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Publicado el 17 Febrero, 2021 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

Esa abuela en el ventrículo izquierdo de cualquier ciudad

No sé cómo se llama, dónde vive, qué edad tiene… más qué importa si vuelve a arrancarme la sensibilidad que dentro llevo, gracias a quienes, como ella, representan un tiempo riquísimo en valores humanos, muy por encima del valor de esa chequerita que siguen agradeciendo mes por mes
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Esa abuela en el ventrículo izquierdo de cualquier ciudad

Texto y foto PASTOR BATISTA VALDÉS

Si alguien imagina que en la foto o en las líneas que dan cuerpo a este texto encontrará el ataque sutil o descarnado a mi sociedad, a las medidas de ordenamiento que mi gobierno pone en práctica, examina, reafirma o perfecciona, entonces puede poner punto final aquí mismo a su lectura y buscar “sitio en otro sitio”.

El hecho de que la apacible anciana -a quien vi por vez primera hace unas horas y cuyo nombre ni siquiera conozco- me haya conmovido, por el modo en que miraba los precios en tablilla y aguardaba su pizza en la unidad gastronómica La Moderna, no significa más que sensibilidad y, desde luego, una suerte de “pie forzado visual” para volver a meditar en torno a esas personas de avanzada edad, tan vulnerables a tantas cosas y tan necesitadas, a la vez, de una mayor y mejor atención.

Pero volviendo a la viejecita, ahí la tienen, con su menudo cuerpo metido en una bata de color azul claro, blanco cabello recortado a la medida de la comodidad, su brazo izquierdo a la usanza de quien acaricia su propio estómago y el antebrazo derecho recogido perpendicularmente acaso sosteniendo el pensativo rostro entre el pulgar y los demás dedos. Al fondo, sobre un cristal, una palabra: Feliz.

¿Cuántas cosas estarán fluyendo por su mente? –me pregunto. Solo sé que minutos antes esa tierna abuela había comentado con otra mujer, mucho más joven, que las pizzas parecían buenas, aunque un poco pequeñas tras haber pasado de 5.00 a 14.00 pesos.

La interlocutora asintió con la cabeza y comentó algo que ya la anciana no debe haber escuchado bien, acaso perdida en esa madeja de operaciones aritméticas en que –nadie lo dude- suelen caer la mayor parte de los adultos mayores cada vez que se ven frente al dilema de poner en justa línea una compra y el saldo de una chequera que debe ser estirada, como mínimo, hasta el próximo mes.

Es curioso. Conozco a personas de similar edad, e incluso mucho más jóvenes, que no pueden ni ver una bambina porque se les dispara la presión. Por suerte, al parecer, esta campeona, retadora de nuevos calendarios, no presenta dicho inconveniente… o lo echa, irremediablemente, de vez en cuando a un lado.

Quizás hoy ha preferido cambiar una o dos horas frente a la hornilla eléctrica hogareña por unos minutos de cola (distanciamiento humano incluido) para comprar una de esas pizzas que gastronomía vende para llevar y consumir en casa,  a la que, tal vez, “mejore un tin” y le dé un poquito más de cocción, en el fondo de un calderito embadurnado en aceite, “para que se hinche y crezca un poco más”.

O quien sabe si el pequeño congelador de su refrigerador está vacío, porque todavía no han llegado a la casilla (carnicería) la carne que el Estado continúa asegurando para niños y ancianos, haciendo verdaderos pininos para ello (tampoco voy a negarlo) ¡pero que llega!

Prosigue “mi” tierna anciana pensativa, quieta como una blanca mariposa, mientras sigo envuelto en las preguntas, respuestas y meditaciones que ojalá todos, siempre, nos hagamos, en particular quienes adoptamos decisiones, o alertamos, en tiempos tan difíciles como los que hoy vive nuestro país.

Tal vez esa humilde mujer puede darse “el lujo” de degustar –sin riesgo para su salud- una pizza o un plato de spaguettis, dos, tres veces a la semana. ¿Cuántos ciudadanos de su misma edad, sin embargo, no pueden, aunque lo desearan, por la estatura que remontan otros gastos hogareños, incluidos ciertos indispensables medicamentos, para los cuales solo hay un “gatillo disparador”: la ya mencionada chequera?

Y son tan nobles (¡vaya tiempo el que así los modeló!) que agradecen desde aurículas y ventrículos el incremento de esa retribución, aun cuando en estos primeros meses de experiencia estén sacando más cálculos y números, a punta de grafito sobre papel, que durante décadas, antes de acogerse a merecida jubilación, mientras entregaban a gusto todas sus energías (y no es una imagen literaria o de ficción) en sus centros de trabajo.

Por eso, mucho más allá de las manchas que los ingratos quieran cargarles a alternativas como el Sistema de Atención a la Familia (SAF) y a pesar de todo lo que sea necesario enderezar, cambiar, ordenar… las 1 445 unidades con que cuenta esa experiencia en el país, devienen alivio para más de 76 mil 175 cubanos, entre adultos mayores, personas con discapacidad, casos sociales y otros con insuficiencia de ingresos o carentes de familiares en condiciones de asumir responsabilidades u obligaciones de atención alimentaria.

Hace poco, en medio del júbilo que cada año genera el Día dedicado al Amor y a la Amistad (14 de febrero) acentué una convicción que llevo dentro desde mi infancia y a la que jamás renunciaré: nada hay más valioso bajo un techo familiar y ningún tesoro es más grande en este mundo que la existencia de un niño.

Mirando a esa tranquila anciana y a los tantos cubanos que como ella enfrentan al sur de un disciplinado nasobuco los rigores de este crucial momento, mantengo mi también sempiterna certeza de que siempre será poco todo cuanto hagamos a favor de la calidad de vida, de la salud y de la vida de esos abuelos que ayer nos mimaron en sus brazos, que durante años se quitaron de sí hasta la comida para dárnosla y gracias a quienes –también- hoy somos educadores, ingenieros, técnicos, doctores, obreros, combatientes, científicos y hasta ministros, aunque a veces, algunos, parezca que lo olvidamos.

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Pastor Batista

 
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