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Publicado el 7 Marzo, 2021 por María de las Nieves Galá León en Nacionales
 
 

Toña: guerrera desde niña

Hace más de 70 años, María Antonia Fernández Bello fue una de las cubanas que sobrevivió a la poliomielitis y venció retos gracias a la Revolución
La perseverancia y fuerza de voluntad han sido clave en la vida de María Antonia Fernández (Toña). Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES

La perseverancia y fuerza de voluntad han sido clave en la vida de María Antonia Fernández (Toña). Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES

Por MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ

“Me llamo María Antonia Fernández Bello, pero mi abuela paterna, Modesta, expresó que ese nombre era muy largo para mí y empezó a decirme Toña”, así inicia su historia esta mujer, conocida por todos los habitantes del poblado de Pijirigua, en la provincia de Artemisa. Las palabras se desgranan con cadencia, reviviendo un pasado con tintes de dolor y otras veces de felicidad.

Quien escucha tras el teléfono su voz, no puede imaginar que ya tiene 75 años. Ríe y bromea en ocasiones, para ella, no hay imposibles. En estos tiempos, casi siempre tiene que estar en la silla de ruedas pues el cuerpo, que ha resistido muchas tormentas luego de haber padecido poliomielitis aguda en 1947, no se ha recuperado todavía de una fatal caída. No obstante, aún sigue siendo laboriosa y alguna que otra vez retorna a su preciada máquina de coser.

“Mi difunta madre me contaba que caminé a los siete meses de nacida y nadie lo quería creer. Fue a los quince meses que sufrí esa terrible enfermedad. Quedé muy mal. Lo único que podía mover era la mano derecha. Me llevaron al hospital que existía en La Habana, nombrado Las Ánimas, y nada. El médico que me atendía recomendó a la familia que me dieran leche condensada, zanahoria y vitaminas de todo tipo. Además, en casa, abuela me hacía fricciones con yerbas.

“Luego de seis meses me sentaban en un silloncito y amarraban para que no me cayera. Mamá lloraba mucho y abuela la consolaba. Le decía que yo iba a caminar, que desde pequeña era guerrera. Así fue, logré movilidad en la mano izquierda y en los pies, aunque sin fuerza. Pasados los dos años pude pararme y dar los primeros pasos. Sin embargo, a los tres meses, el pie derecho empezó a jorobarse, por el peso del cuerpo, pues caminaba con el filo de este. El izquierdo, más delgado -al igual que la mano izquierda- se desfiguró.

“A los siete años inicié los estudios primarios. Pero a partir del tercer grado me caía con frecuencia y mi papá habló con el chofer de la guagua que pasaba por mi casa para que me dejara en el colegio, distante algunas cuadras. Ahí llegué a sexto grado. Aprendía rápido”.

La vida de Toña no era como la de los otros niños, estaba privada de los juegos infantiles de aquellos tiempos. Tenía once años cuando le hicieron la primera operación en ambos pies. “Cuando inauguraron el hoy hospital Frank País, mi abuela hizo gestiones para que me atendieran allí. Entonces era un recinto apadrinado por la esposa del tirano Fulgencio Batista, quien prácticamente ventilaba a cuáles pacientes podían atender. La familia completa tuvo que comprometerse para darle el voto a uno de los politiqueros de Artemisa. Ingresaba cada dos años y me hicieron cuatro operaciones. Me atendió directamente el doctor Rafael Arias Marquetti, quien me quiso como a una hija”.

A fuerza de voluntad
A los 14 años de edad aprendió a coser y, desde entonces, ha sido un oficio y un hobby. Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES

A los 14 años de edad aprendió a coser y, desde entonces, ha sido un oficio y un hobby. Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES

Con la certeza de que la familia tendría oportunidades para transformar su existencia, María Antonia recibió el triunfo de la Revolución, en 1959. Era una muchacha linda, que soñaba y aspiraba a seguir los estudios.

“Empecé a trabajar en la fábrica de conservas de Palmarito, durante las zafras, pelaba frutas. Mientras, en horario nocturno, cursaba la secundaria básica, en Artemisa. Mi mamá afirmaba que, si tenía dificultades, me debía preparar mejor para la vida. Tenía razón, había juventud y fuerza de voluntad. Estudié mecanografía y taquigrafía”.

Los ojos de Toña brillan cuando le menciono la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). “Cuando se creó la organización, el 23 de agosto de 1960, me preguntaron si quería integrarme y respondí que sí. Luego me visitaron, me propusieron un cargo en el bloque de la FMC, como activista en el trabajo social”.

Fue a través de la FMC que motivó a muchas mujeres para que se incorporaran al estudio o al trabajo; también organizó talleres de corte y costura, oficio que aprendió desde los 14 años. “Andaba casi todo el barrio, despacio; cuando me cansaba hacía una pausa en cualquier casa y seguía… fue una época muy bonita”.

Lo principal, reafirma, era ser útil y participar del proceso revolucionario. “A principios de la década del 70, del pasado siglo, entré a trabajar como operadora de una planta microonda en el Plan de Arroz de Majana, estaba en contacto con personas de otros planes arroceros. Trabajaba 24 horas y descansaba 72. Algunos hasta pensaban que yo era universitaria. Me gustaba leer mucho, por eso no tengo faltas de ortografía.

“Al poco tiempo se constituyó el Partido municipal y fui designada secretaria del organizador. En 1976, con la nueva división político-administrativa me quedé en el Poder Local, en Pijirigua. Esa proximidad, por supuesto, me favorecía.

Según cuenta, en 1975 le hicieron el proceso como militante del Partido Comunista de Cuba. “Desde el 1977 ocupé cargos en el núcleo del Partido, fui la secretaria general hasta hace tres años, claro, con la ayuda de los demás militantes”.

Inquieta y resuelta, en 1977, Toña se traslada para la Dirección de Comunales, en Artemisa. “El transporte para Pijirigua estaba muy difícil, a veces me montaba en la guagua y hasta la cartera se me caía. Por esto, fui para el Plan Caña, que pertenecía al otrora central Abraham Lincoln, más cercano a mi localidad. En ese entorno me mantuve.

“Al final, aunque no lo deseaba, con 42 años tuve que someterme al peritaje médico. Me hicieron la operación en la cadera, permanecí en cama, inmóvil, tres meses. La última intervención quirúrgica, secuela también de la poliomielitis, fue cuando tenía 55 años, en la mano derecha, debido al síndrome del túnel carpiano.

“El médico me decía que debía tener conciencia, cuidarme cada día, evitar las caídas, a fin de llegar a una edad avanzada sin mayores daños. En realidad, me he protegido mucho. Solo me he caído tres veces. La última fue en 2019, esa me ha mantenido en silla de ruedas. Caí del lado derecho, donde tenía la otra operación. He pasado mucho dolor, pero después de un año, me siento mejor. Ya soy capaz de pasarme del sillón a la cama, o a la silla para poder coser”.

Hija de su pueblo
En la actualidad vive con Iluminado Fernández, uno de sus hermanos. Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES

En la actualidad vive con Iluminado Fernández, uno de sus hermanos. Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES

Toña es, quizás, una de las personas más queridas y populares de su pueblo. No es gratuito, desde su modesto hogar ha tendido muchas veces la mano a quien la necesita.

“Soy muy observadora, creo que es el defecto más grande o la virtud más preciada, aquí han vivido personas muy humildes. Yo miraba quién no tenía dinero para hacerle una ropita a su hijo; yo compraba el hilo, las madres me traían el pedacito de tela para que les cosiera una camisita o una blusita a la niña o al niño. Después me preguntaban, cuánto era, y simplemente les contestaba: ‘nada, con tu cariño me basta, quiéreme con el corazón’. Mi mamá me decía: ‘hija, pero eso es lo poquito para ti’. Le respondía que así era feliz. Me gusta mucho tejer a crochet. No sé a cuántos bebés de aquí les hice canastillas.

“Hoy, todas esas mujeres y familias me reciprocan. Ahora vivo con uno de mis hermanos, pero antes, tenía mi hogar, y cuando empezaba a limpiar, venía alguien, me quitaba la frazada y lo hacía. Otra me traía los mandados. Los fines de año se han unido hasta tres comidas, porque las amigas se lo disputan”.

Confiesa que aquellos que no han vivido el capitalismo, no saben lo que es ese sistema. “En este pueblo no había ningún médico, había que pagar o buscar un representante al que le vendías los votos, para que, en un hospital, te atendieran un hijo enfermo. Mi familia era humilde, 15 hermanos y solo mi papá trabajaba”.

Según apunta, uno de los momentos que más disfruta es cuando se realiza cada año la campaña de vacunación antipoliomielítica, con el objetivo de mantener eliminada la enfermedad en Cuba. “Es una felicidad que ningún pequeño de mi país tenga que transitar por lo que pasé yo”.

“Estoy agradecida a la vida”, dice, y agrega que amó y fue amada. “Pero no me atreví a salir embarazada, el médico dijo que era riesgoso. No obstante, tengo un montón de sobrinos y sobrinos-nietos que son como mis hijos.

“Por muchos años padecí complejos, debido a mi cojera, pero me impuse. En la vida se puede lograr todo, cuando te lo propones. Hay que tener perseverancia, fuerza de voluntad; aunque des un paso y te caigas, te levantas. Así fue como me hice una mujer que ha vencido todos los obstáculos. Si me hubiera aislado, quedado dentro de la casa, no sé qué hubiera sido de mi existencia”, concluye, mientras una sonrisa, le cubre el rostro.

A través de los talleres de la FMC creados por Toña aprendí a tejer. Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES

A través de los talleres de la FMC creados por Toña aprendí a tejer. Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES


María de las Nieves Galá León

 
María de las Nieves Galá León