus hijos. Los maestros les conminaban a exigir más a sus muchachos, a que los alentaran a mantener la disciplina, a estudiar y realizar las tareas orientadas. Lo cierto es que la familia exigía el máximo de los educadores, pero a la vez pocos deseaban que sus herederos optaran por el magisterio, y entre las razones alegaban el bajo salario.

En el aula no era fácil enfrentarse a los adolescentes. Los PGI (Profesores Generales Integrales) fueron creciendo, muchos llegaron a ser muy buenos y contaron con el apoyo de los más experimentados. Porque la didáctica y el ser buen maestro no se aprenden en un día.

Lo cierto es que los padres capitalinos tienen mucho que agradecer a esos jóvenes llegados desde lejos para impartir clases. Si ante el éxodo de profesores, se pudieron cubrir aulas, fue gracias a esos valientes que apostaron por la carrera de educar. Con el tiempo, concluyeron la licenciatura, algunos han hecho maestrías e, incluso, conozco a varios que ya han realizado su doctorado.

Sobre eso meditaba en estos días, ante las muestras de dolor por los jóvenes educadores que perecieron a causa del accidente en Mayabeque. En las casas, en las colas y en las redes sociales los cubanos han expresado su sentir por estas pérdidas que enlutaron a varias familias y al sector educacional.

La huella de esos maestros quedará en todos a los que les entregaron sus saberes. Con ellos, con los que se recuperan del lamentable accidente y con los que estarán en nuestras aulas, para siempre, la más sincera gratitud.

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María de las Nieves Galá León

 
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